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Día 4
"La gente está aprendiendo que hay otras formas de vivir en la Amazonia. No es necesario que cacen muchos animales para alimentarse o para venderlos como carne o mascotas en el mercado, ni que corten árboles para comercializar la madera. Pueden ganarse la vida haciendo artesanías y recibiendo a turistas”, nos cometó Milton. Él y otros habitantes de los pueblos ribereños integran también el catálogo selvático. Viven en casas rústicas, rodeados de agua y de una vegetación de un verde intenso, muy apretada y que lucha por los rayos del sol. Fuimos en bote a Jaldar, una localidad en la ribera del Yarapa con tan sólo 90 habitantes que subsisten de la pesca, la agricultura (plátano, yuca, arroz) y la venta de artesanías. Para ellos –que han recibido las mencionadas charlas de biólogos- no debe abusarse de la naturaleza porque "un día se pueden acabar sus frutos". Hasta los niños lo aprenden de sus padres y en la escuela.
Mientras hablábamos con algunos lugareños, unas diez mujeres del pueblo tendieron en el suelo paños en los que desplegaron sus artesanías para vendernos. Cestería coloreada con tinturas naturales, collares de semillas coloridas, contenedores hechos de frutos e instrumentos de percusión. Una anciana propuso que le compraramos un artículo a cada una. Ojalá, pero no podíamos cargar mucho. Sólo tres fueron las favorecidas. Una curiosidad: en Jaldar, que sólo tiene unas pocas casas, hay una cárcel. Bueno, en realidad una vivienda pequeña sin paredes. Nos explicaron que era algo simbólico, que quien se portaba mal era llevado allí y debía quedarse hasta que las autoridades le permitieran salir. A pesar de tener la oportunidad de escapar, nadie violaba la imposición. Es que en medio de la selva no hay muchos lugares adonde escapar y sentirse seguro. Nosotros mismos sentimos esa sensación cuando más tarde, tras calzarnos botas de lluvia altas, nos internamos en la selva por primera vez a pie, en una excepcional zona no inundada, sino salpicada por charcos, que la abundante vegetación oscurecía.
Para despedirnos de la selva del río Yarapa, a Kate se le ocurrió volver a visitar los cinco o seis monos que alimentamos el otro día para divertirnos un rato más con ellos. Hace pocos años, los naturalistas del Lodge rescataron a estos animales de familias que los tenían como mascotas. Los liberaron en la selva y desde entonces viven en grupo en la ribera opuesta al complejo, justo enfrente.
Cuando ya nos habíamos enamorado de la selva profunda de Perú, después de tres días allí, tuvimos que abandonarla para regresar a Iquitos. Sin embargo, Kate y yo nos prometimos volver. Coincidimos en que un mundo tan bello y desbordante de vida merecía más exploraciones. |
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