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Aussie
Aussie Aussie Oh Oh Oh!

Arrullos
de un país continente... |
Escribe
Luis Fernando Restrepo,
enviado especial de la BBC a Sydney.
El "Aussie Aussie Aussie oh oh oh!", grito de batalla que identifica
a los australianos, retumbaba aún en mis oídos luego de
presenciar algunas pruebas en el Centro de Exhibiciones y Entretenimiento
ubicado en Darling Harbour.
Por donde quiera que observaba en el tren que me llevaba desde la Estación
Central hasta el Parque Olímpico, rostros pintados de amarillo
y verde mostraban exaltados su nacionalismo con esa misma expresión
que, para ser sincero, ya me comenzaba a molestar pues no me dejaba conciliar
el típico sueñito rápido que todos nos hemos echado
en un transporte público luego de largas jornadas de trabajo.
Sin embargo, me acomodé y con el arrullo de la historia de mi colega
Eduardo Febbro acerca de cómo perdió el teléfono
celular al dejarlo olvidado en un taxi, mis ojos se cerraron con la misma
velocidad con la que se desplazaba el tren.
Fue un sueño placentero, que tan sólo se veía interrumpido
por los sobresaltos que origina la responsabilidad, pues debía
estar obligatoriamente en la final del hockey femenino que disputaba Argentina
frente a Australia.
El sacudón que me dio el controlador del tren me despertó
sobresaltado y emulando a uno de los canguros locales brinqué del
vagón del tren. Ya habíamos llegado a la estación
del Parque Olímpico.
De nuevo estaban allí, arremolinados en la plataforma, los "Aussie
Aussie Aussie oh oh oh!", que junto al susto que me había
propinado el funcionario ferroviario no hacían la escena muy agradable.
Llegué hasta la puerta del estadio. El ritual de siempre: vaciar
los bolsillos, abrir las maletas y la máquina que siempre pita.
De repente caí en cuenta que el teléfono celular me había
dejado en paz por más de una hora. No era algo normal. Lo busqué
desesperado por todas partes y no estaba. Había perdido mi contacto
con el mundo exterior y, lo peor, ¡a menos de una hora de salir
al aire en BBC Deportes!
Corrí los 100 metros planos en menos de 9.87, salté más
de los 2.35 para conseguir un teléfono público. Marqué…
y luego del segundo intento me contestaron.
"Señor, usted tiene mi teléfono móvil, usted
tiene mi herramienta de trabajo" le dije a mi interlocutor.
"¡Claro! Lo encontré en el tren y ahora me dirijo hacia
la Estacion Central", me respondió en un perfecto acento australiano.
Inicié de nuevo mi marcha y aunque no era ni de 20, ni de 50 kilometros,
la sufrí igual. Tomé el endiablado tren de nuevo a la Estación
Central cruzando los dedos para que la vida me demostrara que en este
rincón de la Tierra también hay gente honrada.
Me volví a comunicar con mi desconocido interlocutor para encontrarnos.
Efectivamente, estaba allí en medio de la multitud, con su rostro
pintado de amarillo y verde.
"¡Ah! Tú eres el del teléfono", replicó
el corpulento australiano. "Hemos retrasado nuestra celebración
sólo por esperarte". Y de inmediato me hizo entrega de aquel
diminuto objeto que se ha constituido para muchos en algo vital desde
este lado del planeta.
Le agradecí inmensamente, le estreché su mano, di media
vuelta y emprendí de nuevo mi maratón hacia el estadio de
hockey, mientras el hombre que me había puesto de nuevo en contacto
con el mundo se alejaba de la Estacion Central entonando el "Aussie
Aussie Aussie oh oh oh!" que ya para mí significaba un cántico
a la honradez de los anfitriones y una dulce melodía que, entonces
sí, acariciaba mis oídos.
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