Siria: "Deserté porque me ordenaron matar a civiles"

Más de un año después del estallido de las revueltas en Siria, que según la ONU han dejado ya cerca de 8.000 muertos, la oposición siria sigue fragmentada.

Este lunes se reúnen en Turquía representantes de los principales grupos con el objetivo de alcanzar un "pacto nacional" para derrocar al gobierno de Bahar al Asad.

El Ejército Libre de Siria -formado en gran medida por desertores de las fuerzas armadas- es uno de los principales. Fuentes de la inteligencia turca señalan que 60.000 militares cambiaron de bando.

La periodista Ana Garralda conversó con algunos de ellos en Trípoli, Líbano, desde donde envió a BBC Mundo esta crónica.


Abu Yasan viste de oscuro y lleva la cabeza cubierta con una gorra. Entra nervioso en el café de Trípoli donde nos damos cita, mirando a cada lado.

Desertó hace unos meses del ejército sirio, donde era teniente coronel. Ahora es guardaespaldas de quien lideró las milicias rebeldes responsables de los hospitales de Bab Amro, uno de los barrios más castigados de la ciudad de Homs, bastión de la oposición.

A los 27 años, asegura haber matado a 15 personas, todos miembros de la shabiha, un grupo de sicarios al servicio de la élite en el poder que, según Abu Yasan, es responsable de las mayores atrocidades cometidas por el gobierno de Bashar al Asad. Tiene dos heridas de consideración, una en el cuello y otra en la pierna.

"Ya no tengo nada que perder. Si puedo matar a más, mejor"

Abu Yasan, desertor

"Ya no tengo nada que perder. Si puedo matar a más, mejor", dice.

Hace unos meses soldados sirios asesinaron en Homs a su prometida, con quien estaba a apunto de casarse tras una relación de siete años.

"Quizá es mejor que esté muerta porque si llega a sobrevivir y me cuenta lo que le hicieron, habría matado a mucha más gente", cuenta.

Para Abu Yasan, Bashar al Asad ya está muerto. "Es sólo cuestión de tiempo que el Ejército Libre y las Brigadas al Faruq- una amalgama de civiles armados y mercenarios de la guerra de Libia y sobre todo Irak- le hagan caer". Afirma que 80.000 soldados como él ya han desertado del ejército sirio, aunque la inteligencia turca calcula el número de desertores en 60.000.

"Serían más si no tuvieran tanto miedo", asegura.

Según relata, en febrero, durante las cuatro semanas de asedio a la ciudad de Homs, una decena de familias de desertores fueron masacradas por las tropas de Asad. "Por eso el ejército se mantiene. Los mandos próximos al régimen controlan muy de cerca a las familias de los oficiales", añade.

Para este joven, la división interna en el ejército sirio no se debe a conflictos sectarios -aunque el 80% de la población sean sunitas y el 20% restante alauitas, mayoritariamente leales aún al presidente sirio. "Es más sencillo que todo eso. Se trata de una lucha entre quienes le apoyan y tienen privilegios y quienes persiguen su caída y lo anhelan", explica.

Muchos más

Decenas de desertores han llegado al Líbano por su frontera norte con Siria, hoy convertida en base de operaciones de la oposición, que cruza con relativa facilidad de un lado a otro.

"Mi familia y yo ya vivíamos cerca de la frontera antes de las revueltas y cruzar al otro lado fue relativamente fácil"

Mohammed, desertor

En la región de Wadi Jalid se encuentra Mokaibli, una pequeña aldea de casas destartaladas, situada cerca de un río que delimita naturalmente la frontera entre los dos países.

Aquí viven exsoldados como Mohammed, que logró cruzar al lado libanés junto a su familia hace unas semanas, cuando aún estaba abierto el pequeño puente que une los dos orillas, hoy lleno de minas.

"Nos llevaron a Deraa, al sur, y nos dijeron que teníamos que matar a civiles. Por eso deserté", explica.

Asegura que, como él, otros 200 soldados decidieron abandonar y que lo hicieron bajo el consentimiento de sus mandos (algunos sunitas como ellos), siempre y cuando no se llevaran las armas.

"Mi familia y yo ya vivíamos cerca de la frontera antes de las revueltas y cruzar al otro lado fue relativamente fácil", asegura, pero otros compañeros, con sus parientes en el norte, conocieron de la existencia de familiares degollados a manos de las tropas de Asad en represalia por su deserción.

Ahora, Mohammed apoya al Ejército Libre Sirio. "¡Ojalá tuviéramos buenas armas para combatir! Es imposible luchar contra los tanques con unos pocos cientos de kalasnikov".

Pero las armas sí llegan y una de sus vías de entrada es el puerto de la capital de Líbano, en un país acostumbrado al tráfico de todo tipo de armamento tras 15 años de guerra civil.

La historia de los refugiados

Maher

Maher junto a sus cuatro hijos

A unos pocos kilómetros de Mokaibli, viajamos a la población de Mashta Hasan, donde se halla una de las tres escuelas abandonadas de la zona que albergan a familias de refugiados sirios, todas financiadas por los Hermanos Musulmanes, la organización islamista más extendida e influyente en el mundo árabe.

En una decena de habitaciones, situadas a ambos lados de un largo pasillo, se esconden 15 familias sirias, separadas por coloridas telas que hacen las veces de puerta. Tras una de ellas vive Maher, de 37 años, con su esposa Rania, de 25, sus cuatro hijos y la hermana de esta.

Subsisten con lo más básico y procuran no salir demasiado, carecen de permisos de residencia y temen que el ejército libanés los entregue de vuelta a las autoridades sirias. Aseguran que algunos de sus miembros trabajan en connivencia con ellas.

Hace unas semanas cruzaron clandestinamente desde Talkalakh, una ciudad de la provincia de Homs.

"Alguien cogió a los niños y los escondió en un camión rumbo a la frontera. Nosotros cruzamos de noche, andando, pero con mucho cuidado. A mi hermano le detuvieron y le dieron patadas en el estómago durante días", cuenta.

"Ahora sangra cada día por la boca, pero aún no le han dado ninguna medicina", agrega.

"Alguien cogió a los niños y los escondió en un camión rumbo a la frontera. Nosotros cruzamos de noche, andando, pero con mucho cuidado"

Maher

Apoyado sobre una colchoneta a escasos dos metros, Maher, su marido, también estuvo detenido durante 40 días por participar en una manifestación en contra de la represión de Bashar al Asad. "No hice nada malo, pero me golpeaban a diario en la cara y así, torcida, me han dejado la nariz", dice señalando la considerable desviación del tabique nasal.

Maher también apoya al Ejército Libre Sirio. "Son los únicos que nos ayudan", asegura. Pero testigos que prefieren permanecer en el anonimato confirman que en estas escuelas también se esconden milicianos salafistas, igualmente en la oposición, pero rivales del Ejército Libre Sirio en el posible reparto de un pastel del que aún no se conoce ni la forma ni sus ingredientes.

Algunos se parapetan bajo su condición de refugiados para pasar desapercibidos y realizar operaciones clandestinas de sabotaje contra el ejército sirio, al otro lado de la frontera. "Todos tienen algo en común: se sienten abandonados por Occidente", dice la misma fuente.

Quizá por eso, muchos civiles, antes laicos, hoy se acercan al salafismo y al Islam más radical. "Aumentan las barbas y las lecturas del Corán entre gente que antes era como tú y como yo", añade la misma fuente.

Estas divisiones internas ponen de manifiesto la profunda complejidad del tejido social sirio y la combinación de fuerzas que participan en este conflicto que ha tomado un rumbo propio.

De momento, refugiados como Maher y su familia permanecerán en esta escuela libanesa, a la espera de que los rebeldes logren la caída del gobierno y algún día puedan regresar a Siria. Ajenos a todo, los más pequeños que, por el momento, no van al colegio, juegan a reproducir lo que oyen de los mayores.

"¿Qué es Asad?", le pregunta Ibrahim, el mayor de los hijos de Maher y Rania, al benjamín de la casa. "Un hombre malo", responde el crío. Y ¿qué más?, "Asad es un perro".

Contexto

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