Última actualización: Viernes, 14 de enero de 2011

Chile: los mapuches que se integran para salir de la pobreza

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Son la cara más transigente -y menos visible- del conflicto que divide a la sociedad chilena: las comunidades mapuches que han cejado en el enfrentamiento abierto con el Estado y los particulares por sus reclamos de tierras y han optado por modelos de integración con el "mundo blanco".

La cuestión mapuche está teñida de matices y diferencias incluso en el seno de esta etnia originaria, la más numerosa de Chile. Los más combativos practican una militancia, que en ocasiones es sospechada de incurrir en la violencia, por conseguir que les restituyan 10 millones de hectáreas que, según los registros, ocupaban sus ancestros a la llegada de los españoles.

Otros, en cambio, han decidido buscar vías de convivencia pacífica y, sobre todo, velar por su propio bienestar económico. Las estadísticas muestran que los mapuches y las regiones en las que mayoritariamente habitan tienen los índices de pobreza más elevados de todo Chile.

¿La palabra clave? Desarrollo productivo. Sobre eso se basan las alianzas que muchas comunidades establecen con empresas privadas, con miras a hacer negocios conjuntos.

Comunidad Mapuche

La cuestión mapuche esta teñida de matices y diferencias.

Los "grandes socios" son las forestales, poseedoras de alrededor de 1,5 millón de hectáreas y siempre deseosas de expandirse a nuevos terrenos.

Y los mapuches los tienen: de las tierras que poseen -muchas menos que en el pasado y algunas restituidas mediante programas estatales-, se estima que 60% queda sin explotar. Sólo en la sureña región de la Araucanía se calcula que hay unas 180.000 hectáreas de tierras forestales improductivas en manos de los indígenas.

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Réditos por partida doble

Las empresas hallaron una receta que tuvo buena acogida en algunos sectores: las comunidades ceden el uso de sus tierras para que éstas foresten y provean tecnología, sin resignar la propiedad y obteniendo el derecho sobre los árboles en el largo plazo.

"Al cabo de 12 años se dividen los árboles, mitad para ellos y mitad para la empresa, todo certificado ante notario. Cada uno es dueño de su parte y ellos los podrán vender a la mejor opción que tengan. Esto es mutua conveniencia", le explica a BBC Mundo Pedro Jaramillo, gerente de la forestal Bosques Cautín.

Desde 2007, esta empresa ha puesto en marcha su Programa de Forestación Mapuche, por el que trabaja con pequeños y medianos propietarios plantando eucaliptus en la zona de Chol Chol, cerca de la ciudad de Temuco.

Llevan 1.300 nuevas hectáreas forestadas en terrenos de 180 dueños mapuches, con una producción destinada mayormente a aserraderos y plantas de celulosa.

vivero

En el Programa de Forestación Mapuche participan las comunidades y empresas privadas.

Agustín Cheuquelaf, de la comunidad Mateo Yaupi, fue el primero en aceptar la sociedad con Bosques Cautín.

"Primero estábamos dudosos, pero entendimos que es un negocio que nos conviene. De esos campos no se sacaba ninguna producción, terrenos malos y llenos de pica-pica (maleza). Ellos vinieron con plata, maquinaria, semillas, técnicas... hartas cosas", dice el representante mapuche.

Así, los predios comunitarios quedaron divididos en dos partes, una para forestación y otra para la tradicional agricultura de subsistencia que practican como pueblo: "trigo, arvejitas, avena, todas esas cositas", resume Cheuquelaf.

Nativas y frambuesas

En algunos casos, los proyectos integradores son más ambiciosos y se proponen como un rescate de tradiciones mapuches desdibujadas por el paso del tiempo y el conflicto.

"Las forestales no pueden seguir plantando eucaliptus y pinos y ningún huinca (blanco) nos va a decir qué plantar. Nosotros lo propusimos y nos empoderamos de esto", reclama Arnoldo Ñanculef, presidente de la Asociación Indígena Rewe.

El modelo que diseñó esta entidad -que reúne a 22 comunidades de Chol Chol- se basa en rescatar las especies nativas, en lugar de apostar por plantas exóticas como el eucaliptus, que tienen un negativo impacto ambiental en el largo plazo.

No estamos plantando berries para venderlas en la feria libre en canastos chiquititos, mendigando como lo hemos hecho a lo largo de la historia

Arnoldo Ñanculef, presidente de la Asociación Indígena Rewe.

Su oferta tuvo eco: lograron asociaciones con tres empresas forestales para expandir los cultivos de 3.000 especies originarias, como colihue, maqui o arrayán. Plantas que, además, están ligadas a prácticas espirituales y medicinales en el mundo mapuche.

Pero, además de rescatar la tradición, han comenzado a mirar a los mercados internacionales.

"Se trata de un proyecto productivo de huertos frutihortícolas de frambuesas. En 2007 se establecieron las primeras ocho hectáreas de un plan de 250 en cinco años, en el que nosotros aportamos sistemas de riego y capacitación", le indica a BBC Mundo Augusto Robert Schwerter, gerente de Forestal Mininco, una de las involucradas.

Luego, los contactos con dos empresas exportadoras le garantizan a estos grupos una salida para sus frutos.

"No estamos plantando berries para venderlas en la feria libre en canastos chiquititos, mendigando como lo hemos hecho a lo largo de la historia", afirma Ñanculef, en su rol de werken (mensajero) comunitario.

¿Negociación o traición?

Lo cierto es que estas empresas que trabajan integradamente en Chol Chol son las mismas que los mapuches más radicalizados tienen en la mira.

Arnoldo nanculef

Ñanculef afirma que no hay que mirar el pasado y la violencia no es la vía para solucionar los problemas.

Mininco, por ejemplo, ha sido blanco de ataques en la zona de Temucuicui hasta que, en 2003, el gobierno chileno le compró el fundo Alaska para restituírselo a los reclamantes. Bosques Cautín, por su parte, se ha visto obligada a vender tres campos al Estado por situaciones de conflicto, según el gerente Jaramillo.

Los activistas, que asumen la causa de las tierras y la identidad como una cuestión de vida o muerte, critican a sus pares más dialoguistas, por considerar que las llamadas alianzas productivas son una concesión demasiado grande. Una suerte de derrota comunitaria.

Pero quienes se insertan en el modelo de trabajo con los privados defienden su elección.

"Estamos volviendo a levantarnos, a planear el futuro desde el punto de vista productivo. En cuestión de tierras es cierto que hemos perdido… pero más vale pájaro en mano que cien volando", expresa Heriberto Huaiqui Huentelao, lonko (cabeza) de la comunidad Rayen-Lafquen de Chol Chol.

"Hay cosas que ya están consumadas y no podemos sentarnos a mirar el pasado. Siendo legítima las diferencias con otros peñis (hermanos), creemos que la alternativa del enfrentamiento y la violencia no es la vía para solucionar los problemas", coincide Ñanculef.

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