Siria: vivir bajo el eterno bombardeo a Alepo

  • 17 septiembre 2012

El estruendo de los aviones de la Fuerza Aérea de Siria retumba en el aire, haciendo que la gente estire su cuello y se encoja al mismo tiempo.

Un pequeño punto -una bomba- se separó de la aeronave y desapareció sobre los edificios en el horizonte.

Contamos hasta cinco antes de que cayera a tierra y una explosión ensordecedora sacudiera las ventanas. Surgió una larga nube negra, que comenzó a manchar el cielo al final de la calle.

Cuando llegamos al sitio nos recibió un caos de ruido y humo.

Decenas de personas se convirtieron rápidamente en cientos. Gente corría de un lado para otro de la calle tratando de ayudar. Una camioneta blanca estaba cubierta en llamas. Un círculo ardiente en la tierra, de 30 a 40 metros, se abría a su alrededor. La mala hierba, en los bordes del concreto ennegrecido, también ardía.

Una mujer robusta, con un pañuelo en la cabeza y una bata de flores -su ropa casera- jalaba a un niño de la mano. "Abdo, Abdo", llamaba a un hombre que corrió para recoger al pequeño.

"Abdo, mi familia está muerta".

Ella estaba descalza, alejándose de lo que quedaba de su hogar en un edificio de tres pisos. Parte de su fachada había desaparecido y su techo colapsado. Todavía quedaban personas adentro.

"Sin alternativa"

Una mujer huye con un niño
Naciones Unidas calcula que más de 18.000 personas han muerto en Siria desde que estalló la violencia en 2011.

Varios hombres trepaban por la parte exterior del edificio, moviéndose sobre los restos del techo. Buscaban frenéticamente un agujero en las ruinas, arrancando bloques de escombros.

El humo negro cubría la calle. Un hombre gritó, apuntando al edificio: "¡Civiles! Bashar, cerdo. ¡Enemigo de Dios!".

La multitud comenzó un cántico desafiante "Dios es grande". De repente, todos se callaron y las personas empezaron a correr en todas las direcciones.

"¡Tayara! ¡Un avión!", gritó el hombre a mi lado. Nos empujamos, tropezamos entre los escombros y los metales retorcidos. En nuestro pánico por huir, tratábamos de no caernos unos encima de otros.

Después de comprobar que el avión no regresaría, la gente reanudó el rescate. La mayoría de las paredes exteriores del último piso habían desaparecido. Mirábamos por una puerta principal; era el apartamento de alguien.

De la tiniebla surgió un miembro del Ejército Libre Sirio cargando a dos niñas en pijamas, seguido por una tercera. Las pequeñas estaban aturdidas y cubiertas de polvo, pero no estaban heridas. La consigna "Dios es grande" reapareció, esta vez más fuerte.

Antes de que las niñas fueran dejadas en el suelo, la multitud comenzó a moverse con dificultad. Hubo un traqueteo de armas automáticas desde tierra. Tal vez le disparaban, sin esperanza, a un avión que se acercaba, o simplemente al aire para que la gente se dispersara. De cualquier manera, algo estaba por pasar.

Poniéndonos a cubierto en el sitio más cercano -un garaje con un techo grueso de concreto- observamos la silueta plateada de una aeronave volando alto; no era un jet de los que se aproxima rápido y a baja altura.

La gente volvió al edificio, pero nosotros decidimos que era el momento de irnos. Después supimos que habían muerto diez personas, entre las que se encontraban un niño de tres años y su madre, sepultados por los escombros.

Dos niñas, de diez y 12 años, fallecieron mientras jugaban en la calle.

Algunos días después conocí a Rama, de diez años, una de las pequeñas que fueron rescatadas de las ruinas del edificio. El niño de tres años era su sobrino.

La madre del niño -su tía- y un tío estaban entre los muertos. Todavía estaba conmocionado por la pérdida de sus familiares y por toda la terrorífica experiencia.

Ella jugaba en su computadora, "Zouba", cuando explotó la bomba. "Las luces se apagaron y luego se cayó el techo", contó.

"Comencé a gritar y no paré hasta que un miembro del Ejército Libre Sirio entró por un hueco y me sacó media hora después. Mis dos amigas también estaban tosiendo y gritando".

Su padre, Abu Hassan, con su cabeza vendada, estaba furioso con el régimen, pero también con los rebeldes. Ellos habían colocado, según dijo, artillería antiaérea en el edificio contiguo.

"Le pedí al comandante que la quitara. Prometió hacerlo al final del día, pero dos horas después ocurrió el ataque". Hassan agregó que "no estoy en contra del Ejército Libre Sirio, pero les advertí que le iban a pegar al armamento. Les dije: 'Los del Ejército Libre se esconderán, pero ellos los van a encontrar".

Los rebeldes se justifican diciendo que no tienen otra alternativa que luchar y que muchas veces deben hacerlo desde zonas residenciales. Tratan de mantener en secreto sus posiciones, explicó el comandante Mudar al Najar, pero que sufrían por una plaga de delatores.

Al Najar también añadió que el régimen estaba contento de matar civiles "deliberadamente", al atacar hospitales y las filas que hacen los pobladores de Alepo en busca de alimentos.

"Lo hacen a propósito para apartar a la gente de nosotros", explicó. "Este régimen no sabe como pelear. Sólo sabe como matar. No nos enfrentan hombre a hombre. Sólo atacan a distancia con su artillería o con bombardeos aéreos".

"¿Qué hago?"

Han transcurrido varios meses desde que el régimen sirio comenzó a enviar a aviones de combate contra su propio pueblo en un intento por sofocar la rebelión. Pero el conflicto se ha intensificado hasta convertirse en lo que sería mejor descrito como una guerra civil.

Bombardeos en Alepo
Los bombardeos no han cesado durante seis semanas.

Los aviones han sido utilizados desde el comienzo de la batalla por Alepo. Los bombardeos puede durar horas. Para los pobladores, cada vez que sobrevuelan a baja altura es una angustiosa experiencia.

En las áreas bajo dominio rebelde los ataques llevan ya seis semanas sin interrupción.

"MiGs", la gente grita mientras los cazas sobrevuelan, aunque la aeronave que vimos parecía más un artefacto de entrenamiento, un LAM 39 de origen checo, según nos explicaron.

Después que abandonamos la zona en la que murieron diez personas, observamos a la distancia como un jet daba la vuelta y regresaba para lanzar otra bomba.

La alas del avión todavía se balanceaban después de dejar caer su carga. Volaba tan bajo que sentí que podía ver al piloto, de no haber sido porque me arroje al suelo.

El caza giró suavemente 180 grados para volver y ametrallar la zona donde había lanzado la bomba.

Un descomunal sonido invadió el aire. Una voz nerviosa se escuchó en una radio del comandante del Ejército Libre. "El avión está viniendo. Sólo tengo una rusa (Kalashnikov). ¿Qué hago?".

El comandante respondió: "Apunta tu arma al avión y dí 'Dios es grande'. Repite 'Dios es grande" mientras disparas".

Pelando solos

El Ejército Libre Sirio no cuenta con lanzamisiles en Alepo. Los aviones dan giros cómodamente y sobrevuelan una y otra vez la ciudad. Los pilotos no actúan como si estuvieran en riesgo de ser atacados.

Los comandantes rebeldes aseguran que el mundo -especialmente los gobiernos árabes y de Occidente- tendrá que cargar con la responsabilidad moral de lo que está ocurriendo. A cualquier lugar que vamos, las personas se muestran amargadas.

"Yo quiero hacerte una pregunta", me dijo un comandante con el que hablé sobre la cuota de responsabilidad del Ejército Libre Sirio en las víctimas civiles del conflicto.

"¿Por qué el resto del mundo está observando y no hace nada? Los muertos están tirados en las calles. Enterramos gente en los jardines. ¿Por qué el mundo está protegiendo a Bashar (al Asad)?"

Los gobiernos occidentales no quieren intervenir en Siria por miedo a la cantidad de variables que pueden ir mal. Incluso están más reticentes después de la ola de manifestaciones que se desataron en Medio Oriente la semana pasada.

En Alepo, el Ejército Libre Sirio asegura que está avanzando en una lucha groseramente desbalanceada, en la que pelean contra la artillería y el poder aéreo del gobierno de Al Asad.

Por ahora, al menos, no tienen esperanza alguna de que alguien venga a ayudarlos.