Unos 200 niños viven aquí con sus padres. Los más jóvenes van a una de las dos guarderías que hay dentro de la cárcel, mientras los mayores asisten a las escuelas afuera.
Afuera sufren discriminación, dentro tienen miedo de la violencia y del abuso sexual. Sus madres están frecuentemente en otras cárceles o han sido abandonados.
"Es díficil para ellos aquí, pero al menos podemos intentar protegerlos y darles un sentido de familia. Afuera se tendrían que valer completamente por sí mismos", dice el padre de Manuel (a la derecha).