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Deporte y política: cuando la rivalidad se sale de la cancha

Última actualización: Viernes, 22 de junio de 2012
Jesse Owens

Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín en 1936.

El deporte y la política tienen una relación tan estrecha, tan íntima, como… bueno, como Alemania y Grecia, cuyos seleccionados de fútbol juegan este viernes en Gdansk en cuartos de final de la Euro 2012.

En este preciso momento, las vicisitudes económicas y sociales de la crisis del euro y de la Unión Europea han llevado a muchos griegos a sentirse constreñidos por los alemanes, y algunos altavoces políticos han llegado a comparar esa presión con la ocupación y la prepotencia nazi durante la guerra mundial.

Alemania y Grecia, del euro a la Euro.

Grecia y Alemania, del euro a la Euro.

Semejante disparate es habitual en el deporte más popular del mundo, justamente por eso, porque siendo popular se presta a la manipulación.

Lo crucial es distinguir entre dos preposiciones: si el llamado deporte de masas es del público o para el público…

El de hoy no es el primero ni será el último encuentro deportivo que se juega también en el plano político y social. Lo que cambia son las repercusiones.

Algo es indudable: el deporte puede fastidiar tanto como la política. El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán encontró una imagen perfecta: "el deporte de masas es una válvula de escape para malos gases retenidos en el bajo vientre de la sociedad".

En este artículo recorremos algunos ejemplos de eventos deportivos y las razones de su desborde en la cuenca política.

Nazismo y fascismo

La política del deporte

Hitler ver partir la antorcha olímpica en Berlín en 1936.

Más interesante aún que la enumeración y hasta las razones, es la alineación de las fuerzas que politizan el deporte, o mejor dicho, que reconocen la naturaleza política del deporte.

El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) explicó en un prólogo de 1972 al libro "Política y deporte", de Luis Dávila, que "la derecha se muestra propicia al desarrollo deportivo por una serie de motivaciones: raciales (mejora la raza), integradoras (crea en el ciudadano espíritu de participación en el "éxito" como categoría), evasivas (canaliza la agresividad social por el vehículo activo de la práctica o por el vehículo pasivo de la contemplación interesada del espectáculo deportivo)".

Y agregaba: "la izquierda critica el deporte por todo lo que lo elogia la derecha; en definitiva, por su conversión en instrumento del poder represor o integrador para la integración y paralización de las masas".

Muchos intelectuales de izquierda han renunciado a (o por lo menos atenuado) esa actitud crítica en las últimas décadas, persuadidos por gente como Vázquez Montalbán y el uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra (1995), ambos apasionados seguidores del fútbol.

Vázquez Montalbán atribuía esta reconciliación de los intelectuales con el deporte al "debilitamiento de la sublimación formal del fascismo", en una típica estocada suya al poder franquista, en una época en que "el deporte es (era) la única participación épica legalizada de nuestro pueblo".

Hitler y Mussolini supieron del valor del deporte para impulsar el orgullo nacional e identificarlo con sus gobiernos.

El dictador italiano se fortaleció con el prestigio que le proporcionaron los dos títulos mundiales (1934 y 1938) ganados por el seleccionado nacional de fútbol, mientras que el alemán convirtió los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 en recordatorio y símbolo de la vitalidad de su régimen y su credo.

En el mundial de 1934, realizado en Italia, Mussolini se encargó de seleccionar personalmente a los árbitros y asistió a todos los partidos jugados por el equipo nacional, en el Stadio Mussolini. Cada victoria era suya.

En Berlín también se coronó el fútbol de Mussolini, en final ante Austria (país natal de Hitler) mientras que Alemania, cuyos jugadores llevaban la cruz esvástica en el escudo de la camiseta, cayó en cuartos de final ante Noruega, país ocupado luego por las tropas alemanas.

"Ganar un partido internacional", decía Goebbels, el ministro de Propaganda, "es más importante para la gente que capturar una ciudad".

El atleta estadounidense negro Jesse Owens sofocó el trueno del racismo nazi al quedarse con cuatro oros: 100 y 200 metros, salto en largo y 4x100m.

Esto tuvo un llamativo contrapunto en el boxeo: el alemán Max Schmeling, que en 1936 derrotó en Nueva York al estadounidense Joe Louis, fue ensalzado copiosamente por el régimen nazi (y el Ku Klux Klan), pero la adoración se convirtió en desprecio al año siguiente, cuando Louis, ya campeón mundial, noqueó a Schmeling en el primer round.

Fue, se ha dicho, el nocaut más significativo de la historia del deporte.

Posteriormente, los regímenes militares brasileño y argentino aprovecharon políticamente los éxitos de los respectivos seleccionados de fútbol en torneos internacionales. El caso más notorio fue el Mundial de 1978 en Argentina.

Guerra Fría

Partida entre Bobby Fisher y Spassky

Partida de Bobby Fisher y Spassky en 1970.

Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética y Estados Unidos dedicaban tanta atención al fomento de su potencial deportivo como a la propaganda por Radio Moscú o La Voz de América. Y esto explica en parte la miopía de las autoridades deportivas de esos y otros países ante los casos de dopaje, aun los más flagrantes.

Los ejemplos más impactantes de la rivalidad entre las grandes potencias son los boicots de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, orquestado por Estados Unidos, y el de Los Angeles de 1984, que la URSS impuso en retribución.

Durante varios años, entonces, la carrera de centenares de deportistas de élite estuvo virtualmente paralizada por la obstinación de Washington y Moscú.

La Guerra Fría también se libró (apropiadamente) en Islandia, en 1972, cuando el ajedrecista soviético Boris Spassky perdió su título de campeón mundial ante el gran maestro estadounidense Bobby Fisher.

La serie se caracterizó por triquiñuelas e intrigas dignas de una película de la época. Finalmente, Fisher se quedó con el título con siete partidas ganadas, tres perdidas y 11 tablas.

El tono político del encuentro se debió a la importancia que el régimen soviético (con su efecto paralelo en Washington) daba al ajedrez: perder el título ante un estadounidense fue humillante y Spassky, despreciado por las autoridades de su país, terminó tomando la ciudadanía francesa.

Pero en un caso, al menos, el deporte sirvió de puente entre regímenes políticos diametralmente opuestos.

En abril de 1971, un equipo de tenis de mesa estadounidense llegó de visita a China, donde fue derrotado por sus anfitriones, pero el viaje sirvió de prólogo para el posterior "deshielo" de las relaciones entre Estados Unidos y China.

La Unión Soviética

La prepotencia hegemónica de la Unión Soviética desencadenó en su momento dos choques históricos con sendos clientes políticos, Hungría y Yugoslavia.

En los Juegos Olímpicos de 1956, en Melbourne, los equipos de waterpolo de Hungría y la Unión Soviética (cuyos tanques habían aplastado poco antes la llamada Revolución Húngara) libraron una virtual batalla acuática, con golpes, insultos y hasta efusión de sangre de un húngaro, con la reacción del público y la suspensión del partido, que fue otorgado a Hungría, que vencía 4-0.

Fue el famoso Sangre en el Agua, o Baño de Sangre, o como quieran llamarlo.

Luego, en el Mundial de Fútbol de Chile, en 1962, el más brutal de la historia, el equipo de la URSS chocó con el de Yugoslavia, en momentos en que el Mariscal Tito se complacía en desairar a sus camaradas soviéticos.

El periodista chileno-italiano Felipe Bianchi lo describió hace poco en BBC Mundo: "Puñetazos, patadas, cabezas rotas, grescas, fracturas (el ruso Dubinsky no volvería nunca más a jugar al fútbol)".

Al final ganó la URSS 2-0.

América Latina

Batalla de Santiago

Recientemente se cumplieron 50 años de la Batalla de Santiago.

En la década de los 60, dos fechas marcaron con sangre las páginas del fútbol en la región.

En lo que pasó a la historia como La Batalla de Santiago, el 2 de junio de 1962, Chile e Italia se enfrentaron y el anfitrión ganó 2-0.

Los ánimos estaban caldeados por la difusión en Chile de despachos de periodistas italianos, en los que describían sombríamente la situación social: Corrado Pizzinelli, de La Nazione, escribió que "Chile es un símbolo triste de las diferencias humanas y de una vida afectada por todos los males".

Muchos chilenos se indignaron y el partido fue tan brutal como mal arbitrado en beneficio del local: se dice que esto inspiró la creación del sistema de tarjetas amarillas y rojas.

Lea: clic Se cumplen 50 años de la Batalla de Santiago

De los casos clásicos de política y deporte, uno de los más conocidos es "La guerra del fútbol", un conflicto militar desencadenado tras una serie de tres partidos, jugados entre el 6 y el 27 de junio de 1969 por los seleccionados de Honduras y El Salvador, por las eliminatorias para el Mundial de 1970.

Tropas salvadoreñas y hondureñas combatieron entre el 14 y el 18 de julio, con un saldo de alrededor de 2.000 muertos.

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, uno de los grandes reporteros de la época, explicó los aspectos políticos, sociales y económicos de esta situación en un trabajo clásico que dejó en claro que el fútbol sólo fue el detonante, aprovechado por ambos gobiernos para justificarse ante la opinión pública.

Otro caso clásico es el partido entre Argentina e Inglaterra, en el Mundial de México 1986, percibido por la opinión pública como el desquite argentino por la guerra de las Malvinas o Falklands entre ambos países de cuatro años antes.

El simbolismo alcanzó una sublimación inesperada (y con espléndida ironía) cuando Maradona marcó su Gol de la Mano de Dios (del que hoy se conmemoran exactamente 26 años), el fraude más célebre, al que acompañó de inmediato con su gol de apilada, el mejor de la historia.

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