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Día 3
Sólo les cuento nuestra experiencia en San Juanito. Entramos al socavón y observamos cómo sacaban en carros la piedra molida a fuerza de dinamita. Buscamos el destello del oro y no lo encontramos. Nos preguntaron si deseábamos bajar a las profundidades de la mina. Kate no se animó, sabiamente; yo sí, ignorante. Descendí en un elevador sin cubículo (sólo una base de madera) tomado del cable de acero que lo sostenía. No se asusten, estaba a mi lado el jefe de la mina, sosteniéndome y preocupándose en todo momento por mi seguridad.
Con él bajé unos 90 metros. Allí había numerosos mineros, llevando el característico casco con linterna, "acullicando" coca. Se veía poco; el aire tenía escaso oxígeno a pesar de que había una manga de ventilación. Flotaban partículas de las explosiones y humo. Hacía mucho calor y había una elevada humedad, aumentada por goteras originadas decenas de metros arriba. Caminamos por el túnel unos 300 metros, esquivando charcos y la madera que apuntalaba los túneles, hasta llegar al fondo de donde se extraía oro. Me decepcioné, porque otra vez vi sólo piedras. El jefe me dijo: "Espera, ya verás". Conocí a varios mineros y me contaron lo peligroso que era trabajar allí, sin medidas de seguridad adecuadas y siempre al borde de un accidente; los ha habido muchos y mortales. Pero se arriesgan porque de eso viven, no hay otra cosa que hacer.
Vi cuando uno de ellos encontró 200 gramos, muy poco a decir verdad. ¿Valió la pena tantas horas de trabajo peligroso por un botín tan escaso? Me respondió que sí, porque con eso lograba subsistir. Cuando volvimos a Tipuani, caminamos por la plaza central, llamada Del Minero, donde se destacaba un monumento dedicado a quienes trabajan en los socavones. No había analogía mejor para reflejar la importancia del oro en la vida de esta ciudad. |
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