El reformatorio de atacantes suicidas

  • 29 junio 2013
Clase en el centro
Los jóvenes tienen clases diarias con clérigos moderados.

Con sus profundos ojos marrones y una cálida sonrisa, Gul Khan se ve como los otros niños de su edad.

Nadie pensaría que hace pocos meses, este joven de 18 años fue arrestado vestido con un chaleco con explosivos, horas antes de que planeara detonarlos en la Universidad Kohat, en el noroeste de Pakistán.

Gul asistía a la escuela en Kohan, una ciudad de la provincia Khyber Pakhtunkhwa. Durante las vacaciones de verano, visitaba su población natal ubicada en un área tribal cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán.

Fue en ese territorio volátil que uno de sus primos lo conectó con un grupo de militantes y allí lo reclutaron para entrenarlo.

"El camino a Jannah"

"Ellos (los militantes) acostumbraban a darnos lecciones en las que decían que, de acuerdo con la Sharia (ley islámica), ahora es obligatorio luchar la jihad (guerra santa) contra el gobierno. Perdí la cabeza y empecé a creerles. Me dieron clases por tres meses", dice Gul Khan.

La historia me la cuenta en un centro establecido por el ejército de Pakistán en la ciudad de Tank, cerca de la frontera con Afganistán, para rehabilitar a los jóvenes que apoyaron y se solidarizaron con grupos militantes.

Clase en el centro
En el centro los jóvenes aprenden una variedad de oficios útiles.

El centro -uno de tres en el país- está protegido por estrictas medidas de seguridad. Adentro hay aulas para entrenamiento vocacional, una cancha de básquetbol, una sala para ver televisión y una mezquita.

Gul hizo su entrenamiento militar junto a otras doce personas en un campamento en la región tribal de Orakzai. Sus padres no sabían nada de su radicalización hasta su último viaje a Kohat.

Las agencias de seguridad llevaron a cabo una redada en su casa y lo arrestaron cuando tenía puesto un chaleco cargado de explosivos.

"Ellos (los militantes) decían que las niñas estaban educándose en la universidades y que eso estaba en contra de las enseñanzas del Islam. Si las mujeres estudian tendrán poder y destruirán nuestros centros religioso, por eso pensé que si hacía volar la universidad iría a Jannah (paraíso)".

Los atacantes suicidas son el arma más mortal de los talibanes paquistaníes contra la población civil y las fuerzas de seguridad del país. Desde 2002 se registraron en Pakistán 350 ataques de este tipo.

Junto con Gul, hay otros 31 jóvenes en este programa de rehabilitación del ejército. Todos fueron reclutados en nombre de la religión y la jihad a la salida de las escuelas, mezquitas, universidades; persuadidos por los argumentos del Talibán sobre las intervenciones de Estados Unidos en Irak y Afganistán y los ataques con aviones no tripulados en las fronteras de su propio país.

Más tarde estos jóvenes fueron arrestados en distintas zonas del noroeste paquistaní.

Deseo de cambiar

Mubarak Ali tiró granadas contra un auto de policía. Cuenta que lo reclutó un hombre misterioso que merodeaba fuera de la universidad.

"Tenía el pelo largo, y solía poner canciones religiosas a todo volumen en su teléfono celular. Siempre lo veía en la puerta de la universidad conversando con jóvenes, haciéndose el amigo. Yo también me hice su amigo", cuenta.

"Luego empezó a caminar a mi lado después de clase. Discutíamos largo y tendido sobre el Islam y sobre la invasión de Estados Unidos a Irak y Afganistán. Él me cambió la forma de pensar", dice Mubarak Ali.

"Él sabía cómo convencer a los demás, como cambiarles la forma de pensar. Le empecé a creer. Solía hablar de Jannah, de que yo iría a Jannah si peleaba la jihad".

Mubarak y los demás jóvenes que están en el centro reciben ayuda psiquiátrica. Y para contrarrestar semejantes ideas radicales, el centro cuenta también con clérigos moderados.

Estos brindan sesiones diarias en la que les explican a los jóvenes que el Islam prohíbe estrictamente matar inocentes y suicidarse.

"Las agencias de seguridad descubren planes de atentados constantemente y arrestamos a muchas personas. Pero no todos vienen a parar aquí", explica el comandante militar Brigadier Warriach, encargado del centro.

"Nosotros juzgamos a la gente, tratamos de analizar sus aptitudes. Seleccionamos para el programa a aquellos que están arrepentidos y que tienen el deseo de reformarse", añade.

Las autoridades dicen que durante el interrogatorio se hace evidente quiénes son los jóvenes que simplemente cayeron en manos de militantes y están dispuestos a cambiar su futuro.

Vigilancia

Rahimullah
Rahimullah aprendió a coser y ahora tiene un negocio de sastrería.

Rahimullah, uno de los primeros en acudir al centro, es ahora un exitoso hombre de negocios en Tank.

"Aprendí a coser en el centro y luego abrí una tienda de sastrería. Ahora expandí mi negocio y contraté a un empleado. Gano bastante dinero cada mes", explica Rahimullah.

Hasta el momento, unos 71 hombres han pasado por el centro y luego han retornado a sus comunidades. Probablemente todavía sea muy pronto para juzgar si la iniciativa es un éxito, pero el ejército dice que sirve para vigilar los más jóvenes.

Al salir se gradúan en conocimientos prácticos. Algunos aprenden a ser electricistas, plomeros o a trabajar en la construcción. Y cuando se van reciben una caja de herramientas y algo de dinero.

Gul Khan tiene ambiciones para su nueva vida. "En mi lugar natal no hay escuelas, hospitales ni electricidad. La gente siente que el gobierno no ha hecho nada por ellos y por eso son presa fácil de los militantes y sus ideas".

"Voy a tratar de hablar con los jóvenes de mi pueblo para que abandonen el camino de la violencia, y se ocupen en cambio de sus familias y sus propias vidas".

Los nombres de las personas que asisten al centro fueron cambiados para proteger sus identidades.