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![]() LAS MUCHAS FRONTERAS
En la frontera
de México con Estados Unidos se violan los derechos humanos cada tres
pasos. Es la frontera que separa lo real de lo oficial, la comedia de
la tragedia, la vida de la muerte. Allí se rige la ley del más fuerte.
De entre todos los personajes que conviven en este submundo, el migrante actúa el papel más ingrato. Son los seres más vulnerables. Hay un dato que refleja la impotencia de la Procuraduría de Derechos Humanos del estado de Baja California, México: en 2001 sólo recibieron diez denuncias. Misma cantidad de violaciones que, bajo el riesgo de parecer exagerado, pero a lo mejor suceden durante una mañana. El policía lo extorsiona, los delincuentes callejeros lo roban, el traficante de indocumentados lo maltrata física o psicológicamente (o ambas cosas) y el integrante de la Border Patrol lo veja. ¿Qué hace él? Los primerizos poco o nada, pero los reincidentes llegan a conocer las reglas de la selva y se cuidan y algunos pocos se organizan con los familiares, aquellos que los esperan en territorio estadounidense, para engañar al pollero. Por la buena o por la mala. Es la ley de la selva, que no se olvide. Otro punto de vista Lo
dicho hasta esta coma no es ninguna novedad, los derechos humanos de
los migrantes se violan en la frontera sur y norte de México, sucede
con los marroquíes que intentan llegar a España, con los turcos que
se sueñan en Italia, etcétera. Se ha dicho ya de distintas maneras.
Por eso el interés del reportaje "A la sombra del pollero" es el de tratar de reflejar la migración pero desde el lado de los llamados "polleros": quiénes forman una banda, cómo se reparten el trabajo y el dinero, cómo se visten, dónde se divierten, en qué gastan su dinero. Conviví con ellos casi las 24 horas del día durante 12 días en Tijuana, Tecate y Mexicali; en el cerro y en un río de aguas negras; en Ca-léxico, San Diego y Los Ángeles. Hasta ayudé en una ocasión a pasar a cinco jóvenes mexicanos y ya en territorio gringo, conocí las casas de seguridad y acompañé a un chofer que los transporta de la frontera hasta el centro de Los Ángeles. Fueron 12 días en los dos lados de la frontera, que comprendieron los últimos días de septiembre y los primeros de octubre de 2001, pero hubo también varias pláticas previas. Cuento con la fortuna de que, de las dos bandas de traficantes de indocumentados que me recibieron, a tres de sus integrantes los conocí durante la adolescencia. Esta confianza, pues, enriqueció este trabajo. ¿Cómo? Por ejemplo, toda una mañana platiqué con el jefe del grupo Beta en Tijuana. Me convenció el señor de que su misión es ayudar a los migrantes, me contó de los cursos sobre derechos humanos, psicología, primeros auxilios y varios temas más que los hacen indispensables en la frontera. No somos policías, afirmó. Nuestra misión es ayudarles. ¿Algún caso de corrupción? Ninguno importante, contestó muy seguro de sí. Acto seguido, dos de sus agentes me llevaron a realizar un recorrido por la barda fronteriza, en el área de la ciudad de Tijuana. Me convencieron por unos momentos. Creí haberles visto las alas blancas.
Muertes. Sobre la barda fronteriza de Tijuana hay cientos de cruces; una por cada persona que intentó ser ilegal pero murió en el intento. Unas tienen nombre, otras tantas no. Muchos muertos, ¿no?, le comento un día a un pollero con ocho años de experiencia laboral. "Se nos mueren muchos más", contestó en un tono natural. Cien bandas De una manera cíclica, por otra parte, las autoridades presentan informes: son cien bandas las que trafican con indocumentados, leí hace unos meses. En otra ocasión dijeron: ganan miles de millones de dólares. Cuántos son y cuánto ganan. Lo más seguro es que quién sabe. Hay
grandes bandas que mantienen relaciones con organizaciones de Asia,
Europa y Medio Oriente. Conocí otras con una plantilla de 50
elementos, y que logran introducir alrededor de 150 indocumentados a
Estados Unidos al día. Hay otras de entre 10 y 15 trabajadores
que en sus buenos días pasan 30 pollos. Y hay mini changarros
de tres o cuatro integrantes, muchas veces familiares, que pasan cuatro,
cinco, a razón de 2.200 dólares por cabeza. ¿Cuántas
bandas dice pues el gobierno que son? Lo mismo pasa con el dinero. Ganan mucho, es cierto, pero en este submundo el billete se tiene que repartir; si no es así, entonces no funcionaría. La frontera es río de dinero y corrupción, de la cual se benefician taxistas, taqueros, prostitutas, dealers, hoteleros, maleteros, por supuesto policías de las distintas corporaciones, empresas de transporte, etcétera. ¿Qué pasaría si se cerrara la llave que suelta todo este derrame económico? ¿Qué hacer entonces cuando no hay cifras confiables? Contar historias, que son igual o más importantes que los números. Ése es el reto. En fin. Que la frontera es una farsa. Hay un mundo oficial y otro real. De cifras que dicen poco y personas que te cuentan mucho. Es la ley de la selva, hasta divertida, si no fuera porque muchos de los que pierden ya no viven para contarlo. |
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