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Un cementerio para cientos de inmigrantes sin nombre

Última actualización: Martes, 21 de agosto de 2012

Holtville, cementerio del inmigrante desconocido

En California un camposanto recibe los cuerpos de los inmigrantes desconocidos que mueren intentando cruzar la frontera entre México y EE.UU..

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Son 50 hileras de huecos mal cavados, rellenos luego con una tierra seca y polvorienta que no conoce pasto: tumbas sin lápidas, marcadas cada una con un ladrillo marrón y un nombre repetido, "John Doe" o "Jane Doe".

Así clasifican los estadounidenses a los muertos no identificados y el cementerio de Holtville los tiene en abundancia: la mitad de las casi 700 tumbas pertenecen a personas desconocidas, la mayoría de las cuales se presume fueron migrantes sin papeles que fracasaron en sus intentos de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, a menos de 15 kilómetros de aquí.

Los peritajes forenses no alcanzan para devolverles la identidad: los indocumentados no están registrados en las bases de datos de las autoridades y a veces ni siquiera sus familias los buscan. Los presumen vivos en el país al que viajaron persiguiendo el "sueño americano".

La peregrina de Holtville

La violencia y la frontera le cobraron a Paula Campos la vida de dos hijos. A uno de ellos jamás lo ha hallado. Cada año, va al cementerio de los NN como homenaje.

La peregrina de Holtville

Paula Campos Parra visita el cementerio del inmigrante desconocido de Holtville, California, para rendir homenaje a los que murieron intentando cruzar la frontera y recordar a su hijo desaparecido.

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Pero allí están, en tumbas que paga el Estado, obligado por ley a dar entierro a quienes no pueden costearlo.

Tumbas que nadie visita. Tumbas del fondo, ubicadas en un sector del cementerio al que se accede saltando unas cadenas, donde no hay árboles para cobijar el rezo cuando las temperaturas exceden los 40 grados (y eso pasa muy seguido). Filas desprolijas de agujeros a los que no alcanzan los regadores poderosos, que rotan aprisa y escupen chorros de agua para mantener verde el sector del camposanto donde se entierra a los que sí pagaron.

"Las familias no tienen dinero ni saben dónde están. Por eso ni servicio (religioso) se les hace", dice el cuidador Martín Sánchez, un mexicano de piel ajada por el sol tras 27 años de rastrillar tierra sobre los ataúdes.

Aunque no existen cifras certeras, se estima que entre 180 y 280 personas mueren cada año intentando entrar a Estados Unidos por el sur. Y aunque el flujo migratorio está en baja ahora que el país del norte tiene su economía en recesión, el número de decesos se ha mantenido constante.

"Es que la travesía se ha vuelto más peligrosa. Hay más agentes, la presencia del narcotráfico ha incrementado la violencia y hay también muchos que se aventuran por terrenos más inhóspitos por creerlos menos controlados", le dice a BBC Mundo Enrique Morones, director de la organización por los derechos de los migrantes Ángeles de la Frontera.

"No Olvidados"

Camposanto de Holtville

El camposanto de Holtville está a 15 kilómetros del límite entre México y EE.UU.

Los entierros de NN (no name, sin nombre) en Holtville -un paraje de unos 5.000 habitantes en medio del desértico Valle Imperial de California- comenzaron a mediados de los años 90, cuando quedó chico otro camposanto vecino al tiempo que aumentó el número de cuerpos.

Coincidió con la "Operación Gatekeeper", establecida durante el gobierno del presidente Bill Clinton para detener los ingresos no autorizados, así como con la construcción de la valla divisoria.

Desde 1993, la frontera se ha cobrado al menos 3.800 vidas, según las cifras más conservadoras; algunas organizaciones –como la Coalición de Derechos Humanos de Tucson- hablan de más de 6.000. De ellos, unos mil están sepultados sin nombre.

Cada mes, el activista Morones viaja a Holtville con un grupo de estudiantes secundarios para "mantener viva la memoria".

"Estos cientos de seres humanos todavía no descansan en paz. Ni servicio digno, ni pasto tienen, ni familias enteradas de que han muerto. Esto es una crisis humanitaria, aquí mismo dentro de Estados Unidos", opina Morones, mientras sus alumnos clavan cruces de madera pintadas en colores chillones con una inscripción: "No Olvidados".

Aquí, dice Morones, está la mayor concentración de tumbas sin nombre de Estados Unidos detrás de la que tiene el cementerio de Arlington, que es de carácter militar y alberga a soldados desconocidos. Es el mayor cementerio de NN civiles.

Paradójicamente, los cuerpos que llegan son cada vez menos: sólo dos fueron sepultados en el último año. Por cuestiones de costos, la Oficina Pública se inclina cada vez más por la cremación de los no identificados, con lo que se ahorran unos US$1.000 por cada lote de tierra en Holtville.

Camposanto de Holtville

Se estima que entre 180 y 280 personas mueren cada año intentando entrar a EE.UU. por el sur.

Chuck Jernigan, el superintendente del cementerio, hace las cuentas para BBC Mundo: cremar los restos es cuatro veces más barato que enterrarlos. Él preferiría que los trajeran aquí, quizás como una manera de justificar los recursos públicos que recibe su dependencia.

"Un poco es por eso, porque nosotros tenemos todo para ocuparnos y no tiene sentido que tengamos tan pocos entierros... Porque no es que haya menos muertes, sólo hay menos entierros", insiste el hombre, que supo ser jefe de la policía de la zona, mientras se fuma un habano bajo el sol y varias gotas de sudor se le escapan por debajo del sombrero cowboy.

Y hace una advertencia: mejor no quedarse aquí de noche, vienen animales y la tierra está tan seca que siempre hay peligro de que se desplome en las parcelas con tumbas.

Desierto vigilado

A unos 15 kilómetros del cementerio, la geografía de arena que se cobró la vida de los NN: a esta altura de la frontera californiana, el desierto blanco donde el termómetro marca 50 grados centígrados parece tierra de nadie.

Apenas unas matas achaparradas, ondulaciones leves del terreno y una montaña desnuda a la que llaman El Centinela. Del otro lado, México. Aquí no hay muro elevado, sino unas estructuras de hierro con forma de cruz clavadas en la arena para impedir el cruce de vehículos.

Cualquier podría pasar caminando entre las vallas, sin siquiera torcer el cuerpo de lado. Pero la geografía engaña: unas 40 cámaras de seguridad y más de 1.200 agentes de la Patrulla Fronteriza vigilan noche y día un tramo de apenas 55 kilómetros de límite binacional.

Los arrestos aquí no son noticia, son unos 100 al día. Hubo alrededor de 33.000 en 2011, la décima parte del total nacional reportado por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, en inglés) que corresponde en su mayoría a la porción de frontera en el vecino estado de Arizona.

"Tenemos más cercas, más sensores de movimiento, cámaras infrarrojas portátiles y otras en las torres, más equipo… de todo, pues, para hacer detenciones en cuestión de minutos", asegura el agente supervisor Adrián Corona.

Detenciones en la frontera

Valla fronteriza

Según la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza estadounidense (CBP, en inglés), en el año fiscal 2011 se detuvo a unos 340 mil migrantes no autorizados en la zona limítrofe con México.

El número es una quinta parte de los niveles récord alcanzados en 2000, cuando se aprehendieron a 1,6 millones de personas.

La mayor parte de los arrestos de 2011 tuvo lugar en Arizona (129 mil), considerado el estado más peligroso y, a la vez, el más transitado por sin papeles.

En el mismo período, en California los agentes detuvieron a unas 73 mil personas que intentaban cruzar la frontera.

Los oficiales son, también, quienes muchas veces encuentran los cuerpos de migrantes fallecidos.

"Nadie puede sobrevivir en este calor por más de dos horas, sobre todo en verano. Las condiciones son extremas, pero eso no detiene a la gente que intenta (cruzar)", le señala Corona a BBC Mundo, mientras maneja despacio a lo largo del borde en su camioneta con aire acondicionado, una 4x4 que permite el patrullaje todo terreno.

La mayoría perece por deshidratación aguda. Otros, heridos o enfermos, son abandonados por el grupo, generalmente liderado por un "coyote" al que cada migrante entrega dinero a cambio de asistencia en el cruce.

Algunos resultan víctimas de la violencia adjudicada al narcotráfico, e incluso sobre la Patrulla pesan acusaciones de abusos: hace unos días, un mexicano fue presuntamente baleado por un oficial de Texas mientras intentaba escabullirse a través del borde, en un episodio que está siendo investigado por la justicia.

Pero las estadísticas señalan que, después del calor, es el agua la que más mata: un tercio de los decesos en este sector ocurren en el Canal All-American, construido en los años 30 para irrigar el Valle Imperial, que corre paralelo a la frontera y tiene 75 metros de ancho.

Parece un curso de agua apacible, apto para nadarlo de lado a lado. Poco intimidante, sobre todo si se lo compara con las montañas de arena ardiente de las cercanías.

"Pero el agua se mueve mucho más rápido de lo que parece. Se ve fácil, pero una vez en la corriente es difícil salirse", le dice a BBC Mundo el agente J. Priest, de la unidad BOARSTAR (de Búsqueda, Trauma y Rescate) de la Patrulla Fronteriza.

Asegura que el énfasis que ponen las autoridades estadounidenses en dar a conocer el peligro de las aguas no es una estrategia de disuasión, todo lo contrario: su equipo está en alerta permanente para rescatar del All-American a los inmigrantes que pierden el control y están a punto de ahogarse y, dice, "eso pasa casi a diario".

Muchos de los NN de Holtville son esos, los ahogados.

Respuesta forense

Los cuerpos que entrega la Patrulla y otros que son hallados –en canales subsidiarios del All-American, por ejemplo, arrastrados por las aguas por varios kilómetros- son la primera responsabilidad de la Oficina Forense.

El año pasado recibieron unos 40 cadáveres, calcula el supervisor Thomas García. El último, hace apenas dos días, fue el de una mujer de 29 años, deshidratada.

De ella no saben mucho más: suponen que cruzaba a pie, que la dejaron atrás sus compañeros (porque por estos días pocos se atreven a intentar la odisea en soledad: "entre tanto narco y migra, da miedo", le dice a BBC Mundo alguien que lo logró). Que el resto lo hizo el calor y la falta de agua.

En la oficina de García -repleta de muebles de archivo con carpetas blancas, una para cada caso- se guarda el detalle de lo que llega: a veces apenas huesos sueltos, zapatos gastados, ropa con etiquetas "Hecho en México", estampas religiosas, algún amuleto elegido como compañero de viaje.

Las autopsias resuelven 40% de los casos. Los tatuajes ayudan, así como cualquier seña particular que pueda ser reconocida por familiares o las huellas dactilares para aquellos que han sido deportados en el pasado y ya figuran en los registros de las autoridades federales.

"Si mueren en el desierto y los cuerpos no se encuentran pronto, la actividad animal deteriora los restos y resulta imposible identificar a estos migrantes. Los coyotes comen incluso los huesos"

Thomas García, supervisor de la Oficina Forense del condado de Valle Imperial

El resto -la mayoría- son los casos sin solución: frustrante, dice García, "pero uno se acostumbra, es cuestión de tiempo". Él lleva cinco años en eso.

"Si mueren en el desierto y los cuerpos no se encuentran pronto, la actividad animal deteriora los restos", le dice el especialista a BBC Mundo."Los coyotes comen incluso los huesos".

Cuando la ciencia forense se agota, los NN son cremados o enterrados en el cementerio de Holtville.

Cada uno deja detrás una carpeta blanca: John o Jane Doe en la etiqueta, "causa de muerte indeterminada", datos de ADN y otras señas particulares escritas en léxico médico. Fotos de restos humanos, fotos si acaso de alguna pertenencia.

Casos que se mantienen abiertos, a la espera de que alguien, alguna vez, les devuelva su nombre.

Contexto

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