El "ritual" de los disturbios en Grecia

Última actualización: Sábado, 2 de julio de 2011
Plaza Sintagma

La plaza Sintagma fue el centro de los disturbios.

Mientras continúan las protestas en las calles de la capital de Grecia contra el plan de austeridad del gobierno, la policía recurre a medidas cada vez más duras en su intento de parar las manifestaciones, ya parte del día a día ateniense.

Desde que llegué a Atenas, no tardé ni dos horas en verme en medio de los disturbios. Tosía y tosía, con los ojos prácticamente agonizando y otra nube de gas lacrimógeno se me venía encima.

Le eché la culpa al taxista. Me había dejado en el lado equivocado de Sintagma, la plaza central de Atenas y el foco de las protestas.

El conductor insistía en que, con tantas calles cerradas, el camino más corto para llegar al hotel era caminar. Podría ser el más corto, pero también no el más rápido.

Según andaba con Antonis, un estudiante de doctorado con el que empecé a conversar, sentí un cosquilleo en la nariz y empecé a estornudar.

"Eso es el gas lacrimógeno", me advirtió.

El "ritual"

Antonis justo acababa de empezar a explicar que las protestas eran fundamentalmente pacíficas cuando oímos una explosión y doblamos la esquina. Nos vimos justo en medio de un río de manifestantes huyendo de un cordón de policías armados con porras antidisturbios.

Nunca había sentido gases lacrimógenos antes, algo que la nube blanca que bajaba por la calle indicaba que estaba a punto de cambiar.

Policía y manifestante (Foto: AFP)

Policía y manifestantes, tras la batalla, pueden ser vistos en las mismas cafeterías.

El gas lacrimógeno, de hecho, no es un gas sino un finísimo polvo que, según los ojos se humedecen para evitar la irritación, más y más se pega a la cara.

Apartarse las lágrimas sólo sirve para que entre más polvo en los ojos. Y duele, duele bastante. Se siente exactamente como lo que es: ácido.

Antonis, típico estudiante ateniense y, por tanto, muy "experimentado" en estas situaciones, me ayudó mientras me tambaleaba a ciegas.

Sentí que alguien me tomaba de la mano y me untaba un líquido cremoso. "Es Maalox, un antídoto para el gas. Límpiate la cara con eso", me pidió Antonis.

Lo hice tal como me dijo, inmediatamente. El dolor empezó a pasar y la visión a volver.

Mi "salvador" me llevó hasta una calle paralela y en un momento, todo volvió a la calma.

El vertiginoso contraste entre la violencia de la plaza y la pacífica normalidad que se respiraba a unas pocas cuadras no dejó de impactarme una y otra vez.

Cuanto más tiempo pasaba en Atenas, más veía cómo los disturbios tenían un componente casi de ritual. Y eso no es algo que se pueda captar en las dramáticas imágenes que aparecen en televisión.

Identidades visibles

Ambas partes parecían actuar de forma bien ensallada. Tanto que, caminar fuera de la plaza Sintagma a veces parecía como salirse de un escenario de Hollywood.

En las terrazas de los cafés de las soleadas calles de alrededor de la plaza se podía ver a policías antimotines con sus armaduras de la era espacial hechas de kevlar fumando y disfrutando de un café.

"Cuanto más tiempo pasaba en Atenas, más veía cómo los disturbios tenían un componente casi de ritual. Y eso no es algo que se pueda captar co las dramáticas imágenes que aparecen en televisión."

En la mesa de al lado, bien podía haber jóvenes manifestantes con las caras todavía manchadas por los restos blancos del Maalox. Sin que se pudiera percibir una enemistad manifiesta.

Pero no concluya que las protestas son una farsa.

Lo importante es quién está metido, y aquí el Maalox –que es un medicamento contra la indigestión– vuelve a ser útil otra vez.

Sólo quienes han sido gaseados van con los restos blaquecinos en la cara, y hay una increíble cantidad de gente que puede contar la historia de las marcas blancas.

La mayoría jóvenes, sí, pero también hombres y mujeres mayores. Un ejemplo, un grupo de señoras de mediana edad que habían viajado por toda Grecia para estar en la plaza.

"Date una vuelta por la plaza. Verás familias enteras en los basureros buscando comida", me dijo una de ellas mirándome directamente a los ojos.

"Esto es un país europeo. ¿Cómo puede esto estar pasando en un país europeo?".

El efecto dominó

Ella, como tantos otros manifestantes con los que hablé, así como expertos y políticos, creen que Grecia ha sido acosada, hasta chantajeada para firmar el plan de ajuste.

Manifestante en Grecia.

Los manifestantes improvisan sus equipos anti gases lacrimógenos.

Cuando le pregunté a un líder sindical cómo Grecia podría hacer frente a sus deudas si los prestamistas cortan su dinero en efectivo, rió maliciosamente.

"No lo harán", dijo con confianza."Están aterrorizados con lo que les podría pasar si nosotros caemos".

Y probablemente tiene razón.

Grecia es un país pequeño y el rescate es relativamente barato.

Lo que de verdad temen el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea es el "contagio".

La preocupación es que la agitación en Grecia se expanda a Portugal e Irlanda, y en un escenario con tintes de Juicio Final a España e Italia, que tienen deudas mucho mayores.

Si el rescate griego significa que el mundo consigue evitar una nueva crisis, es bastante seguro que el dinero se encontrará, sea lo que sea lo que los políticos digan o hagan.

Así, el gobierno griego pasa por el ritual obsesivo del plan de austeridad, aunque nadie espera que realmente lo implemente en su totalidad.

Y una parte de ello es el ritual de la violencia que se interpreta en las calles de Atenas. Hay heridos, pero parece que son muy pocos los arrestados. Y el gobierno griego puede mirar al caos y decir a sus acreedores: "¿Podrían darnos ya un respiro?".

Contexto

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