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  Tres generaciones
Tres generaciones
  Los cubanos en EEUU suman 1,4 millones y representan el 4% de la comunidad latina.

25% de los latinos de origen cubano tiene título universitario comparado con 7% de los de origen mexicano, según cifras del 99.
 
  Vínculo:
 US Census Bureau
 
 
Padres, hijos y nietos cubanoamericanos

Iscar Blanco
Iscar Blanco,
BBC Miami.
Más de tres décadas han pasado desde que los Díaz salieron de su bella Cuba rumbo a Estados Unidos. Hoy son tres generaciones. Iscar Blanco de la BBC compartió con ellos una tarde de domingo y registró un sinfin de historias y anécdotas.

Escribe Iscar Blanco, BBC Miami.

Doña Carmen y Don Eduardo Díaz nunca aprendieron inglés. Don Eduardo jamás se profesionalizó, por el contrario dejó a un lado sus deseos de ser contador.

Su hija María se convirtió en Doctora Pediatra y hoy su nombre es Mary Winder, mientras que su hija Rosa, la menor, trabaja como gerente de una empresa de relaciones públicas.

Gracias a los esfuerzos económicos de los padres, ambas terminaron una carrera. Los hijos de esa segunda generación, los nietos de Doña Carmen y Don Eduardo, son "americanitos".

Lo que quedó atrás

Carmen y Eduardo Díaz nacieron en La Habana, Cuba. Allí contrajeron matrimonio, tuvieron hijos, hasta que la situación en Cuba cambió radicalmente y la oportunidad les hizo un llamado.

Viajaron a Estados Unidos. Llegaron a Miami en 1965, acompañados de su hija María, mientras que Rosita permaneció en Cuba por problemas que ellos prefieren no mencionar. Su llegada a La Florida fue "todo un acontecimiento", comenta Don Eduardo o Eddie, como lo llaman sus amigos.

Llegamos como llegan todos, no había diferencia entre los que llegan ahora en balsas o los que llegábamos en avión. Todos estábamos escapando, ya sabíamos lo que se nos venía encima.
"Llegamos como llegan todos, no había diferencia entre los que llegan ahora en balsas o los que llegábamos en avión. Todos estábamos escapando, ya sabíamos lo que se nos venía encima".

Cuando habla, en sus ojos se ve la nostalgia de aquella mañana cuando abandonaron la isla, los amigos, la familia, los abuelos, su Rosita y las pocas pertenencias que tenía.

"No se puede imaginar usted, como padre, ver a sus hijos crecer con hambre, privados de derechos, sin poder opinar, no poder decir nada" agrega Don Eduardo.

Eduardo Díaz en las calles de Miami.
Y mientras nuestra charla continúa, Don Eduardo le toma la mano a Doña Carmen y comienza una plática que nos transporta al pasado. Hablamos de matrimonio, de la fiesta de boda, del pastel, del paso de la riqueza a la pobreza, del deterioro y de la forma como "escaparon de Cuba".

"Un día mi esposo se acercó y me dijo, Carmen, esto no lo aguanto más”. Ya Castro se había colocado en el poder. Las palabras de Doña Carmen son interrumpidas por un hombre lleno de emoción, como quien preserva el derecho a su historia y continúa la plática.

"Nos fuimos" dice Don Eduardo. "Nos fuimos en una época en que aún se podía salir, pedir la visa y contactamos a una hermana de un compadre que vivía frente a nosotros en La Habana. No lo pensamos y nos fuimos".

"Hay cosas que se hacen por los hijos" dice Doña Carmen. "Un niño que vive en un sistema como el de Cuba se frustra ya que con los años no puede ni siquiera expresar lo que siente".

En medio de nuestra charla y con un exquisito aroma que proviene de la cocina de Doña Carmen, suena el timbre de la casa, ubicada en el barrio de la Pequeña Habana, donde viven desde el primer día de su llegada. Entre gritos, algarabía y besos, llega Rosa, la menor, hoy acompañada de su esposo y sus dos hijos. Todos están invitados a almorzar.

Comienza la comitiva y todos se presentan. "Hi, I am Robert" dice el primero. Pero un jalón de oreja es suficiente para que el diccionario interno se active y el mismo jovencito de sólo 10 años se presente ante mí en español.

En busca de un futuro mejor

Para los Díaz fue duro llegar a un país donde las costumbres eran otras, dejando atrás la familia, pero encarando la posibilidad de un futuro mejor.

"Se quedó la niña, la más pequeña" dice Carmen con una sonrisa, mezcla de nostalgia y dolor. "Cuando llegamos nos dieron una fiesta en casa de José, el esposo de una amiga de Pinar del Río. Pero quién iba a festejar, si allá en Cuba se quedaron los abuelos y la nena; teníamos un amargo presentimiento de que no la volveríamos a ver".

Acostumbrado a llegar a casa y que me recibiera Carmencita, con las niñas, ver a mis padres jugar con las nenas y de repente ahora todo era trabajo y oscuridad.
Don Eduardo no tuvo tiempo de saborear su llegada. Llegaron un viernes y el sábado temprano se fue a Orlando a trabajar en la cocina de un restaurante que ya ni existe.

"Le pregunté a un amigo cuándo regresaríamos a Miami y me dijo que dentro de tres o cuatro meses" dice Don Eduardo. "Imagínese usted, acostumbrado a llegar a casa y que me recibiera Carmencita, con las niñas, ver a mis padres jugar con las nenas y de repente ahora todo era trabajo y oscuridad".

Don Eduardo comenzó trabajando allí, de seis de la mañana a nueve de la noche, siete días a la semana para poder ahorrar. Doña Carmen vivía en Miami y era poco lo que podía hacer. Como ella misma lo dice, sus días se iban entre el recuerdo de su hija Rosa y el cuidado de María. Y preguntándole a todas las amigas, cuándo vendría Eduardo del norte.

"Me ganaba unos pesos planchando ropa, cuidando las hijas de la vecina y todo lo ahorraba para hacerle una cena a Eduardo cuando llegara", cuenta.

Todos los fines de semana, Doña Carmen se arreglaba, se vestía y se acostaba con la esperanza de que Don Eduardo llegara de Orlando.

Al final, Don Eduardo ahorró y renunció a su trabajo de Orlando. "¿De qué te sirven los dólares si no tienes a tus hijas? ¿De qué te sirve el dinero si tu esposa esta sola llorando?", me cuestiona Don Eduardo, quien aprovecha para darle un beso a uno de sus nietos.

El tiempo pasa y no te das cuenta

Con unos cuantos pesos, Don Eduardo llegó de regreso a Miami y junto a un amigo se fue a pintar casas en Miami Beach. "Me pagaban más y en la tarde regresaba a la casa" dice Don Eduardo. Era otro Miami Beach, lleno de mansiones, de opulencia y de dinero. Hoy es más comercial".

Eduardo Díaz con su hija Rosa, en una de las primeras navidades en EE.UU.
"El tiempo pasa y no te das cuentas. Se te acaban las lágrimas, las cartas no llegan y te imaginas tantas cosas", comenta Carmen.

La salida de su hija Rosa fue un largo proceso y una angustia. Rosa salió vía España haciéndola pasar por hija de una amiga. Un año después, los Díaz volvieron a reunirse todos en Miami.

"Pasamos nuestra primera navidad en casa de unos amigos", comenta Rosa, quien vive a unos 20 minutos de sus padres. "Yo no sabía lo que pasaba, mi abuelo me decía que yo era la más inteligente y que por eso me había ganado el derecho a estar con ellos".

Para Rosa hay un pasado que es difícil de recordar. Ella vivió un sueño, era la preferida de los abuelos, recibía regalos del extranjero y como ella misma lo dice, aprendió más en el exilio que estando en Cuba.

"Lo más triste es que estemos sólo a noventa millas de las costas estadounidenses y allá las cosas sean de otro color", se lamenta Rosa.

En casa: café cubano y español

A diferencia de María, Rosa nunca perdió su acento, su español es fluido y no recurre al inglés para responder.

En la casa se habla español, el inglés es para los rubios.
"En la casa se habla español, el inglés es para los rubios", le decía Don Eduardo a sus niñas. Pero María estaba dispuesta a ser "americana". Ambas ingresaron a la escuela y mientras Rosa tuvo su primer novio, un cubano, María tuvo como primer novio un "yanqui".

Las nenas ,como aún les llaman, aprendieron a vivir al estilo americano, pero respetando unas costumbres hispanas. Según Doña Carmen, se desayunaba en la misma mesa, se cenaba en la misma mesa y si Don Eduardo no estaba, había un puesto simbólico para él. "Nadie se acostaba sin darle gracias a Dios por los alimentos, por los libros y por la libertad", explica Doña Carmen.

Las hermanas María y Rosa, y la abuela que quedó en Cuba.
Los Díaz no han perdido sus costumbres ni su humildad. Al llegar a su hogar, uno es recibido con cariño y, como ellos mismos lo dicen, "quien llega a esta casa es de la familia". No falta un cafecito cubano en medio de nuestra charla, la cual sigue en medio de las notas nostálgicas de alguna canción cubana.

"Apuesto a que no ha escuchado esta canción" me grita Don Eduardo y se sienta a contarme historias que solo recuerdo de mis tíos o de mi madre, quienes nacieron en Cuba pero emigraron hacia Colombia antes de la revolución. "Se trata del Trío Matamoros", dice Don Eduardo.

Eddie y Roberto, los hijos de Rosa, son "americanitos" es decir, cubanos de sangre, pero "gringos" en educación. Son educados y escuchan atentamente cada palabra que el abuelo pronuncia. Me doy cuenta que las historias de Don Eduardo no son sólo fascinantes para mí, sino también para ellos.

María vive en las afueras de Boston, esta casada con un abogado. Estudió medicina en una escuela local, se enlistó en el ejército y viajó por el mundo. Vive lejos, pero vive cerca, ya que la casa de los Díaz parece un estudio fotográfico. Hay fotos de María en Alemania, en México, en El Salvador, vestida de militar, condecorada, al lado de dignatarios y algún político que durante la semana vemos en la televisión local.

Y Don Eduardo se hizo ciudadano estadounidense. "Era una ventaja, eso me dijeron y la verdad es que no veo la ventaja", se sonríe. "Lo hice porque uno debe ser agradecido. Esta tierra le ha dado educación a mis nenas, les ha dado techo y si mañana tengo que salir a defender este país, con esta edad, me levanto y voy".

Nueva patria con sabor a exilio

Pese a que han pasado muchos años, la fecha patria estadounidense del 4 de julio aún no tiene para los dos un significado profundo, más allá de la algarabía popular y la lluvia de fuegos artificiales.

Sin embargo, para ellos hay fechas diferentes, como el tradicional "Día de Acción de Gracia" (Thanksgiving), que celebran, al igual que los "gringos", con pavo, vino y algún postre.

La navidad tampoco se pasa por alto: lechón, puré de patata, ensalada, ron cubano y un postre, casi siempre un flan. Se pone música, bastante música, y se festeja la llegada del Año Nuevo.

Al finalizar esta charla, todos nos levantamos y nos fuimos a la mesa. "De este almuerzo no se nos escapa", dice Doña Carmen. El menú: ropa vieja, yuca con mojo, arroz amarillo y frijoles negros.

Tres generaciones, tres familias, nuevos amigos.