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Vimos la enorme variedad de árboles que hay, unos 300 tipos por hectárea. Nos desplazamos por un angosto sendero abierto entre ellos, esquivando ramas y hojas, además de insectos. "¿Cuál es la especie que más abunda en el Parque Nacional Yasuní?", le preguntamos a Kelly. Él nos respondió que era difícil decirlo y recitó la siguiente frase: "Es común que una especie sea rara y es raro que una especie sea común”. Quizás la mejor manera de describir la biodiversidad de Yasuní.
Mientras caminábamos, cada tanto nos topábamos con enormes semillas y vainas en el suelo. "Germinan con el sol", nos explicó Diego. Pero añadió que el problema es que, por la densidad del bosque tropical, sólo el 10% de la luz solar llega a la tierra. Con todo, el ciclo de regeneración de la flora es veloz. Ya que mencionamos anteriormente a los insectos, durante la caminata fui picado por dos clases de mosquitos, a pesar de haberme rociado con repelente. Uno grande que me dejó la marca típica: un punto rojo rodeado por una aureola blanca que se difuminaba. El otro, más pequeño, me picó de una manera que me llamó sumamente la atención: exhibía el mismo punto central pero rodeado de un círculo colorado cuyo perímetro estaba perfectamente definido.
Luego de despejar los temores seguimos andando hacia la torre de observación de 40 metros de altura que la Estación de Biodiversidad Tiputini posee en su predio. Es de madera y rodea a un altísimo árbol. Las termitas ya le dejaron marcas y nos dijeron que pronto tendrían que dejar de usarla. Subimos los escalones altos con mucho esfuerzo después de la larga caminata, y a medida que lo hacíamos recuperábamos la luz del sol. Cuando llegamos al tope no dejamos de maravillarnos por lo que se desplegaba ante nuestros ojos. Una densa vegetación de un verde intenso se perdía en el horizonte. Kelly comparó lo que veíamos con la superficie de un brócoli. "Sí", concidimos Kate y yo al unísono, y después de un largo rato de contemplación bajamos a almorzar.
De camino vimos un tapir, un animal de la familia de los rinocerontes que habita en la selva. Medía casi un metro de altura. Pedimos bajarnos del vehículo para acercamos y tocarlo. Tenía una piel dura y gruesa, pero cubierta por un pelo muy suave. Era una hembra y le gustaban las caricias. Esta especie, que llega a pesar varios cientos de kilos, corre a una velocidad asombrosa, usando su cabeza para despejar la vegetación.
Consejo: si sale a la selva use dos pares de calcetines largos debajo de las botas. |
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