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¿Cómo es mejor ver el Mundial: solo o acompañado?

Última actualización: Miércoles, 2 de julio de 2014
hincha colombiano

En Colombia se vive una fiesta de cuenta de la buena participación en el Mundial de Brasil. Sin embargo, algunos prefieren no ser interrumpidos mientras juega la selección.

El Mundial de Brasil 2014 entró en la fase de cuartos de final y entre los ochos invitados se encuentran Costa Rica, Argentina, Colombia y Brasil.

El seleccionado cafetero se enfrentará este viernes a la selección anfitriona y desde ya los aficionados se están preparando para ver el partido.

Y aunque Colombia es una fiesta entera, muchos evitarán las aglomeraciones familiares y las multitudes públicas y se refugiarán frente a sus televisores para poder apreciar -o sufrir- uno de los partidos más atractivos de los últimos días.

Cuando lo que está en juego es mucho y la tensión crece, ¿cómo es mejor ver un encuentro del Mundial?, ¿sólo o acompañado?

Dos periodistas de BBC Mundo nos dan sus visiones encontradas de cómo les gusta ver el Mundial. ¿Y usted qué prefiere? clic Envíenos su comentario >>

clic Lea también: James Rodríguez, el "crack" de Brasil 2014

El fútbol se ve solo

Hernando Álvarez

Hernando Álvarez

En solitario, una experiencia sublime.

Para mí la cosa es en blanco y negro. Si no puedo ir al estadio, el fútbol me gusta verlo solo. Entre más solo mejor.

Hago lo posible por rechazar cualquier idea de reunión que no me garantice tener un espacio libre de obstáculos visuales y auditivos que me permitan gozar un partido.

Y si el encuentro es de la selección Colombia mucho más.

Es que cuando juega la selección aparecen como plagas aquellos que un brillante comercial de televisión argentino llamó "los paracaídistas del Mundial".

Y ahí fue Troya. Hay que oír las barbaridades que dicen los paracaidistas. ¡Y lo que preguntan! Además, les gusta debatir. Y entonces no dejan oír. Se convierten en ese infernal sonido del mosquito a la media noche.

Para no hablar del momento en que ofrecen las empanadas. Y no son solo empanadas. El ají acompañante, la servilleta, la bebida, en fin, cruzan frente a uno, cubren la pantalla, toca voltearse a decir gracias, sonreír mientras el equipo de uno va abajo o mantiene con las uñas un resultado.

Y si hay gol, caos. Todos saltan encima. Entonces no puede ver uno la repetición ni percatarse que un microsegundo antes de que James Rodríguez bajara el balón con el pecho para su golazo contra Uruguay, había girado su cabeza para mirar dónde estaba el defensa y el arquero contrario: crack.

El fútbol en compañía por fuera del estadio es una disculpa de fiesta, en solitario en cambio es una experiencia sublime. El placer de la apreciación del arte. Yo tampoco leo en grupo ni organizo reuniones para ir a galerías. Después sí, que me inviten o invito a rumbear. Qué jugador que es James.

La solidaridad del gol

Alejandro Millán

Los partidos se ven mejor en compañía para la celebración.

A mí me gusta ver los partidos en compañía por una razón básica: el fútbol es un deporte que se juega en equipo. Y se celebra en equipo.

Si el fútbol fuera para disfrutarlo en soledad, los estadios se hubieran creado con cubículos reservados. El fútbol en sus concepciones globales e íntimas es un acto de multitudes. Mientras en otros deportes como el tenis o el boxeo, el entretenimiento se puede abastecer de forma unitaria, o sea, la victoria puede ser provista de forma individual: el que gana es un león solitario que no tiene otra opción que celebrar con él mismo.

Por eso me gusta el fútbol en compañía: solo basta darse la vuelta para tener un abrazo de júbilo. Y esa sensación de abrigo es instantánea. El gol, por su universalidad simple, es un concepto que entienden todos, cuando ocurre la reacción es inmediata como cuando cae un relámpago. Y no hay necesidad de aguardar por un concilio arbitral para decidir una anotación o esperar la explicación de un experto mecánico para comprender la victoria.

Además, en estos momentos cruciales, que son los que quedan estampados en la memoria, es mejor tener un recuerdo colectivo que perdure en el tiempo a una remembranza despoblada que sea imposible de recrear en el futuro en una tertulia familiar o una salida con amigos.

Cuando James Rodríguez cruzó esa pelota para el primero ante los uruguayos, era imposible estar solo. El fútbol no es arte para contemplarlo en silencio. Es fiesta para gozarla en las calles.

Ver el fútbol con más personas recrea otro valor fundamental: la solidaridad. En soledad, el alborozo por el gol en el último minuto o por el trofeo imposible terminará siendo una fantasía que se desvanecerá con los días y se limitará al abrazo corto con uno mismo, al grito pequeño, a la felicidad que rebotará contra las paredes y se escapará por las ventanas. El recuerdo se volverá egoísta.

En compañía, esos momentos se multiplican en los años. Por eso, más por lo que viene que por el presente, es que me gusta ver el fútbol con mis amigos.

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