
El presidente francés, François Hollande, lleva en el poder poco más de 100 días, pero sus índices de aprobación han caído ya por debajo del 50%. ¿Tendría que empezar a comportarse un poco más agresivo?
A menudo se dice que solo los adinerados pueden vacacionar en Saint Tropez, pero basta con sentarse en un bar de ese puerto por cinco minutos para ver quiénes son los que frecuentan este lugar.
Una de cada dos mujeres caminan sobre finos tacones de aguja y, al igual que todos sus clones, están allí para impresionar.
A unos pasos de esa costa de la Riviera, el presidente Hollande también está tomando un moderado descanso de verano y obedientemente permanece en la estancia presidencial oficial de Fort de Bregancon.
Se trata de un austero y estrecho castillo que el presidente De Gaulle describió como una "pesadilla" repugnante y plagada de mosquitos a la que se negó a regresar.
Pero Hollande, el autoproclamado "presidente normal", está haciendo todo lo posible para no llamar la atención.
Titulares "normales"
No tienen nada que ver con Hollande los aviones privados y yates multimillonarios favorecidos por su predecesor, Nicolas "Bling Bling" Sarkozy. No tienen que ver con él los Ray Bay y Rolex y las fotos de atrevidos besos bajo el sol con modelos como Carla Bruni.

Las vacaciones de Hollande no se parecen a las del expresidente Sarkozy al lado de su esposa Carla Bruni.
La revista de celebridades VSD sí publicó una foto de Hollande haciendo su primera inmersión en el mar Mediterráneo con su pareja Valerie Trierweiler.
Pero con sus pantaloncillos azules a la rodilla y la pretina cubierta ligeramente por una barriga abultada y falta de sol, se parecía tanto a un padre cualquiera que la revista sólo pudo titular: "François Hollande - normal incluso hasta en traje de baño".
Sin embargo, pasar desapercibido le está produciendo un alto costo al presidente en ciernes.
Sus índices de aprobación siguen cayendo y una encuesta reciente sugiere que el 68% de los franceses se sienten pesimistas acerca de las perspectivas de su país, el nivel más alto en los primeros meses de una nueva presidencia.
Ser el hombre gris y simple en mayo -durante la campaña electoral- resultó un deleite para la multitud, en momentos en que el electorado se sentía harto de los excesos frenéticos del omnipresente y llamativo Sarkozy, pero ahora que ha tomado posesión de su cargo, la rígida normalidad de Hollande ha comenzado a parecerse a la indecisión.
Fanfarronear
En Saint Tropez, donde el puerto ya está saturado de flashes y de la ostentación de yates de multimillonarios, un enjambre de personas se reúne en el embarcadero a babear cada que llega un nuevo pedazo enorme de acero flotante, que se desliza con destreza en medio los otros barcos.

El pueblo de pescadores se volvió famoso desde las visitas de la actriz Brigitte Bardot en la década de 1950.
En otras partes de Francia, las demostraciones públicas de riqueza son deploradas unánimemente como aborrecibles y, bueno, estadounidenses. Pero en esta ciudad, solo hay que mostrar lo que se tiene.
El pueblo francés rechazó a Nicolas Sarkozy en parte por su espectacularidad y su autoritarismo. No obstante, también exigen que su presidente sea fuerte y se destaque.
Hasta la década de 1950, St. Tropez era solo un pequeño pueblo de pescadores. Pero desde la llegada de Brigitte Bardot, este lugar se ha reinventado a sí mismo como un punto caliente lleno de estrellas, el lugar para estar si se quiere ser una persona que cuenta.
Quizás François Hollande podría beneficiarse de una corta estancia aquí, donde un panecillo cuesta US$15 y viene con agua tibia y sin hielo, porque esa es la forma que tiene que ser.
Hacia finales del verano, los bares se están vaciando y los turistas se están dirigiendo a casa donde les esperan fuertes subidas de impuestos, la espiral de la deuda pública y la explosión del desempleo.
Se está gestando una gran tormenta en Francia. Sería mejor que el presidente Hollande aprendiera a fanfarronear, y rápido.


























