![]() |
||
|
|
Día 3
Por más que nuestros cuartos estaban protegidos -como el resto- por redes anti-mosquitos en las ventanas y el techo, Kate y yo debimos espantar a un par de cucarachas antes de acostarnos. Por la mañana, yo me levanté con el dedo gordo del pie izquierdo picado sin piedad por los mosquitos. La naturaleza es tan poderosa que se cuela por los lugares más improbables, pensé. Nos duchamos con el agua fría del río Yarapa –la que salía de las cañerías- mientras nos iluminaba una lámpara alimentada por un panel solar ubicado en la galería del complejo. Pocos minutos después de secarme, la humedad me devolvía la transpiración; era tan alta que ablandaba los papeles y hasta perjudicaba el funcionamiento de mi laptop (portátil). Hablando de la naturaleza, hoy zarpamos muy temprano del Yarapa River Lodge para ver, de día, lo más característico de la región. Se lo enumero: el delfín rosado, cuya piel es tan fina que deja traslucir su carne; la victoria regia, que ya les describí; los "capibara", los roedores más grandes del mundo; la jacana, un ave poliandro, es decir que el macho, y no la hembra, incuba los huevos y cuida a las crías, mientras que su compañera "juega" con varios pretendientes, según nos contó Neycer. Éste no es el único pájaro que parece replicar el comportamiento de algunos seres humanos: los machos de la "oropéndola" tienen muchas novias y por eso tejen numerosos nidos que parecen colgar de los árboles como punching balls.
Simios hay muchos. Nos acercamos a un grupo de ellos cuya presencia detectamos en una arboleda, por el movimiento de las ramas. Preparamos un racimo de bananas, mientras Neycer imitaba su característico sonido para atraerlos. Alzamos y alimentamos a monos choros (pequeños de color marrón rojizo) y guapos (también chicos, pero grises y peludos). Sólo pudimos ver de lejos a unos monos leoncitos (de tono pardo). Son los más pequeños del mundo, de tan sólo 10 centímetros, y en toda su vida no se movilizan más de tres kilómetros. Las pirañas merecen un párrafo aparte. Nos internamos en uno pasaje de la selva y amarramos el bote a un árbol. Con cañas de pescar hechas con una rama larga, tanza, anzuelo y carne vacuna como carnada, nos propusimos sacar pirañas para ver cómo eran y luego soltarlas. Dicen que al sumergir el anzuelo, debe agitarse el agua con la caña para atraerlas. Kate fue la primera en pescar una piraña. Era de unos 10 centímetros, plateada con manchas anaranjadas y exhibía una dentadura que daba miedo. Luego yo pesqué otra. Según Neycer, esta región es la única en la que las pirañas no comen al hombre, sino al contrario. Dijo que esta temible especie sabe como cualquier pescado, aunque su carne es algo dura. Eso sí –aclaró-, debíamos evitar nadar en el río con heridas sangrantes, porque de lo contrario podían arrancarnos trozos enteros de carne. Dicho sea de paso, en Iquitos hay un trago que se llama "Piraña asesina". Por algo será.
Finalmente navegamos hacia la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali, para ver el comienzo del Amazonas, donde el Gobierno peruano instaló una torre de observación. Desde allí un barco común tarda dos meses en llegar a Manaos, en Brasil, mientras que uno rápido demora dos semanas. Entre remolinos, Neycer nos recomendó pedir tres deseos, porque la singularidad del lugar así lo ameritaba. Ante uno de los atardeceres más bellos que he visto, pedí hacer la travesía a Manaos algún día, entre otras cosas. |
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| ^^ | |||