Diario de viaje
Día 4
 
 
Día 4

 

Botes
Estos botes recogen a los trabajadores para llevarlos a los pozos petroleros.
Coca era una ciudad pequeña hasta que comenzó a extraerse petróleo hace pocas décadas. Hoy se calcula que el 90% de los adultos de la ciudad han trabajado alguna vez en una empresa de hidrocarburos. Allí se ven numerosos vehículos y botes que llevan a los trabajadores a los pozos petroleros dispersos en la Amazonia. La actividad es tanta que el aeropuerto de Coca es el tercero con mayor tráfico en Ecuador, después del de Quito y el de Guayaquil.

Por la mañana nos fue a recoger al hotel Kelly Swing, un biólogo de Carolina del Norte (Estados Unidos) que en 1995 fundó la Estación de Biodiversidad Tiputini (EBT) a orillas del río del mismo nombre. Este centro se encuentra a unos 110 kilómetros al este de Coca, en plena selva del Parque Nacional Yasuní, que con sus 982.000 hectáreas es el área protegida más grande de Ecuador junto a la isla de Galápagos.

En esta zona, los científicos estudian la flora y la fauna y analizan el daño que produce a la naturaleza la explotación de hidrocarburos. Según Kelly, tan sólo la petrolera estatal ha reconocido su responsabilidad en unos 850 derrames desde 2000. Las filtraciones de crudo contaminan ríos y reducen la gama de especies animales y vegetales. "Seguramente hay más derrames en la selva profunda, pero han sido más difíciles de documentar".

Kelly Swing
Kelly y otros científicos evalúan los daños causados por la explotación de hidrocarburos.
Primero navegamos unas dos horas por el río Napo, uno de los tantos tributarios del Amazonas, en cuyas riberas se veían constantemente torres petroleras. Tocamos tierra en la ciudad de Pompeya, la puerta a Yasuní, pasando por un puesto de control de Repsol YPF, vigilado por guardias privados y del ejército. Nos confiscaron la botella de vino que le llevábamos a David Romo, que habíamos olvidado darle durante nuestro breve encuentro en Coca.

Pregunté por qué lo hacían. Me contestaron que no se permitían bebidas alcohólicas en sus instalaciones, para evitar que los operarios tomaran y sufrieran accidentes al manipular maquinaria. Entendí la razón, pero les expliqué que yo no me iba a quedar allí. Fueron oídos sordos.

Desde Pompeya tomamos un bus para llegar a un muelle sobre el río Tiputini. En el trayecto de otras dos horas atravesamos la majestuosa selva, con árboles altísimos y apretujados y el característico sonido de pájaros, monos e insectos. Vimos, además, a una de las "plagas" que afecta al bosque tropical: pequeñas áreas taladas por el avance de excavadoras y motosierras. Kelly nos explicó que esos claros los hacían las petroleras para dar lugar a su infraestructura o realizar cultivos.

Nos comentó, por otra parte, que el tráfico de madera es común en la región. Se realiza en barco y camiones, y generalmente transcurre durante la noche para que no sea detectado. Añadió que, en mucha menor escala, los indígenas huaorani cortan árboles y los venden en Coca para subsistir, aunque obtienen poco dinero por su producto. El negocio es mucho más rentable para los "grandes" que venden la madera al exterior.

Un detalle importante: en el Parque Nacional Yasuní todos los caminos y el resto de la infraestructura fueron construidos por las compañías petroleras que operan en la zona. Según Kelly, un kilómetro de ruta afecta a 100 hectáreas de biodiversidad. En esa zona desaparecen las especies que solían estar allí.

Estación de Biodiversidad Tiputini
La Estación de Biodiversidad Tiputini se fundó en 1995.
El Estado le otorgó a cada empresa una extensión territorial conocida como "bloque". Las beneficiadas han sido, entre otras, la estatal ecuatoriana Petroecuador, la brasileña Petrobrás, la española Repsol YPF y las chinas Andes Petroleum y Sinopec. Estas últimas traen trabajadores del país asiático y les pagan menos que a los locales. Los sueldos de los empleados de las petroleras varían, según la categoría, de US$2 por hora a más de US$2.000 por día. La mayoría cobran poco.

Como les decía, la vigilancia es constante dentro del Parque Nacional Yasuní. Nos dijeron que es para proteger los oleoductos que atraviesan la selva del robo de crudo, posibles atentados perpetrados por aquellos que rechazan la presencia de las petroleras en la región y secuestros de trabajadores, como ya ha ocurrido.

Luego navegamos otras dos horas por el río Tiputini, hasta llegar a la Estación de Biodiversidad. Esta instalación consiste en un grupo de casas de madera y techo de chapa, unidas por estrechos senderos que atraviesan la selva. Uno de los edificios es usado como laboratorio por científicos de todo el mundo. Éste es el único que tiene electricidad todo el día. El resto del complejo es alimentado por un generador de 18:00 a 21:30. Después de eso hay que transitar los caminos con una linterna, tratando de superar el miedo que inspira la selva.

El agua de la Estación proviene del río Tiputini y está prohibido usar jabones que no sean biodegradables. Fumar tampoco está permitido, quizás para obligar a todos a aprovechar ese maravilloso aire.

* * *

Miramos el mapa y vimos la reserva de huaorani que deja al resto de Yasuní con forma de herradura. Esta etnia suma 2.000 almas. Muchos de estos indígenas tienen relación con las compañías petroleras y los científicos; otros nunca han sido contactados.

Mujer huaorani
Los huaorani han desarrollado una cultura de "pedir", señala Kelly
Cuando hablaba animadamente con Kelly en la Estación de Biodiversidad Tiputini, se acercó Diego Mosquera, un ecólogo colombiano. Nos contó que, horas antes, un grupo de huaorani le había dado un papel con una lista de cosas que deseaban obtener, sobre todo ropa y comida. Kate y yo comprendimos el pedido por la pobreza en la que viven los nativos y por nuestra experiencia en Tigüino el día anterior. Pero nos sorprendimos cuando Diego nos leyó una línea que decía: "Si no, no los vamos a dejar pasar".

"Es algo común", dijo Kelly. Y nos explicó que hasta hacía 20 años nadie entraba a Yasuní porque los huaorani, indígenas de baja estatura y ojos rasgados, eran capaces de asesinar a todo aquel que se atreviera a entrar a su territorio. "Han sido tradicionalmente una cultura violenta. Antes su expectativa de vida era muy baja porque se mataban entre ellos. Claro que hoy no es tan así".

Según Kelly, los huaorani han desarrollado lo que él llama una "cultura del pedido", alimentada por el justo reclamo de que deben ser compensados por haber sido invadidos por las petroleras y porque estas compañías les dan lo que quieren con tal de que las dejen trabajar tranquilas. "Pero nos exigen a nosotros también", completó.

Les preguntamos a Kelly y a Diego si alguna vez les habían impedido el paso. El ecólogo colombiano nos contestó: "Yo iba un día en carro por Yasuní y un grupo me detuvo. Me pidieron US$10 millones para dejarme pasar. Obviamente no los tenía. Les ofrecí la comida que llevaba y me liberaron. No tienen mucha noción del valor del dinero. Lo importante para ellos es la idea de que siempre merecen algo".
 
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