Hablan los veteranos
 

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Ram

 

Ram Chavez
Yo estaba entrenado de médico y al llegar a Vietnam tuve suerte porque me mandaron a una clínica.

Yo creo que estuve muy seguro hasta diciembre, cuando un batallón del ejército entró en combate y perdió tres médicos. Nos enviaron a tres de nosotros al frente, yo llegué al combate en el peor momento.

Estuvimos cuatro días peleando hasta que nos sacaron. En ese momento comenzó el miedo, tras esos cuatro días de lucha.

Como era médico naturalmente atendí los heridos y los muertos. Fue mi primera batalla.

Después de un mes me transfirieron a otra unidad como médico encargado. Les dije que sólo tenía unas semanas de experiencia, me respondieron que de todas formas era más que la de los médicos nuevos.

Pasé así varios meses, entre los que estuvo la ofensiva del Tet en enero de 1968. El 5 de mayo me dijeron que había terminado mi turno como médico. En la noche decidí quedarme en la base para ayudar a un doctor a montar una clínica. Al día siguiente mataron a mi reemplazante.

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Debido a ello decidí regresar a la unidad y no fue por falta de miedo sino que yo era soltero y él estaba casado y con ún hijo. Me dolió mucho que hubiera muerto en su primera batalla. Regresé por cinco o seis días más.

Como era médico tenía que mostrarme muy calmado cuando curaba a los heridos. Éramos cuatro médicos para 150 hombres, no podíamos demostrar el miedo, debíamos actuar con compasión.

¿Usted no sólo imaginaba cómo sería sino que como médico lo veía día a día, eso aumentaba o disminuía su temor?

Aumentaba mi miedo pero también mi valor. Tenía miedo de curar a alguien cuando implicaba por ejemplo amputar una pierna. Tuve que hacerlo y después los doctores me dijeron que fue lo mejor que pude haber hecho. Eso me dio más ánimo.

Saber que mi trabajo podía salvar vidas también me ayudaba. Hasta la fecha tengo contacto con dos o tres que atendí como médico.

Hasta hoy cargo toallitas húmedas descartables porque una vez no teníamos agua, y tenía tanta sangre en mis manos que tuve que lavármelas con una cantimplora de Kool-Aid (jugo de naranja).

Todo el tiempo me decía que me calmara para que no me vieran los heridos.

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