Diario de viaje
Día 2
 
 
Día 2

 

Yarapa River Lodge
El Yarapa River Lodge se encuentra en el corazón de la selva peruana.
Hoy salimos temprano a navegar por el río Itaya en un bote con motor, junto a un grupo de biólogos de la Universidad Nacional de la Amazonia Peruana (UNAP) de Iquitos y, al llegar a la unión con el Amazonas, observamos una línea casi geométricamente perfecta que parecía dividirlos a ambos. El Itaya era negruzco; el Amazonas, pardo.

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Increíble como lo que vimos más tarde, aunque en sentido contrario. Viajamos en carro unas dos horas hasta Nauta, al sur de Iquitos. De camino vimos varios negocios de venta de madera. ¡La tala!

En Nauta subimos a otro bote, con el que navegamos por el río Marañón rumbo al Yarapa, conducidos por uno de nuestros guías en los siguientes días, llamado Neycer. Sí, casi como "nicer" en inglés, un calificativo que le hacía honor.

Neycer
Les presento a Neycer, nuestro guía por los próximos días.
Nos alojamos en el Yarapa River Lodge, un complejo de casas de madera con techos altos de hojas de palmera, situado en el corazón de la selva amazónica. Su dueño es un médico estadounidense apasionado por la naturaleza. Ya que antes jugueteamos con el nombre de Neycer, en este caso también podemos hacerlo, porque el doctor en cuestión se llama Charles Mango (apellido muy natural). La Universidad de Cornell hizo un acuerdo con Mango para que le permitiera establecer en el Lodge un laboratorio de estudio de la biodiversidad, el cual funciona por temporadas.

Cenamos allí y por la noche salimos a ver animales nocturnos, montados en un bote y embadurnados con repelente de mosquitos. Fuimos con Neycer y el legendario Milton. Ellos nos dijeron que todo se hacía en barca en la zona, porque las aguas suben unos diez metros a principios de diciembre, sepultando pasturas y escalando troncos, y vuelven a su nivel normal en los primeros días de junio.

Sólo ver el cielo era increíble. En esa bóveda había más estrellas –y más claras- de las que un citadino suele ver en el firmamento. Avanzábamos en plena oscuridad, alumbrando con una linterna muy potente la tupida vegetación en busca de animales. Navegábamos rodeados por una niebla de insectos, mientras que algunos murciélagos blancos que pescaban peces nos sobrevolaban. El bullicio de estas criaturas y de las que se encontraban en la selva profunda era muy intenso.

Navegábamos rodeados por una niebla de insectos, mientras que algunos murciélagos blancos que pescaban peces nos sobrevolaban
 
Mientras alumbraba las arboledas, Neycer nos explicaba: "Los animales son fáciles de detectar porque sus ojos dan un reflejo rojo". Milton imitaba distintos sonidos, según el animal, para ganarse su confianza. Encontramos un caimán pequeño –tomé con mis propias manos al anfibio frío y áspero-, ranitas de un verde casi fluorescente y varios ejemplares de perezoso, una especie de "ET" lentísimo debido a que se alimenta con hojas que poseen narcóticos y que lo mantienen "borracho", según Neycer.

También observamos saltamontes y victoria regias, que se parecen a una bandeja redonda con base espinosa de hasta siete pies de diámetro y cuya flor dura sólo 24 horas: de día es rosada y de noche es blanca.

Monos nocturnos no vimos ninguno. Siempre en bote, nos internamos en los recovecos más cerrados de la selva en busca de ellos, dando numerosas vueltas. Las ramas raspaban la embarcación, pero a nosotros sólo nos llegaba la caricia de sus hojas. Pero nada, no hubo suerte.

Peque peque
En estos botes artesanales los lugareños pescan en medio de la noche.
Regresamos al Lodge y con Kate no dejábamos de preguntarnos cómo hacían estos cristianos para orientarse en este paisaje laberíntico, donde todo parece igual. "Fácil", nos respondió Milton. "De día con el sol y de noche con las estrellas". ¡Qué estrellas! ¿Y qué pasa cuando está nublado? No nos olvidemos que en otoño e invierno llueve copiosamente aquí, una o dos veces casi todos los días y por lo general durante una hora. "Es que yo nací aquí", respondió Milton sin más.

Lo mismo hubieran dicho los lugareños que nos cruzamos en el río mientras pescaban a ciegas en medio de la noche, a bordo de botes artesanales con motor denominados "peque peque". Estas embarcaciones hechas de madera sólo eran iluminadas por nuestra linterna al pasar.
 
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