Alice Sommer y sus 109 años de optimismo

  • 26 noviembre 2012

Alice Herz-Sommer es una de las mujeres más positivas que he conocido.

Pianista de renombre y la sobreviviente de mayor edad del Holocausto, Sommer, quien celebra este lunes 109 años, sigue vibrando con la vida.

"Vivir es un milagro y todo lo que nos rodea es un milagro", me dijo con la mirada iluminada e intensa y la voz firme, cuando tuve ocasión de visitarla en la víspera de su cumpleaños gracias a la generosidad de Christopher Nupen, amigo de décadas y director de dos documentales que relatan su vida (Ver video).

A pesar de haber sobrevivido al ghetto de Praga durante la ocupación Nazi, a la pérdida de gran parte de su familia y a dos años en un campo de concentración, Sommer sigue eligiendo cada día ver lo mejor de la vida.

Alice Herz-Sommer foto gentileza Christopher Nupen
Optimismo y disciplina. Sommer practica el piano dos horas cada día. Foto: gentileza Christopher Nupen

"No importa cuan difíciles sean mis circunstancias, siempre tengo la libertad de elegir cómo respondo a ellas y mi actitud ante la vida, y de cultivar la alegría. El mal no es algo nuevo en el mundo. Depende de nosotros decidir cómo respondemos a lo bueno y lo malo. Nadie puede quitarnos ese poder".

Sommer atribuye su larga vida a dos secretos, el optimismo y la disciplina. La música siempre ha sido su inspiración y su gran fortaleza y cada día sigue practicando el piano, una hora en la mañana y una hora en la tarde. Hasta los 97 años caminaba a diario a un club cercano para hacer natación y estudiaba en la Universidad de la Tercera Edad.

Hoy en día, salvo la visita de asistentes al comienzo y al final del día, Sommer vive sola pero no en soledad, recibiendo visitas frecuentes de sus muchas y fieles amistades, que incluyen numerosos artistas y músicos.

A los 109 años, sigue eligiendo rodearse de belleza y ver "el milagro de cada día".

Infancia musical

Alice Herz-Sommer nació en 1903 en Praga, cuando la ciudad de habla alemana era parte del Imperio Austro Húngaro. Su madre venía de una familia de músicos y contaba entre sus amigos de la infancia a Gustav Mahler. Sommer recuerda haber escuchado la Segunda Sinfonía de Mahler cuando tenía ocho años.

"Aún hoy en día, cuando escucho la música de Mahler mi madre está junto a mí".

Cuando era pequeña conoció a Franz Kafka, el mejor amigo de quien sería esposo de su hermana mayor. Comenzó a tocar el piano a los cinco años y ya en la adolescencia ofrecía conciertos al público, con piezas de Schumann, Bach, Beethoven y Smetana.

Conoció a su marido Leopold, también músico, en 1931, y su único hijo, Raphael, quien se convertiría en un conocido cellista, nació en 1937.

Ocupación nazi

Todo cambió en 1939, cuando Hitler ocupó Checoslovaquia. La mayoría de las familias de origen judío fueron enviadas a un ghetto, pero durante un tiempo Sommer, su esposo y su hijo pudieron permanecer en su apartamento.

La madre de Alice y los padres de Leopold fueron de los primeros en recibir sus cartas de deportación al campo de concentración de Theresienstadt a inicios de 1942. Alice caminó con su madre, quien llevaba solo una mochila, al centro de deportación donde se dijeron adiós.

"Nunca olvidaré la imagen desconsolada de mi madre, con 72 años, caminando lentamente al alejarse, sin mirar de regreso. Y yo no pude hacer nada, nada. Fue el punto más bajo de mi vida".

En 1943, fue el turno de Alice. "La última noche en el apartamento apagué la luz para que mi hijo durmiera por última vez en su cama. Amigos checos vinieron a llevarse cuadros, muebles. Y un hombre nazi que ocupaba ahora uno de los apartamentos vino por último con su esposa: Sra Sommer, espero que regrese. No sé qué decirle. He disfrutado mucho escuchar su música, me dijo".

La propaganda nazi presentaba a Theresienstadt como un campo "modelo" en el que se permitía la celebración de conciertos.

"Estábamos tan débiles, pero había músicos excelentes y di más de 150 conciertos. La audiencia eran principalmente personas mayores, muy enfermas e infelices, pero aún así venían a escuchar nuestra música, era su alimento".

De los 15.000 niños que fueron enviados a Theresienstadt, sólo 130 sobrevivieron y Raphael fue uno de ellos.

En 1944, Leopold fue enviado a otro campo y sus últimas palabras para Alice fueron "no hagas nada voluntariamente".

Tres días después, miles de mujeres y niños partieron "voluntariamente" cuando se les ofreció reunirse con sus esposos. "Nunca volvieron a verlos. Así que con esa advertencia mi esposo nos salvó la vida".

Leopold fue enviado a Auschwitz y luego a Dachau y murió de tifus seis semanas antes del fin de la guerra.

El pasado

Alice dice haber nacido optimista. "Yo tenía una hermana melliza, misma madre y mismo padre. Era muy inteligente pero terriblemente pesimista. Yo era todo lo contrario y esta es la razón por la que sigo viva. Yo sé sobre las cosas malas en la vida, pero elijo enfocarme sólo en las buenas".

Luego del fin de la guerra Alice volvió con su hijo a Praga, pero "fue muy doloroso, casi nadie en mi familia regresó".

"Nunca hablé sobre el pasado porque no quería que mi hijo creciera con odio, porque el odio trae más odio. Y tuve éxito. Mi hijo tenía muy buenos amigos en Alemania. Yo nunca tuve odio, nunca. Todos tenemos semillas buenas y malas y hay situaciones en que lo malo aflora y otras en que lo bueno aflora".

Cuando cayó el gobierno comunista en Checoslovaquia en 1989 los sobrevivientes de Theresienstadt comenzaron a reunirse anualmente en el sitio del campo, en conmemoración de las víctimas.

Pero Alice jamás participó de esos eventos y aún al reunirse con amistades de la época que también habían sido deportadas, elige no hablar del pasado.

El regalo del presente

Luego de algunos años en Praga, Alice viajó con su hijo a Israel, y cuando éste obtuvo un puesto como director de una prestigiosa escuela de música en Londres, ella lo siguió e hizo su nuevo hogar, con más de 80 años, en la capital británica.

En 2001, Alice perdió a su hijo Raphael, quien falleció durante una gira de conciertos a los 65 años, y le dejó dos nietos, hoy músicos.

Cuando alguien le preguntó por qué sigue, con más de 100 años, practicando el piano con disciplina férrea, Alice respondió:

"Soy una artista. Y cuanto más trabajo más me doy cuenta que soy sólo una principiante. No importa cuánto pueda conocer una pieza de Beethoven, por ejemplo, siempre puedo ir más profundo y más profundo. Es posible practicar una pieza y descubrir nuevos significados sin aburrirse durante al menos 100 años. El trabajo del artista nunca está terminado y es lo mismo con la vida. Al igual que con la música, busco significados y practico vivir".

La práctica de vivir incluye la premisa central de agradecer, de no tomar nada por sentado y de vivir en el presente.

Cuando compartí una tarde con ella, y alguien mencionó Theresienstadt, Alice dijo simplemente "tengo aquí todo lo que necesito. Y en las mañanas la luz que entra por la ventana es maravillosa".

Alzando sus manos de dedos delicados y ágiles, Alice refuerza sus palabras.

"Dar es lo más maravilloso del mundo y poder pensar y aprender es algo extraordinario", dice con fervor, como si no pudiera permitirse perder tiempo en su misión de hacer despertar a la vida a quienes no ven con su claridad.

"La vida es hermosa, extremadamente hermosa. Y al ser mayor lo apreciamos más y damos gracias por todo. Por todo. Todo es un regalo".

"Somos ricos, ricos, ricos".

Contenido relacionado

Vínculos

El contenido de las páginas externas no es responsabilidad de la BBC.