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Escribe
Rafael Estefanía, reportero de la BBC.
Un deportista muy cubano En ese momento aprendí un par de cosas: que el hombre sentado a mi lado era el 6 veces campeón del mundo y doble campeón olímpico Félix Savón, y que la señora tenía razón: si Savón hubiera nacido en Estados Unidos y no en Cuba, yo no andaría preguntando sobre su identidad. Lo habría visto al menos en comerciales de ropa deportiva y refrescos. Pero esto es Cuba, y el reconocimiento que un atleta de la categoría de Savón, que de acuerdo con su palmares es considerado el mejor boxeador amateur de todos los tiempos, se aprecia más bien con la firma de autógrafos, con la palmada en la espalda, con un apretón de manos y, como ocurrió aquella noche en el teatro, con su salida al escenario para levantar en brazos a Juana Bacallao al grito de "¡campeón!, ¡campeón!" A partir de aquel día comenzó nuestra amistad. Me abrió las puertas de su casa y me presentó a su mujer y a sus cinco hijos. Compartimos cena y refrescos y me mostró el lugar sagrado de su casa: una vitrina con todos sus trofeos y sus dos medallas olímpicas, que ahora incluirá la tercera de oro ganada en Sydney. Lo impensable
Y allí fuimos toda su familia en pleno y yo con ellos. Y ocurrió lo impensable: en un combate casi de trámite, el invencible Savón cayó noqueado en el segundo asalto. Después de más de un minuto que pareció eterno, se levantó con ayuda de su entrenador y con la mirada aún perdida. Ahí se vio la otra cara del deporte. Los gritos de "¡paquete!" y de "¡estás acabado!" sonaron fuerte en el pabellón. Por la puerta de atrás y arropado por su familia, Savón abandonó el Kid Chocolate en una noche que preferiría no haber contemplado. A la salida, el taxista que me condujo a mi hotel sentenció que Savón, a sus 32 años, estaba viejo, que su mejor momento había pasado hace mucho y que lo mejor que podía hacer era retirarse. Un taxista equivocado Ha pasado más de un año y medio desde aquella noche y en Sydney Félix Savón demostró una vez más ser el mejor, donde repitió el oro que ya había conseguido en Barcelona y en Atlanta. Savón nunca habló mucho. Es, como dice su hermana, un “gigante noble y callado” que, a base del trabajo, la dedicación y la fe en sí mismo ya se ha consagrado como uno de los grandes del boxeo. Aquella noche de nuevo aprendí un par de cosas: que el campeón verdaderamente grande es el que se sobrepone a la derrota y a la adversidad y... que nunca hay que hacerle caso a los taxistas... |
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