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| Farmacéuticas |
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| Por
Stephen Sackur

Un paciente con SIDA en Zambia: las drogas
para
tratar el mal están fuera del alcance de la mayoría
de los africanos
Charles Nelson está nervioso. Cada tres meses viene a una clínica
de Washington DC para un chequeo médico y análisis de sangre. Es
precisamente eso lo que le causa malestar. Después de 14 años con
VIH e incontables visitas al laboratorio, ver una aguja introduciéndose
en su piel todavía lo hace temblar.
En
un par de minutos, se llenan cinco pequeños frascos de sangre. Dentro
de unos días tendrá nueva información sobre el estado de su sistema
inmunológico y la efectividad de la terapia antiviral de la que ahora
depende su vida.
Charles Nelson supo que era seropositivo en 1986 cuando era un estudiante
de 25 años. En medio del pánico por el SIDA que recorría Estados Unidos
a mediados de los 80, creía que desarrollaría la enfermedad y moriría.
Pero Nelson fue uno de los primeros pacientes que recibió AZT, la
primera droga importante que inhibía el desarrollo del virus, y a
mediados de los 90 estaba tomando un complejo coctel antiviral que
controlaba, y todavía controla, el VIH.
Por eso puede trabajar a tiempo completo, viajar y disfrutar de la
vida. Pero no puede relajarse. Su salud depende de la vigilancia y
la disciplina.
En
Estados Unidos hay casi un millón de infectados con el VIH. El año
pasado sólo 20.000 personas murieron de SIDA, lo que significa que
Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en medicamentos,
atención médica y otros servicios para combatir el virus.
Las personas infectadas con el VIH y el SIDA necesitan apoyo efectivo
y a largo plazo. En el centro de Washington DC lo obtienen en la
clínica Walker-Whitman. El centro, que se encuentra en un edificio
ordinario de una calle con casas en mal estado, genera energía y
entusiasmo en el combate contra el SIDA. Allí los "clientes"
-nunca se les llama víctimas- vienen por consejos, paquetes de alimentos
y medicamentos.
En una ciudad donde muchos infectados con el VIH son pobres, de
minorías raciales y adictos a las drogas, la clínica es su
salvavidas. El presupuesto viene de varias fuentes: fondos del gobierno
y donaciones del sector privado. Su existencia es una muestra del
éxito que han tenido los activistas contra el SIDA al obligar a
Estados Unidos a hacer frente a la epidemia.
El director de la clínica, Cornelius Baker, señala que la introducción
de las terapias múltiples capaces de suprimir la reproducción del
VIH, ha aumentado los requerimientos al servicio de la salud pública.
La razón es simple: "manteniendo viva a la gente hemos creado una
nueva y buena forma de necesidad", puntualiza.
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| Una
voluntaria de la Media Luna Roja explica el uso del condón
en un curso sobre sexo seguro |
El
SIDA en Estados Unidos no ha sido vencido pero sí controlado. ¿Por
qué entonces vemos que la epidemia está fuera de control en el mundo
en desarrollo?
¿Por qué las drogas que son capaces de inhibir la reproducción del
VIH no están teniendo impacto en los países donde el virus campea
por sus respetos?
Para decirlo de forma simple, las personas que necesitan las últimas
drogas antivirales en África no tienen el dinero para comprarlas
y los que las producen están motivados por la búsqueda de ganancias.
Las grandes corporaciones farmacéuticas de Estados Unidos han gastado
millones de dólares en probar y fabricar las drogas que combaten el
VIH. Se trata de rivales en el mercado pero en un aspecto fundamental
tienen un interés común: usar la ley internacional de derecho de autor
para mantener su control de la manufactura, la distribución y los
precios de los medicamentos, entre ellos el AZT.
En la década de los 90 las companías farmacéuticas luchaban enérgicamente
por proteger sus privilegios. Su argumento era simple: si se infringe
la ley de derecho de autor para permitir que los países pobres tengan
acceso a las drogas sin pagar, el precio sería peligroso.

Sus representantes argumentaban que la piratería se extendería por
todo el mundo y los negocios estadounidenses se verían afectados.
Si no se protegía el derecho de autor, ¿quién se tomaría la molestia
de invertir en la investigación y el desarrollo necesarios para continuar
la lucha contra el SIDA?
Una batalla por las patentes y los precios se produjo en Sudáfrica.
Los sudafricanos aprobaron una ley que permite la producción o la
importación de drogas baratas.
Las compañías farmaceúticas estadounidenses expresaron su disgusto
y sus amigos en el Congreso exigieron fuertes sanciones contra el
país africano. El vicepresidente Al Gore, a punto de lanzar su campaña
por la presidencia, advirtió a los sudafricanos a comienzos de 1999
que las relaciones entre Pretoria y Washington podrían verse afectadas.
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Ahora nos enteramos que en Europa y Estados Unidos hay medicamentos.
Los llaman HAART, terapia anti-retroviral altamente activa.
Se los tragan gratis.
Pero en África, donde muchos morimos, no los tenemos.
No podemos tragarlos gratis.
Necesitaríamos US$ 1.000 por mes.
Señor, tú sabes que no tenemos dólares.
Mientras esperamos, algunas vidas parecen más importantes
que otras.
Sin embargo para ti todos somos iguales.
Señor, hemos perdido demasiado.
(Trad. Fernán González)
En
realidad fue Al Gore quien resultó afectado. Cuando intentaba
iniciar su campaña presidencial con actos públicos en el verano
pasado, los activistas contra el SIDA lo abuchearon, interrumpiendo
sus presentaciones.
En palabras de Wayne Turner de ACTUP -una coalición contra
el SIDA-: "usamos la política de avergonzar a los políticos.
No los podemos comprar con grandes donaciones de dinero pero
podemos aparecernos donde se presentan para exigirles que
pongan en práctica políticas que salven las vidas de muchos
seres humanos".
El verano pasado Gore cambió de opinión. El gobierno de Estados
Unidos retiró su oposición a la iniciativa sudafricana para
conseguir drogas baratas. Ciertamente se han hecho concesiones
a drogas manufacturadas en el Africa subsahariana y a exportaciones
de fármacos a esa región.
Hay señales de que Washington considera al fin la epidemia
global del SIDA como una prioridad de su política. Funcionarios
estadounidenses la califican de "amenaza a la seguridad nacional".
Sin
embargo, incluso si se pudiera llevar drogas antiretrovirales
a los países que más las necesitan, no se solucionaría la
crisis. Los medicamentos serían de poca ayuda en naciones
donde no hay la menor atención médica, donde no hay programas
de educación sobre el SIDA y cuyas economías están bajo el
peso de la pobreza generalizada.
El reto de Estados Unidos es ahora dejar a un lado la disputa
sobre la disponibilidad de las drogas y formar una asociación
nueva y amplia con los países que están en el centro de la
epidemia de SIDA.
Cornelius Baker de la clínica Walker Whitman pasó la década
de los 90 luchando para mejorar las vidas de las personas
que padecen de SIDA en Estados Unidos. Ahora quiere utilizar
su experiencia para lanzar una cruzada mundial contra este
flagelo.
"Sabemos que sin una mayor ayuda, 23 millones de personas
estarán al borde de la muerte. No hacer nada es participar
en un genocidio", señala.
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