Las langostas tienen un refugio en EE.UU.

Última actualización: Miércoles, 12 de octubre de 2011
Langosta

Mientras la sobrepesca amenaza la vida marina de muchas partes del mundo, la población de langostas en Maine (EE.UU.) continúa creciendo. Todo gracias a unas pocas y simples medidas que buscan que machos y hembras tengan suficientes oportunidades de encontrarse y reproducirse.

La hora punta empieza pronto en el malecón de Boothbay. Los recién llegados a esta pequeña localidad de Maine se despiertan con el ruido de los motores diesel a las cuatro y media de la mañana.

No es un rugido como el de los camiones, sino un palpiltar bajo de los barcos que se dedican a la pesca de langosta.

No son grandes, unos 10 metros de eslora. Algunos están tripulados sólo por su dueño, aunque la mayoría cuenta con un ayudante.

Salen por la mañana y regresan a casa por la noche, como los ejecutivos en la ciudad. Pero el viaje al trabajo de los langosteros es más espectacular: pasan por islotes rocosos, bajo águilas pescadoras que anidan en los postes marcadores, son sorprendidos por focas que de repente aparecen a su lado, marsopas y a veces hasta grandiosas ballenas.

El corte que hace la diferencia

Pero no hay que dejarse engañar por el tamaño de las embarcaciones. La actividad pesquera es inmensa.

Desde la costa, más allá de los arrecifes y las islas, la superficie del mar está salpicada de brillantes y coloridos cilindros de 30 centímetros de alto, cada uno con un mastil corto que sobresale.

Muesca en la cola de una langosta.

La muesca en forma de V de una hembra desaparece con el tiempo.

Sujetadas a cada una de esas miles de boyas, hay un par de trampas para langostas.

"Hay más de 200 botes en la zona", comenta Glenn Townsend, adjunto del jefe del puerto. "Cada uno con licencia para 600 trampas, y todos tratan de pescar al límite".

Es difícil imaginar cómo las langostas pueden resistir una embestida de esta magnitud.

Pero, contrario a lo que se pensaría, la población está creciendo debido a la pesca, no a pesar de ella, asegura Finn Carroll, tripulante del Ilusiones Ópticas.

"Los controles son estrictos", explica Finn. "Si capturamos una hembra con huevas, le hacemos un corte en una de las aletas y la devolvemos al agua. No se puede pescar un ejemplar con muescas".

Se necesitan dos generaciones para que la muesca desaparezca, así que la hembra tiene la oportunidad de desovar por al menos dos años.

Ni muy grande ni muy pequeña

"Además de recoger las trampas, extraer las langostas, volver a meter la carnada y ponerlas otra vez -lo que toma un par de días-, me paso la vida midiendo langostas", comenta Finn.

Pescadores

Las langostas maduras son devueltas al mar.

"Tienen que medir 8 centímetros entre el ojo y el principio de la cola. Si es menos, vuelve al agua".

Mucha pesca tiene un límite mínimo de tamaño. En Maine hay además un límite máximo.

Si una langosta mide más de 12,5 centímetros desde el ojo a la cola, también vuelve al mar.

Como muchas son machos y hay una alta proporción de hembras reproductoras, esto asegura que haya suficientes ejemplares maduros en el lecho marino.

Las trampas de Boothbay están cuidadosamente diseñadas para la comodidad y seguridad de los crustáceos.

No les dañan las pinzas al entrar y las barras están lo suficientemente espaciadas para que las más pequeñas puedan entrar y salir.

Además, una de las paredes es biodegradable lo que permite que, en caso de que la trampa se separe de la boya, eventualmente las langostas atrapadas puedan escapar.

"Si no fuera por nosotros, no habría tantas langostas", opina Finn. "Normalmente son solitarias y luchan por conseguir comida hasta el punto que se llegan a comer las unas a las otras. Lo que hacemos aquí es más crianza que pesca".

Respeto o destierro

Finn está feliz. Junta a Nick Hawke, el dueño del Ilusión Óptica, acaban de descargar su pesca. 800 langostas que pesan más de media tonelada.

"Si no fuera por nosotros, no habría tantas langostas. Normalmente son solitarias y luchan por conseguir comida hasta el punto que se llegan a comer las unas a las otras, lo que hacemos aquí es más ganadería que pesca"

Finn Carroll, pescador

A US$6 el kilo, es un buen día de trabajo. Por ello no extraña que no sea tan fácil entrar en la industria pesquera de Boothbay Harbour.

El número de permisos es limitado. Los hijos suelen heredarlos de los padres. Pero para quien trabaja hasta dos años como tripulante, es posible conseguir uno.

Hay mucho que aprender, tanto sobre la ley como sobre las tradiciones.

Las boyas de cada langostero está pintada de un color distinto y Finn las reconoce de inmediato.

En teoría, cada uno puede poner sus trampas donde quiera, pero en la práctica cada uno tiene su territorio y a los intrusos les cortan las boyas.

Cortar la boya es una cosa, robar langostas de la trampa de otro es otra bien diferente.

Finn comenta que a un pescador de la zona adicto a las drogas lo encontraron culpable de hacerlo.

Funcionarios de la agencia de protección a la pesca cubrieron la trampa de un pescador con una tinta invisible.

Las manos del culpable brillaban bajo luz ultravioleta.

Finn lamenta: "Lo perdió todo, la licencia, el bote, todo. Tuvo que irse de la ciudad".

Contexto

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