Los seis errores detrás de la desintegración repentina de Irak

  • 11 agosto 2014
Desplazados por el avance de Isis
La ofensiva de Isis ha desplazado a medio millón de personas.

Las fronteras del actual Medio Oriente son en gran parte un legado de la Primera Guerra Mundial. Fueron establecidas por poderes coloniales luego de la derrota y el desmembramiento del Imperio Otomano.

Esas fronteras pueden estar ahora en peligro por dos razones: el conflicto en Siria que no se detiene y el avance del grupo extremista Estado Islámico (EI - conocido anteriormente como ISIS), cuya cercanía a la ciudad kurda de Erbil generó el regreso de las operaciones militares estadounidenses en este país árabe.

A menos que el avance de EI sea revertido, no solo corren peligro minorías étnicas y religiosas como los cristianos que debieron partir de Mosul o los yazidíes atrapados en las montañas del noroeste de Irak sin comida ni bebida, sino Irak como estado soberano.

Las crisis en Siria e Irak combinadas pueden generar un nuevo territorio que incluya el oriente del primer país y el occidente iraquí, controlados actualmente por los militantes islámicos, que han declarado un califato en la región.

Esto tendría enormes consecuencias para la región y para el mundo.

Irak parece ir de crisis en crisis y la pregunta es cuándo salió todo mal.

Pecado original

Cementerio militar británico de la Primera Guerra Mundial
Los cementerios militares británicos de la Primera Guerra Mundial son un recuerdo de tiempos coloniales.

Para algunos, los problemas de Irak empezaron con su creación, con la fundación del estado moderno iraquí.

Reino Unido, el poder colonial, estableció un reino Hachemita al que poco le importaron las otras comunidades, como chiitas y kurdos, un tema recurrente en la turbulenta historia del país.

La monarquía fue eventualmente derrocada por un golpe del partido Baas, un movimiento secular, nacionalista y modernizador similar al que llevó al poder a Gamal Nasser en Egipto.

Este sistema sería el que heredaría Sadam Hussein, cuyo régimen -dominado por la facción sunita- también reprimiría reivindicaciones chiitas y kurdas.

El apoyo de Occidente al gobierno de Sadam durante la guerra Irán-Irak solo pareció consolidar su brutal liderazgo.

Operación "Libertad para Irak"

Saddam Hussein
Hussein lanzó una guerra contra Irán que se extendió entre 1980 y 1988.

El gobierno del Partido Baas fue destruido por la invasión estadounidense y británica de 2003.

Sadam Hussein fue depuesto, juzgado y finalmente ejecutado por el nuevo gobierno iraquí.

El ejército iraquí fue desmantelado en su mayoría y nuevas fuerzas de seguridad fueron creadas.

La guerra que algunos neoconservadores estadounidenses habían imaginado como un intento de llevar democracia a la región, establecer nuevos acuerdos políticos y unir a todas las comunidades produjo finalmente un estado dominado por una mayoría chiita.

Fue esa mayoría la que eligió al primer ministro Nuri al-Maliki, a quien la población sunita ha acusado de gobernar con una agenda sectaria que ignora las necesidades de las otras comunidades.

Muchos se habían preguntado después de la guerra si Irak podría mantenerse como un estado unitario y una de las razones detrás de la pregunta era el significativo nivel de autonomía logrado por los kurdos en el norte del país.

Actualmente las fuerzas armadas de la región del Kurdistán, una de las más ricas en recursos petrolíferos, están en la primera línea de combate contra los militantes del Estado Islámico.

El Kurdistán ha recibido además a los refugiados que han huido de la ofensiva de EI.

Retiro de EE.UU.

Soldados estadounidenses en Mosul
EE.UU. supo ganarse el favor de grupos sunitas moderados.

A pesar de los planes iniciales de mantener algunas fuerzas en Irak para asistir al ejército local, no se logró alcanzar un acuerdo entre Bagdad y Washington y las últimas tropas estadounidenses se retiraron en diciembre de 2011, dejando la seguridad del país en manos de fuerzas de seguridad iraquíes no tan efectivas.

Estados Unidos había logrado significativos avances en su lucha contra grupos yihadistas vinculados a al Qaeda a partir de cortejar a otros grupos sunitas.

Sin los estadounidenses, estos acuerdos se derrumbaron.

Los sunitas se encontraron cada vez más vulnerables a un ejército dominado por chiitas.

Sin duda, la mano dura de las fuerzas de seguridad iraquíes funcionó como la mejor política de reclutamiento de los grupos extremistas sunitas.

Sectarismo en el nuevo Irak

Entierro en la comunidad chiita de Irak
La violencia sectaria entre chiitas y sunitas estalló tras la caída de Hussein.

La gran paradoja de la caída de Sadam Hussein impulsada por Estados Unidos es que, al destruir Irak como un actor regional de peso, se aceleró y facilitó el crecimiento de Irán.

Teherán vio en los chiitas iraquíes un aliado en una batalla regional más amplia.

Quizás incentivado por el apoyo iraní, el triunfalismo chiita del primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, provocó el rechazo de grupos sunitas, empeorando la situación de seguridad en el terreno.

A mediados de 2014, el avance de los militantes de EI logró un hecho inaudito: que Irán y Estados Unidos dialogaran por primera vez sobre la situación en Irak no como enemigos, sino como poderes regionales preocupados por un rival común.

Fracaso en lo social y en lo económico

Mujeres iraquíes reciclando residuos
Mujeres iraquíes reciclando residuos.

El sectarismo y la división entre sunitas y chiitas son vistos por muchos analistas como la situación del huevo y la gallina.

¿Son las diferencias sectarias el problema o es que los fracasos del estado iraquí en lo social y en lo económico promovieron mayores divisiones?

A pesar de la riqueza petrolera, los iraquíes viven en su mayoría en condiciones de pobreza y los niveles de corrupción son altos.

Al-Maliki, acusado de favorecer a sus partidarios, se ha negado a renunciar ante las sucesivas críticas de la oposición y del mismo Washington, y ahora aspira a un tercer mandato.

El contexto regional

Guerra civil en Siria
Tarde o temprano la guerra civil en Siria tendría consecuencias en Irak.

Nada de lo que ocurre en Medio Oriente ocurre en un vacío.

Los iraquíes, aunque concentrados en sus propios problemas, han observado cómo las corrientes de la Primavera Árabe han venido y se han ido: la transformación política casi circular de Egipto y, por supuesto, los conflictos en la vecina Siria.

El crecimiento de la disidencia yihadista en ese último país tenía que acarrear inevitablemente implicaciones al otro lado de la frontera.

El apoyo a los militantes sunitas extremos por parte de los países del Golfo también facilitó el surgimiento y la consolidación de grupos como EI, con una agenda regional más ambiciosa.

Y hay consistentes informes de que el gobierno de Bashar al Asad le ha prestado menos atención a estos insurgentes y se ha concentrado más en los combates contra militantes más moderados apoyados por Occidente.

Esto le ha dado espacio a EI para establecer sus propias estructuras en las áreas bajo su control.