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"La fe no es creer en lo invisible, sino crearlo". La cita, del filósofo español Miguel de Unamuno, aparece en el texto introductorio del Plan Colombia, y no por casualidad. En el mismo documento, el presidente Andrés Pastrana, asegura que "hoy, una Colombia en paz, progresista y libre de drogas es un ideal invisible; pero estamos comprometidos en hacerlo una realidad en el futuro". ¿Una Colombia libre de drogas y en paz? El gobierno insiste en que esto no sólo es posible, sino que cuenta con la estrategia para conseguirlo: esa elaborada y larga lista de metas y objetivos, conocida como Plan Colombia.
Se trata, casi, de un "desideratum" de país, y muchos analistas se preguntan, si , en definitiva, la ambiciosa lista de estrategias, no es sino la guirnalda de lo que sería su elemento central: una intensificación de las acciones contra el narcotráfico, posibilitada por los helicópteros y el entrenamiento militar de EE.UU, que aportará US$ 1.300 millones al plan. Pastrana aseguró durante un reciente foro en la ciudad de San Andrés, que el 70% del plan está destinado a la inversión social. "No encuentro que haya algún colombiano que se pueda oponer", dijo el presidente. Sin embargo, las implicaciones de la propuesta del mandatario colombiano, que se encuentra a escasos dos años de finalizar su mandato, siguen siendo, en muchos sentidos, un enigma. Según el ex canciller colombiano Rodrigo Pardo, "Pastrana se juega la posibilidad de normalizar la vida nacional, pero es una apuesta arriesgada, ya que mantiene al mismo tiempo un proceso de diálogo con la guerrilla que necesita canales de confianza, y estos canales se van a debilitar, porque del aporte de EE.UU, un porcentaje muy alto irá a fortalecer al ejército en su capacidad de acción". Según Pardo, el éxito del plan, dependerá de que haya otros aportes de Europa o mismo de EEUU que lo equilibren, de proyectos de desarrollo que "se necesitan como complemento al fortalecimiento del ejército".
Parece existir a nivel internacional una creciente concientización de que Colombia no podrá por si sóla hallar respuesta para sus graves problemas. Solamente en los últimos diez años, la guerra en Colombia ha dejado un saldo de 35.000 muertos, y se estima que el número de desplazados por el conflicto supera ya un millón. Entre la luna de miel y los helicópteros El aporte estadounidense al Plan Colombia, unos US$ 1.300 millones, marca un meteórico incremento en la ayuda de Washington, que en el 96 se situó apenas en poco más de US$ 60 millones. El nuevo paquete de ayuda aprobado en julio por el Congreso, convierte a Colombia en el tercer receptor de ayuda militar estadounidense después de Israel y Egipto. Se trata de un cambio radical desde que las relaciones entre Washington y Bogotá atravesaron uno de sus puntos más bajos durante la presidencia de Ernesto Samper (1994-1998), quien fue acusado de haber financiado su campaña electoral con dinero del narcotráfico.
La ayuda de Washington también está dirigida a la opinión pública doméstica: con cerca de 13,6 millones de usuarios de drogas y un fuerte incremento en la producción de cocaína en Colombia durante los ocho años de la administración Clinton, el mandatario estadounidense busca callar a sus críticos republicanos que le acusan de "ser blando en el combate a las drogas". ¿Pero cuán lejos está dispuesto a llegar EE.UU. en su nueva estrategia hemisférica que sustituyó al comunismo por el narcotráfico, como la gran amenaza a la seguridad nacional? Gran parte de la ayuda estadounidense está destinada al entrenamiento de otros dos batallones antinarcóticos, además del que se completó el año pasado, y a la provisión de 18 sofisticados helicópteros de combate Black Hawk y 42 helicópteros Huey. Los nuevos batallones tendrían su base de operaciones en Tres Esquinas, en el límite entre Putumayo y Caquetá, dos de los principales departamentos de cultivo de coca, y a escasa distancia de la zona de operaciones de la guerrilla.
Sin embargo, ambas condiciones pueden obviarse temporalmente si así los dispone el presidente en Washington ante una operación "inminente". Un punto de no retorno En los días previos a la visita del presidente Clinton a Cartagena, varios funcionarios estadounidenses se encargaron de restar importancia al componente militar de la ayuda. El principal asesor de la Casa Blanca en asuntos de seguridad nacional, Sandy Berger, subrayó que Washington "no cree en una solución militar al conflicto armado colombiano", agregando que "vamos a mandar unos centenares de entrenadores para preparar batallones, que irán a las áreas de mayor cultivo de drogas para crear las condiciones de seguridad que permitan que la policía entre a destruir las plantaciones y los laboratorios". Pero el fuerte componente militar de la ayuda estadounidense ha despertado una ola de críticas e inquietudes: las organizaciones defensoras de los derechos humanos advierten sobre los peligros de aumentar la capacidad operativa de un ejército de dudoso récord en la materia, que ha sido acusado de vínculos con grupos paramilitares.
Por otra parte, los países vecinos de Colombia -Brasil, Panamá, Ecuador, Venezuela y Perú- tambien expresaron su preocupación de que la agudización de la lucha armada provoque migraciones masivas de civiles e incluso el desplazamiento de los grupos guerrilleros a otros rincones de la selva amazónica -temores que la nueva embajadora de EE. UU. en Colombia, Anne Woods Paterson, calificó de "exagerados". Brasil expresó también su inquietud ante la posibilidad de que el aumento en las fumigaciones de cultivos de coca, y el uso de nuevos agentes biológicos, causen daños irreparables en el delicado ecosistema de la selva amazónica. Lo cierto es que muchos creen que habrá una radicalización del conflicto, y en una entrevista a la prensa brasileña, el propio comandante de las Fuerzas Armadas de Colombia, general Fernando Tapias, describió la ayuda de Washington como "un punto de no retorno", reconociendo que "habrá un incremento de la guerra antes de que se consiga la paz". Por su parte, el vocero para asuntos internacionales de las FARC, Marcos Calarcá, dijo a la BBC que "con el Plan Colombia, la guerra se escalará a proporciones jamás vistas; la guerra se generalizará, porque el plan no es sólo una agresión contra las FARC sino contra el pueblo colombiano". Una jugada de alto riesgo
Según el presidente Pastrana, "por primera vez el mundo ha entendido la tesis de la corresponsabilidad de países productores y consumidores de estupefacientes; la comunidad internacional quiere aportar para que, entre todos, podamos resolver este problema que hoy nos está afectando a los colombianos, pero que no es culpa nuestra". Si se cumplen las peores predicciones, el Plan Colombia llevará a una agudización del conflicto, fumigaciones dañinas del medio ambiente, desplazamiento de civiles y nuevos focos guerrilleros más allá de fronteras. Si los resultados son positivos, será una estrategia integral que aporte esquemas de desarrollo alternativos y obligue a la guerrilla a negociar la paz. En cualquier caso, se trata de una estrategia de alto riesgo, en la que se está "jugando" el futuro de un país. Según el ex canciller Rodrigo Pardo : "podemos lograr mucho o perder mucho, pero pienso que la situación colombiana es suficientemente crítica como para que amerite ensayos audaces". Después de meses de especulación sobre los posibles efectos del Plan Colombia, la visita del presidente Clinton para respaldar la participación de Washington en el plan no deja dudas de que, más allá de los efectos de la gran jugada de Pastrana, la partida ha comenzado. |
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