El tortuoso oficio de los cangrejeros de Ecuador

  • 15 julio 2013

De sus 50 años, Cristóbal Jordán ha pasado 30 buscando cangrejos en uno de los lugares más salvajes, peligrosos, bellos y nauseabundos de Ecuador: el interior del manglar.

El pescador Jordán tiene oficio y apellido de personaje bíblico, pero su trabajo de cangrejero lo asemeja más a un héroe mitológico, maldecido por la ira de dioses caprichosos.

Cuando los griegos recitaban las hazañas de sus héroes cruzando el Mediterráneo desde Atenas a Creta o de Esparta a Troya, las primeras culturas de la costa ecuatoriana se internaban en los manglares para subsistir a base de pescado y mariscos.

A esa historia milenaria pertenece Jordán, quien, como Ulises, nació en una isla: "Nací en el mar, y en el mar muero. Hay dos islas para afuera, casi juntas, una se llama Costa Rica y la otra Bellavista. En la isla Bellavista nací, ahí me crié, ahí me hice de mujeres".

Su trabajo, el de cangrejero, no ha cambiado en todos estos siglos. Mientras los pescadores han modificado sus redes y los camaroneros han levantado sus piscinas artificiales, los cangrejeros siguen dependiendo del largo de sus brazos y de la diosa fortuna.

Los monstruos

Cristóbal Jordán
Antes de entrar al manglar, Cristoban Jordán se frota diésel en la cara y en los brazos.

Todas las provincias costeras de Ecuador han sido bendecidas con manglares, un ecosistema caracterizado por bosques de mangle (masas forestales extremadamente densas), esteros, canales, islotes, áreas salinas y suelos fangosos.

Pero como no siempre uno es consciente de sus bendiciones, Ecuador ha perdido en las últimas décadas numerosas hectáreas de manglares debido al crecimiento de ciudades costeras como Guayaquil y Manta y, sobre todo, a la devastación causada por la construcción de piscinas para criaderos de camarón.

Lejos de la sofisticación de los platos que se sirven en los restaurantes de Quito, Guayaquil y Cuenca, BBC Mundo partió con Jordán y su hijo de crianza desde el puerto de Pitahaya, en el cantón Arenillas, provincia de El Oro para internarse en un manglar.

Las advertencias son simples: seguirlo de cerca, no perderse en el manglar, no quedarse atrapado en el fango y pagar en efectivo por cada sarta (grupo) de cangrejos que el cangrejero se pierda de capturar por tener que cuidar del periodista.

Mientras rema, el cangrejero habla de lo prohibido: no se captura hembras y no se pesca en los meses de vedas: "En el mes de febrero sale a aparear el cangrejo, en el mes de agosto se pone lechoso, cambia de carapacho, se pone aguadito, ahí no se puede comer y no hay como cogerlo".

Al llegar a la orilla, el pescador se transforma en una suerte de Hércules, listo para superar las 12 pruebas que le permitan sobrevivir a la jornada, empezando por los monstruos que acechan al bajar del bote.

Su hijo de crianza, recogido por Jordán en las calles de Quito donde pedía limosna, se quedará en la orilla para capturar conchas, pero nuestro guía sabe que allí se esconde uno de sus peores enemigos

"La concha se pesca en las orillas, donde está el chalaco. El chalaco no sube al cangrejal. A usted le pica ese animal y le manda al hospital. Ese pescado es venenoso. El más varón lagrimea. Un dolor tremendo".

Jordán prefiere jugarse la suerte con monstruos menos traicioneros: "En el mangle están esas culebras verdes, 'matacaballos' que le llaman, pero no hacen nada. Igual no le tengo miedo porque ya estoy enseñado a andar en el manglar", dice al bajar de su canoa listo para el trabajo.

Las armas

Antes de entrar al manglar, el héroe de esta historia se frota diésel en la cara y en los brazos, quizás el único "avance tecnológico" que lo separa de aquellos pescadores de la cultura Jambelí, que floreció en la costa ecuatoriana desde el 500 antes de Cristo.

El diésel será su único escudo ante el ataque de los millones de mosquitos que lo aguardan ansiosos entre las ramas del manglar. Después, como un Michael Jackson del estero, se enfunda en su diestra un solo guante que le cubre hasta el codo. Ese brazo será su lanza en el fango, con la mano presta para capturar al cangrejo y esquivar sus tenazas.

"Uno los coge rapidito pero a veces lo muerde. A mí varias veces me ha cogido pero ya tenemos la práctica para que nos suelte, nosotros con un palito le pegamos en la mano, en la uña del cangrejo, y ahí suelta. Pero muerden durísimo, aprietan feísimo".

Para internarse en el manglar hay que cruzar una laguna de lodo. Cuando el periodista queda atrapado el cangrejero cava con sus manos en el fango para sacarlo. "Por eso no es bueno venir solo –reflexiona Jordán-, si uno se queda atrapado, sube la marea y se ahoga".

Ya en el interior del manglar el olor es putrefacto, los mosquitos insoportables, las ramas claustrofóbicas, pero el cangrejero no se inmuta. Camina, gatea y se arrastra entre las raíces, como en esas películas de ladrones donde los personajes esquivan los rayos láser de una bóveda de máxima seguridad.

"Mi hijo (no el adoptivo que pesca conchas sino el "natural") tiene 24 años y saca más cangrejos que yo, tiene más agilidad. Yo estoy un poquito cansado, pero todavía no desmayo. Ya quiero jubilarme. Me quiero salir de esto porque es como usted ve esto es un trabajo bien matador. Pero a veces no hay otro trabajo en tierra".

La caza

Luego de capturar un buen número, Jordán se acerca a la orilla para armar la sarta, el conjunto de ocho o 16 cangrejos vivos. Como si fuera un telar, el cangrejero va "hilando" los cangrejos entre dos hilos tratando con el mayor cuidado de que no mueran.

(En el cangrejo muerto se dispara inmediatamente el proceso de descomposición lo que limita el tiempo de venta a unas pocas horas tras la captura).

Cangrejos cocinados
Los cangrejos que se capturan en el manglar luego se sirven en los restaurantes de Quito, Guayaquil y Cuenca.

"No es fácil la sarta. Yo era conchero y pescador (aún pesca cuando la marea baja). Un día mi suegro me llevó a coger cangrejos, pero en la amarrada le dije 'suegro sea bueno, amarre'. Me enseñó un día, dos días, y ya después me dijo 'amarra vos que yo pierdo de coger cangrejos'".

Jordán vende la sarta de ocho cangrejos a 5 dólares. Los intermediarios lo venden luego uno o dos dólares más en los mercados de la costa. Si la sarta es enviada a Quito, costará el doble pero la sarta no suele tener un precio fijo, ya que en ocasiones depende del tamaño de "la pata" del cangrejo (a más gorda la pata, más cara la sarta).

A diferencia de otras regiones de la costa ecuatoriana como el Naranjal, en la provincia del Guayas, donde los cangrejeros han formado asociaciones más consolidadas (para alcanzar acuerdos con el Ministerio de Medio Ambiente, reforestar y proteger zonas del manglar), Jordán y otros colegas de la provincia de El Oro prefieren trabajar solos, a su ritmo, por más que en los papeles figuren como asociados.

La asociación a la que pertenece Jordán sueña con adquirir una camaronera, el negocio que ha destruido tantas hectáreas de manglar en las últimas décadas.

Me cuentan en Arenillas que cuando alguien se comporta de forma arrogante o soberbia le preguntan si se cree "hijo de camaronero". En esas piscinas artificiales está el dinero. No en lo profundo del manglar donde se interna el cangrejero.

El Olimpo tiene sus dioses, el averno sus almas errantes, así lo ha cantado por siglos la mitología.