Diario de viaje
Día 3
 
 
Día 3

 

Estatua
Monumento al minero en la plaza central de Tipuani.
Partimos bien temprano hacia las minas de San Juanito, Santa Clara y Chima, luego de conocer al alcalde de Tipuani, Oscar Vera, y conseguir por su intermedio un transporte, vimos que la casa de Vera era más grande y mejor construida que las demás en la ciudad. No dejamos de preguntarnos por qué pasaban esas cosas en América Latina.

Sólo les cuento nuestra experiencia en San Juanito. Entramos al socavón y observamos cómo sacaban en carros la piedra molida a fuerza de dinamita. Buscamos el destello del oro y no lo encontramos.

Nos preguntaron si deseábamos bajar a las profundidades de la mina. Kate no se animó, sabiamente; yo sí, ignorante. Descendí en un elevador sin cubículo (sólo una base de madera) tomado del cable de acero que lo sostenía. No se asusten, estaba a mi lado el jefe de la mina, sosteniéndome y preocupándose en todo momento por mi seguridad.
Se veía poco; el aire tenía escaso oxígeno a pesar de que había una manga de ventilación. Flotaban partículas de las explosiones y humo. Hacía mucho calor y había una elevada humedad, aumentada por goteras originadas decenas de metros arriba
 

Con él bajé unos 90 metros. Allí había numerosos mineros, llevando el característico casco con linterna, "acullicando" coca. Se veía poco; el aire tenía escaso oxígeno a pesar de que había una manga de ventilación. Flotaban partículas de las explosiones y humo. Hacía mucho calor y había una elevada humedad, aumentada por goteras originadas decenas de metros arriba.

Caminamos por el túnel unos 300 metros, esquivando charcos y la madera que apuntalaba los túneles, hasta llegar al fondo de donde se extraía oro. Me decepcioné, porque otra vez vi sólo piedras. El jefe me dijo: "Espera, ya verás".

Conocí a varios mineros y me contaron lo peligroso que era trabajar allí, sin medidas de seguridad adecuadas y siempre al borde de un accidente; los ha habido muchos y mortales. Pero se arriesgan porque de eso viven, no hay otra cosa que hacer.


Max Seitz preparado para bajar a la mina
Para llegar al interior de la mina tuvimos que descender unos 90 metros.
Cuando mi claustrofobia era intolerable, le pedí al jefe salir. Lo hicimos. Fuimos al río adyacente, donde un grupo de mineros remojaban y zarandeaban grandes platos para encontrar pepitas de oro entre el pedregullo extraído del socavón. Nos contaron que, después de contribuir con oro para los gastos operativos de la cooperativa, hacían ese trabajo extra para ganarse el sueldo del día.

Vi cuando uno de ellos encontró 200 gramos, muy poco a decir verdad. ¿Valió la pena tantas horas de trabajo peligroso por un botín tan escaso? Me respondió que sí, porque con eso lograba subsistir.

Cuando volvimos a Tipuani, caminamos por la plaza central, llamada Del Minero, donde se destacaba un monumento dedicado a quienes trabajan en los socavones. No había analogía mejor para reflejar la importancia del oro en la vida de esta ciudad.
 
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