El hombre que convirtió su casa en una biblioteca

  • 7 octubre 2012
Biblioteca de Guanlao en Manila
Aunque no hay reglas para tomar o devolver los libros, la biblioteca cuenta cada vez con más ejemplares.

Si toma todos sus libros y los saca a la calle, probablemente esperará que desaparezcan rápidamente. Pero un hombre en Manila, Filipinas, lo intentó y comprobó que su colección creció.

A sus 60 años, Hernando Guanlao es un hombre enérgico con una clara pasión: los libros.

Son su orgullo y su alegría y, le guste o no, poco a poco se están haciendo con su casa.

Conocido por su mote, Nanie, Guanlao ha montado una biblioteca informal afuera de su casa en el centro de Manila para promover la lectura y compartir su pasión con los vecinos.

La idea es simple. Los lectores pueden tomar tantos libros como quieran y por el tiempo que deseen e incluso quedárselos para siempre. "La única regla es que no hay reglas", afirma Guanlao.

Pero, al contrario de lo que podrían pensar, en los 12 años que lleva al frente de este club de libros, como él lo llama, su colección ha ido creciendo gracias a las donaciones de la gente.

"Los libros me hablan"

Hernando Guanlao
Guanlao comenzó el proyecto en el año 2000 cuando sus padres murieron.

"Parece que los libros me hablan. Por eso se multiplican", dice con una sonrisa. "Los libros me cuentan que quieren que los lean ... quieren ir pasando de unos a otros".

Guanlao comenzó su biblioteca en el año 2000 poco después de que murieran sus padres. Estaba buscando algo para honrar su memoria y se le vino a la mente la idea de promover el hábito de la lectura que heredó de ellos.

"Vi mis viejos libros de texto en la parte de arriba de la casa y decidí ponerlos a disposición de la gente para que los usara", explica.

Por eso, sacó su colección de menos de 100 libros y la puso en la entrada de su casa para ver si alguien los quería tomar prestados y así nació la biblioteca.

Y tal fue el éxito de la iniciativa que, según confiesa, ahora no tiene idea de cuántos libros tiene. No obstante hay fácilmente entre 2.000 y 3.000 en las estanterías y en las cajas amontonadas en la puerta de su hogar.

Los textos también invaden hasta el último rincón de su vivienda y es prácticamente imposible entrar en la sala de estar. Hace mucho que Guanlao no saca su auto del garaje y hay libros apilados hasta en las escaleras.

Pese a que no está anunciada en ningún lugar, cada día llega a la biblioteca de Guanlao una hilera de gente diversa, como unos comerciantes que pasaron por allí a la hora del almuerzo, un hombre del barrio y un grupo de escolares que se llevaron libros de texto y algunas revistas de moda.

Sin embargo, es gente como Celine, que vive en la misma calle que Guanlao, la que mantiene la biblioteca. Celine llegó con dos bolsas repletas de libros: algunos para devolver y otros para donar.

Según explica, hasta que existió esta iniciativa sólo había estado en la biblioteca nacional de Manila, donde no se pueden tomar prestados libros.

Por eso, cree que este proyecto puede servir para acercar los libros a los filipinos, a los que no siempre les es fácil acceder a ellos.

En Filipinas, comprar un libro cuesta 300 pesos (US$7), mientras que los importados, como los libros infantiles, pueden costar el doble.

"Teniendo en cuenta los ingresos de una familia media, creo que los padres tienen otras prioridades", indica Celine.

Biblioteca móvil

Usuarios de la biblioteca de Guanlao
Pese a que no está anunciada en ningún lugar, siempre hay gente en la biblioteca de Guanlao.

Nanie Guanlao tiene un as bajo la manga para acercarse a las comunidades pobres de Manila: su biblioteca móvil, es decir su bicicleta con una cesta que carga de libros.

Además, ha puesto su mirada más allá de la capital. Por el momento, Guanlao ya ha dado varias cajas de libros a un hombre que quiere poner en marcha una iniciativa similar en la provincia de Bicol, a 10 horas en auto de Manila.

Y ya está pensando en ayudar a una amiga que quiere montar un "barco biblioteca" que visitará dos islas del sur del país.

Nanie Guanlao, que dejó su trabajo por este proyecto y vive de sus ahorros, cree que el esfuerzo merece la pena.

"No le haría justicia a estos libros si los meto en un cajón o en una caja. Un libro tiene vida propia, un mensaje. Tiene que ser leído y releído", suele decir. "Como bibliotecario, me siento un hombre realizado".