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Además del famoso sistema de metro de Londres (el primero del mundo), bajo las calles de la capital británica descansa, silenciosa, otra red subterránea y desconocida para muchos: el viejo sistema de correos, el London Mail Rail, hoy en desuso, que servía para transportar cartas a través de la ciudad.
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Como le cuenta a BBC Mundo Bradley Garrett, miembro del grupo que además es etnógrafo y realiza un doctorado sobre el tema, acceder a ese lugar fue como encontrar el Santo Grial. O llegar a la cima de una montaña, agrega Greg, del colectivo Silent UK (Reino Unido silencioso, www.silentuk.com), autor de varias de estas fotos.
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A estos intrépidos, mezcla de geógrafos, activistas antisistema, artistas y fotógrafos, también se los conoce como hackers urbanos: en vez de intervenir sistemas informáticos, se dedican a inmiscuirse en espacios abandonados, privados o inaccesibles de la geografía citadina como puentes, hospitales clausurados, instalaciones militares en desuso, minas y sitios en construcción. Precisamente, Garrett escribe un blog llamado Place Hacking (www.placehacking.co.uk).
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El entramado de vías y pequeños trenes alguna vez trabajó febrilmente 19 horas al día. No llevaba pasajeros, ni siquiera conductor: los pequeños trenes eran manejados a la distancia y transportaban cartas y paquetes a través de la ciudad. En sólo 20 minutos atravesaban Londres desde la estación de Paddington (al oeste) hasta la de Whitechapel (al este), o viceversa. El grupo realizó el recorrido caminando, en varias horas, atravesando por momentos estrechísimos túneles.
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Las oficinas detenidas en el tiempo alguna vez albergaron miles de cartas y paquetes. Inaugurada en 1927, fue la primera red de trenes automáticos del mundo. En su época de mayor auge tuvo nueve estaciones, por las que pasaban pequeños trenes manejados a control remoto llenos de correspondencia. Llegó a transportar un promedio de cuatro millones de cartas al día, pero dejó de funcionar en 2003 por falta de presupuesto y por la poca cantidad de cartas que la gente enviaba.
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Para Greg estar allí fue un privilegio. Estábamos ingresando a una cápsula intocada del patrimonio histórico de Londres. Por supuesto que estábamos nerviosos, después de todo no podíamos estar ahí. Sabíamos que si nos pillaban tendríamos problemas. Eso nos mantenía en vilo. Para Bradley, el grupo pudo sentir el lugar tal como es: decadente, triste y de una enorme belleza.
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