Última actualización: miércoles, 7 de octubre de 2009 - 16:55 GMT

"Hablar es burlarse de los pobres"

"Uno no tiene tiempo de pensar en el miedo". Esa es la primera frase que le viene a la mente al padre argentino Pedro Opeka para explicar cómo enfrentó el desafío de dejar su Argentina natal y radicarse en Madagascar, donde fundó la Asociación Humanitaria Akamasoa, dedicada a ayudar a los más pobres de esa nación africana.

Para responder a las preguntas de los lectores de BBC Mundo -como la de Elba Cano, de Venezuela- el padre Pedro explica que estuvo durante 15 años en la selva, "aprendiendo la lengua de Madagascar, aprendiendo las costumbres, las tradiciones, la mentalidad de ese pueblo".

De aquellos tiempos recuerda que "en la selva había pobreza, pero mucha solidaridad", pero cuando llegó al basurero de Antananarivo, donde actualmente trabaja, comprobó que "había miseria" y que "cada uno odiaba al hermano".

"Cuando vi ese odio entre los pobres de un basurero grité –en el momento no me di cuenta que no estaba solo y que había delante de mí un millar de personas que podrían haberme pegado–, 'hermanos, no puede ser que siendo tan pobres sean tan desunidos'. Lo dije en lengua malgache, con algunos proverbios malgaches, y con la fuerza que lo dije, ellos se quedaron sorprendidos".

Ahí comenzó una nueva vida. "No tuve tiempo de pensar en el miedo. Sólo veía esos niños que se disputaban la basura con cerdos y perros; ahí me quedé electrocutado. Yo no podía hablar. Hablar es burlarse de los pobres; aquí hay que actuar, hay que actuar ya, ahora".

"Una alianza con Dios"

Madagascar (Foto: Fabio Meloni y Anne Aubert)

El padre pedro lleva 20 años ayudando a que los más pobres en Madagascar tengan una economía sustentable.

El padre pedro cuenta en esta entrevista interactiva que hizo "una alianza con Dios". Esa fue la decisión que tomó tras sus primeros contactos con la gente del basurero y que 20 años más tarde, el trabajo que comenzó en un gran silencio, "sorprende a mucha gente".

Madagascar le reveló el rostro adusto de la miseria donde gran cantidad de niños mueren por enfermedades que son curables en los países desarrollados y comprobó que la resignación anidaba en muchas de esas familias. "Entonces yo dije: 'no hermanos; esta pobreza la vamos a vencer y vamos a salir y nuestros hijos tienen derecho a vivir con más dignidad y no morir a los cinco o seis años".

"No me puedo acostumbrar a enterrar a los muertos. Cada muerte para mí es un drama nuevo, es un dolor. Y así, con la gente que sufre, sufrimos juntos y decimos: 'bueno, trataremos de que en el futuro haya siempre menos muertes, de jóvenes, de gente que nunca debería morir'", explica tras evocar los comienzos del proyecto Akamasoa, al que define como "un gran movimiento de solidaridad".

La realidad del padre Pedro contrasta con la de los países desarrollados que según Richard Baptista León, de Caracas Venezuela, gastan mucho dinero en sus carreras armamentistas, pero no miran a los países hundidos en la miseria. "Yo estoy escandalizado", le responde.

"Siento mucha bronca como decimos en Argentina, yo estoy escandalizado y lo trato de gritar".

"No se mojan"

Opeka también tiene una posición crítica respecto a las cumbres internacionales sobre hambre y alimentación o a los objetivos del milenio.

Foto de Fabio Meloni y Anne Aubert

Para el padre Pedro, la gente en Madagascar no entiende de cumbres, sí de hambre y enfermedades.

"Son programas que ponen para darse buena conciencia, pero muy poca gente obra –sobre todo aquellos que más medios tienen–, no se comprometen, dan grandes ideas, dan consejos, pero no se mojan. No entran en la vida de los pobres, pero vienen con discursos que los pobres no comprenden aquí en África".

"Padre, tengo hambre; padre, estoy enfermo, no tengo dinero, no tengo trabajo, no tengo vivienda, no tengo qué darle de comer a mis hijos", es el lenguaje que según Opeka entiende la gente de Madagascar.

El padre considera que "no se puede hacer filosofía de la pobreza" y agrega que "aquí la combatimos cuerpo a cuerpo, todos los días, sin intermediarios".

"Yo no tengo fórmulas, pero sí puedo contagiar fuerza y convicción de que se puede hacer porque aquí lo hemos comenzando sin dinero y sin ser apoyados por las grandes entidades y grandes organismos internacionales".

Seguir el modelo

La obra del padre Pedro llamó la atención a muchos lectores de Latinoamérica, como Natalia Jimena de Rosario, Argentina, quien le preguntó si existe alguna posibilidad de extrapolar el proyecto de Madagascar a la región. "Yo pienso que los mecanismos se tienen que crear en cada lugar, en cada país".

"Así que le diría a Natalia que ideas hay, lo que nos falta es cumplirlas, es zambullirse en el medio de los pobres, entrar ahí adentro y comenzar con un pequeño proyecto. No hay que pensar en el gran proyecto. Nosotros empezamos aquí dándole de beber a los niños un poco de leche y un pedacito de pan".

El padre Pedro dice que su sueño es que "seamos una verdadera familia humana, que los unos a los otros nos sintamos como hermanos".

En ese sentido agrega que "compartir es amar, es una obligación moral que tenemos y no podemos basar la economía solamente en la ganancia".

Al ser consultado sobre la posibilidad de que un día se haga acreedor del premio Nobel de la Paz, expresa que "eso depende de la providencia". Sin embargo, aclara: "si algún día aparece algo así, más ventanas se abrirán para ayudar a los pobres más eficazmente".

A todos los lectores que le ofrecieron su ayuda al Padre Pedro o que desean comunicarse con él, pueden hacerlo a través de su página en internet: www.amigospadrepedro.com.ar

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