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Las magas de la cerámica guaraní

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12 feb 2013 14:38 GMT

Manuel Toledo

BBC

Juana Marta Rodas y su hija Julia Isídrez

Cerca de la ciudad paraguaya de Itá, en una comunidad campesina llamada Caaguazú, hay una casa encantada. En ella han nacido caballos de tres patas y monstruos de siete cabezas que les han dado la vuelta al mundo.

En el patio, con las gallinas y los perros, viven la serpiente-loro Mboitu´i, deidad guaraní de los anfibios, el fecundo espíritu Kurupí, con su gigantesco miembro viril, y el temido Pomberito, de brazos cortos y pies peludos.

En la cocina hay figuras enormes, exquisitamente pulidas, que aparentan rocas y de las cuales salen cabecitas sonrientes que parecen estar hablando del último visitante que llegó en el bus desde Asunción, la capital, y que quizás se las lleve a algún lugar distante.

Bienvenidos a la casa-museo de Juana Marta Rodas y su hija Julia Isídrez, dos de las ceramistas más reconocidas de América Latina.

El año pasado dos de sus obras se presentaron en Documenta, una de las principales exposiciones de arte contemporáneo a nivel mundial.

Las piezas, que según los curadores "cuestionan la relación entre lo tradicional y lo contemporáneo", fueron escogidas -entre cientos de trabajos de unos 200 artistas de 55 países- para mostrarse en el llamado "cerebro" de la exposición, en la rotonda del Museo Fridericianum de la ciudad alemana de Kassel.

Como para destacar la antiquísima tradición que representan, los organizadores las habían colocado a pocos pasos de un grupo de las llamadas Princesas Bactrianas, pequeñas esculturas de Asia Central que datan del segundo o tercer milenio antes de Cristo.

"Me alegra que nos lo cuentes. Sabíamos que era una exposición importante, pero no teníamos idea de que nuestras obras estuvieran en una posición tan privilegiada", me dice Julia, mientras aviva las llamas de una pequeña hoguera que ha hecho en el patio para darle los últimos toques a una de sus cerámicas.

"Me hubiera gustado ir a la inauguración pero mi mamá ya tiene 88 años y soy su única hija".

Una larga tradición

Como yo, que luego de haber visto una y otra vez sus piezas en Kassel viajé a Paraguay desde Brasil con la esperanza de conocerlas, son varios los visitantes que ellas han tenido a raíz de su inclusión en Documenta 13.

"Hace poco vino el director de un museo francés, que vio nuestra obra en Alemania, y una galerista argentina, que leyó sobre ella en internet, y embajadores y cónsules", señala Julia, todavía asombrada del creciente interés internacional por el trabajo de ambas.

"En Itá hay muchas otras ceramistas. Es un verdadero honor que a nosotras dos nos hayan otorgado tantos premios", dice.

"Yo le doy las gracias a Dios, que me dio este don. Empecé a trabajar la cerámica desde los ocho años", añade su madre, quien combina en sus oraciones palabras del español y el guaraní, lentamente, como si estuviera mezclando arcilla y agua.

"Me enseñó mi abuela, María Balbina Cueva Oviedo. Mi mamá también era ceramista".

Ella recuerda que con el dinero de la venta de sus obras iniciales hizo su primera comunión y dice que ese trabajo le gustó tanto que se dedicó totalmente a la artesanía. Como su familia era muy pobre, nunca estudió.

Durante mucho tiempo se centró en hacer el tipo de cosas que más se vendía -cazuelas, vasos, platos y cántaros-, pero después comenzó a incorporar figuras humanas, de animales y mitológicas y a darle rienda suelta a la imaginación.

"Y yo aprendí mirando a mi mamá. Empecé a trabajar desde los 17 años con la artesanía. Antes me dedicaba a vender cosas en despensas, en tiendas, trabajé muchos años", recuerda Julia.

Nada de pintura

"Nosotras usamos el barro negro, que traemos en carretas desde el pueblo, a tres kilómetros de aquí. Lo vamos a sacar entre los pastos. El barro está a un metro debajo del pasto", explica la artista.

"Después lo mezclamos con ladrillo molido, lo pisamos y eso lo hace más resistente, antes de poner las cerámicas en el horno".

"Del horno se saca y se pone otra vez sobre hojas verdes para que salga ese color negro medio brilloso. No usamos sustancias químicas, nada de pintura. Todo es natural".

Cuando tienen muchos pedidos, otras artesanas les ayudan a preparar el barro.

"Pero la terminación es totalmente mía porque, además de delicada, hay también algún secreto para eso", dice Julia, sonriente.

Su mamá, a pesar de su avanzada edad, también le ayuda en lo que puede.

"Siempre trabajamos juntas. Hace dos años se recuperó. Tenía problemas del corazón pero su cardiólogo le dice que toque otra vez el barro, que modele otra vez, y estamos en eso".

Las obras más conocidas de ambas han sido fruto de esa colaboración. En ellas, han dejado atrás el aspecto primariamente funcional de gran parte de la cerámica popular para adentrarse en un mundo cada vez más imaginativo y menos utilitario, pero siempre apegado a la tradición.

Reconocimiento

Fue gracias a esto que comenzó su reconocimiento nacional e internacional, en especial después de que recibieran el Primer Premio de la Bienal Martel de Arte Contemporáneo de 1994, organizada en la capital paraguaya por el Centro de Artes Visuales/Museo del Barro, que tiene una magnifica colección y es el principal promotor del arte popular en el país sudamericano.

Después vinieron el Premio Villa de Madrid, España, en 1998; el del Fondo del Príncipe Claus para la Cultura y el Desarrollo en Holanda, en 1999, y también ese año, el galardón al Mejor Artesano Tradicional otorgado por la UNESCO, la Gobernación del Departamento Central de Paraguay y la asociación "Hecho a mano".

A partir de entonces sus obras empezaron a mostrarse con frecuencia en eventos internacionales, como la Bienal de Mercosur, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO), la Trienal de Chile y Documenta.

Además, en 2009 Juana Marta Rodas, "por su gran aporte a la identificación y el enriquecimiento de la cultura paraguaya", fue condecorada con la Orden Nacional del Mérito en el grado Gran Cruz, la más alta distinción de su país.

"Fue un gran honor para ella y, además, ha sido una gran suerte. Justo cuando mamá ya no puede trabajar, le vino un sueldito para los muchos medicamentos que tiene que comprar", dice Julia.

"Pero acá en nuestro país el arte está todavía bastante olvidado. A mí el Fondo Nacional de Cultura me ha ayudado un poco pero, en general, no hay mucha ayuda. Por eso, no puedo enseñar en mi taller porque no puedo dejar un día sin trabajar. Tenemos que comer".

"Si tuviera aunque fuera una pequeña entrada fija podría enseñarle a mucha gente. Vienen muchos niños y estudiantes universitarios que quieren aprender pero no puedo dedicarles el tiempo necesario", dice.

"Pero el reconocimiento que estamos teniendo es lo que me alienta y me da fuerzas para trabajar más y más. Tenemos muchísimas cosas que hacer todavía".

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