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La genialidad detrás de un falso invento del siglo XVIII

Última actualización: Sábado, 30 de marzo de 2013
El Turco

El Turco apareció por primera vez en Viena en 1770.

La supuesta creación de una máquina en el siglo XVIII, capaz de sostener batallas de ajedrez con humanos, anunciaba el comienzo de la inteligencia artificial. No precisamente, aunque el escritor Adam Gopnik nos cuenta por qué -a su manera- fue una obra maestra.

Pocos inventos han causado conmoción como la llegada de El Turco. La figura mecánica apareció por primera vez en Viena en 1770. Tenía la forma de una cabina de madera con un maniquí vestido de túnica y turbante sentado sobre ella, que aparentemente podía jugar ajedrez.

El operador, un hombre llamado Johann Maelzel, reunía a un público entusiasmado, abría las puertas de la cabina, y mostraba lo que parecía ser un mecanismo de relojería nunca antes visto.

A continuación cerraba la cabina e invitaba a un jugador a probar su suerte, mientras que el brazo mecánico del maniquí le jugaba una partida.

Era la sensación de la época. Cuentan que hasta figuras como Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte se dejaron seducir por la aparente genialidad de la máquina. Representaba -se creía- la llegada de la inteligencia artificial.

El invento resultó ser un engaño, un ingenioso truco mágico. Maelzel había instalado una especie de plataforma rodante en el interior de la cabina, que permitía que entrara y saliera de ella un jugador de ajedrez acostado boca abajo.

En busca de la solución perfecta

El Turco

"La gente se dejaba engañar porque estaba buscando, como solemos hacer los seres humanos, una solución hermosa y elegante".

El Turco me fascina por varias razones. En primer lugar, porque muestra un vacío extraño e inquietante en el razonamiento humano.

Por sentido común, quienes presenciaron el supuesto invento deberían haber sabido que para que fuera posible, tendría que haber existido una larga serie de máquinas anteriores, de las cuales pudiera evolucionar la máquina de ajedrez.

Es cierto que el siglo XVIII se caracterizó por la creación de todo tipo de autómatas, máquinas programadas para tejer, o pájaros mecánicos que sabían cantar... Aunque siempre la misma canción.

Pero una máquina capaz de jugar al ajedrez requería de una actividad creativa muy distinta. Puede parecer muy obvio para nosotros, pero en la época la idea resultaba confusa y oscura.

Sin embargo, creo que la gente se dejaba engañar porque estaba buscando, como solemos hacer los seres humanos, una solución hermosa y elegante, aun cuando la verdad verdadera es cínica y fea.

Cuando el bisabuelo de la informática, Charles Babbage, vio a El Turco, además de darse cuenta de que probablemente era un truco de magia, se preguntó si era posible encontrarle una solución hermosa.

Al preguntarse qué tipo de máquina se necesitaría para construir una figura que jugara al ajedrez, terminó creando su "máquina diferencial", la primera computadora.

La verdadera genialidad

Fichas de ajedrez

Nada como un juego de ajedrez cara a cara entre seres humanos, ¿verdad?

Pero hay otro aspecto alrededor del invento que me genera un gran interés. Mientras que algunos se engancharon a una solución hermosa cuando lo necesario era ser cínico, otros -como Edgar Allen Poe- no tardaron en darse cuenta de que El Turco era una caja con un jugador de ajedrez adentro.

Lo que al parecer perturbaba a este grupo de personas no era la fealdad de la solución, sino lo que esta implicaba.

¿Dónde podían encontrar a un enano que pudiera caber en la cabina y que además fuera un genio del ajedrez? ¿Era posible que estuvieran manipulando y entrenando a niños?

Incluso si llegaban a concebir que se trataba de un adulto, ¿quién podría ser aquel maestro inescrutable? se preguntaban.

La realidad era que los jugadores de ajedrez que se ocultaban en la cabina eran sólo eso, buenos jugadores de ajedrez. Personas que estaban tan necesitadas, que aceptaban permanecer encerrados por semanas.

Maelzel contrataba a los que se encontraba en el camino, cualquiera que dominara con destreza el juego.

Al final la genialidad del inventor no fue construir una máquina de ajedrez. Fue el haberse dado cuenta de que, en el mundo moderno, hay mucho más virtuosismo del que solemos pensar, que el talento excepcional es bastante común, y más accesible de lo que creemos.

Contexto

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