Madrid 11M: entre el miedo y el asco

  • 11 marzo 2014
Estación Atocha Madrid lugar de atentados del 11 marzo 2004

"Si ha sido ETA nos dará asco, pero si ha sido al Qaeda nos dará miedo", fue la síntesis que me hizo la tarde del 12 de marzo de 2004 el escritor español Javier Marías en su apartamento del centro de Madrid sobre lo que en ese momento vivían los españoles.

Eran horas de dolor, angustia y confusión en la capital española, que la víspera había amanecido sacudida por el peor atentado extremista de su historia: una seguidilla de explosiones en trenes de pasajeros, en la hora de mayor congestión de la mañana, que dejo 191 muertos.

Era el 11M, como quedó para la historia, y yo acababa de llegar a esa ciudad herida, enviado de emergencia desde Londres para reforzar la cobertura del evento para la BBC.

Superado el estupor inicial, a la hora de nuestra entrevista, Marías y muchos otros españoles empezaban a poner en duda la versión del gobierno de José María Aznar de que los responsables de la acción habían sido militantes del grupo separatista vasco ETA.

El escritor asomaba su repudio a que una tragedia nacional pudiera ser manejada para esquivar responsabilidades políticas o minimizar pérdidas electorales.

El empecinamiento gubernamental de ni siquiera considerar la posibilidad de que al Qaeda, o algún grupo afín, estuviera involucrado se demostraría fatal para el gobierno, que tres días después sufriría uno de los giros electorales más sorprendentes de la historia española.

Unidad

Aquel 12 de marzo se mantenía dominante la visión oficial de los hechos, aunque ya había cada vez más gente que empezaba a prestar oídos a la prensa internacional que analizaba el escenario posible de una represalia de al Qaeda por la participación de España en la invasión a Irak, al lado de Reino Unido y EE.UU..

Era viernes. Centenares de miles de ciudadanos salieron a las calles de Madrid y otras ciudades, impulsados por la rabia y convocadas por el gobierno y todo el espectro político nacional.

Aquella es la única protesta subterránea a la que me ha tocado asistir.

Durante varias horas quedé varado junto con cientos de personas en las cavernas del metro, rumbo a las escaleras de la estación Colón del metro de Madrid.

Allí se entonaban los mismos cánticos de repudio a la violencia que se colaban desde la superficie por la boca de salida del metro.

Afortunadamente tenía señal suficiente en el teléfono celular para describir al aire para nuestro antiguo servicio de radio en español de la BBC la parcela que podía ver.

No faltaron espontáneos entrevistados dispuestos a decir por los micrófonos las razones por las que fue ETA y no al Qaeda como "especulaba" la prensa extranjera.

Al salir, vi cómo afuera decenas de miles más desafiaban la lluvia para expresar su repudio.

José María Aznar, al frente de la manifestación, personificaba al Estado español.

Esa unidad nacional empezó a resquebrajarse apenas disipada la marcha, cuando algunos se percataron de que faltaba algo en la ecuación.

ETA

atocha, madrid, 11M
Diez años después, las heridas siguen abiertas.

Actos extremistas en España siempre fueron sinónimo de ETA y su lucha por la independencia del País Vasco, que en cuatro décadas dejó más de 800 muertos.

Pero la operación del 11 M no parecía llevar la firma vasca, ni siquiera parecía responder a la lógica de una organización que venía languideciendo.

Cierto que los etarras amenazaban cada tanto con sabotear procesos electorales y que días antes se había descubierto en una carretera de Cataluña una furgoneta cargada de materiales explosivos, supuestamente destinados a una de las pocas células activas de la organización.

Por eso, ETA fue la primera sospechosa. El gobierno de Aznar, que se había preciado de una política dura frente al grupo, no tenía dudas de señalar y demonizar al archienemigo de la unidad española.

"Si ha sido ETA sirve para que esa repulsa le llegue, la oigan y se enteren de que existe. Luego pueden no hacer ningún caso, pero les llegaría. Hablan la misma lengua...todavía", evaluaba la utilidad de aquella manifestación en nuestra conversación Javier Marías.

Pero la posibilidad de que fuera una acción del extremismo musulmán implicaba para Aznar y los suyos asumir la responsabilidad de que su política exterior hubiera puesto a los españoles en la mira de extremistas.

Irak

Tony Blair, José Maria Aznar, Goerge Bush
Flanqueado por el británico Blair y el estadounidense Bush, Aznar en su momento estelar diplomático en Azores en 2003.

La famosa foto del trío de Las Azores, el archipiélago del Atlántico donde en marzo del 2003 se definió la estrategia de invasión a Irak, muestra a Aznar, entre el británico Tony Blair y el estadounidense George W. Bush.

La foto simbolizaba el ingreso de Madrid a la "alta política global", con su dosis de prestigio y su carga de peligros.

"Finalmente estamos en la vanguardia", dijo exultante por aquellos días Aznar en una entrevista con The Washington Post.

Solo que la vanguardia es una posición de extrema visibilidad, donde, para la concepción de los extremistas musulmanes, los españoles se equiparaban con estadounidenses y británicos, dos objetivos más tradicionales para sus furias.

Por eso quienes empezaban a cuestionar la versión oficial, decían que si lo de Atocha había sido obra de al Qaeda era responsabilidad de un gobierno que metió al país en una guerra que la opinión pública rechazaba, por principio y por ilógica para los intereses estratégicos de España.

Para quienes presenciábamos aquellos días vertiginosos, en los que los ánimos pasaron del horror y la indignación, al miedo y finalmente al "asco" que describía Javier Marías, era patente el malabarismo de los portavoces oficiales por tratar de que las miradas no se enfocaran en una posible "pista árabe".

Derrota

Para la noche del 12 de marzo, las opiniones se habían dividido en líneas partidistas: los populares empeñados en negar cualquier otra posibilidad que no fuera ETA, y los socialistas acusando al gobierno de hacer cálculos electorales con la tragedia.

11 M, atocha, madrid
El 11 M sacudió la política española.

Regia la veda de manifestaciones que precede a las elecciones y sin embargo, en calles del centro de Madrid pude ver pequeñas marchas improvisadas de ciudadanos que exigían que se dijera "la verdad".

El sábado decenas de personas protagonizaron una sentada frente a la sede del Partido Popular en la calle Génova de Madrid exigiendo aclaratorias al gobierno de Aznar.

"Esto son hordas, igual que hace Hugo Chávez en Venezuela", me dijo nervioso un miembro del partido que observaba con aprensión la escena que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Ya para el sábado, lo que había sido indignación ciudadana con un manejo poco claro de la información suministrada desde el gobierno, se había convertido en oportunidad para los socialistas de descontar la ventaja que apenas tres días atrás amenazaba con mantener un tiempo más en la oposición.

Se produjeron las elecciones el 14 de marzo, como estaban previstas, y José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Españo (PSOE) obtuvo la mayoría para convertirse en presidente del gobierno, en uno de los giros electorales más sorpresivos de la historia.

Yo, que como enviado especial para los atentados, que no estaba en la planificación de BBC para la cobertura electoral, había sido relegado a permanecer en la sede del PSOE.

Quienes días atrás planificaron la distribución de la prensa, dieron por seguro que ese sería el lugar más aburrido de la noche electoral.

En la calle de Ferraz terminé asistiendo a la fiesta de los sorpresivos y sorprendidos vencedores.