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Los franceses se preguntan si se acerca el fin de la era Sarkozy

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24 abr 2012 03:56 GMT

Hugh Schofield

BBC

Nicolas Sarkozy

Después de enterarse que había quedado primero en la votación durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, la mejor noticia para el candidato socialista Francois Hollande llegó horas después en el discurso de Jean-Luc Melenchon, de la extrema izquierda.

Al dirigir la palabra a sus simpatizantes frente a la sede del Partido Comunista en París, Melenchon los exhortó a votar por Hollande en la segunda vuelta el 6 de mayo, "sin pedir nada a cambio".

En una sola frase, Melenchon le quitó la desventaja potencial más grande a la esperanza de Hollande en la segunda vuelta.

Con la seguridad de que los 3,8 millones de votantes de Melenchon lo apoyarán automáticamente, Hollande tiene cubierto su flanco izquierdo.

Así, para las dos semanas de la campaña para la segunda vuelta, el candidato socialista puede seguir como antes: con confianza, consistencia y calma.

Muy diferente al presidente Sarkozy, quien para conseguir algo el 6 de mayo deberá elevar aún más su ya alto nivel de energía y generación de ideas.

Aritmética y atmósfera

El contraste será evidente, y no a favor del presidente.

En las elecciones presidenciales francesas, el resultado suele definirse en los días inmediatamente después de la primera vuelta.

Se establece un ambiente; las encuestas muestran que el candidato A aventaja al candidato B; y el país imperceptiblemente toma su decisión.

Para cuando llega la segunda vuelta, la elección del candidato A llega a parecer inevitable, y el resultado es casi un anticlímax.

Esto podría estar ocurriendo ahora. La aritmética y la atmósfera parecen estar cargadas contra el presidente Sarkozy.

Nueva batalla

Y sin embargo, como los seguidores del mandatario siguen insistiendo, la segunda vuelta de una elección en Francia es una nueva batalla.

En la campaña oficial para la primera vuelta, por ley se dio a los 10 candidatos igualdad en tiempo al aire.

Para el bando de Sarkozy, esto significó que hubiera nueve candidatos compitiendo por decir las peores cosas posibles sobre él.

Fue un arreglo injusto, arguyen los sarkozistas, porque el mensaje del mandatario quedó enterrado en una avalancha de hostilidad. Pero esa fase se acabó. Ahora es una competencia de hombre a hombre contra Francois Hollande, y Sarkozy puede empezar a darse valor.

La nueva fase también implica que la campaña puede comenzar a enfocarse propiamente en una comparación de programas.

Los sarkozistas creen que esto puede favorecer al presidente. Dicen que Hollande ha sido un maestro de la vaguedad y la palabrería. Su habilidad es sintetizar ideas de otras personas, y eso es una receta para la inercia.

Ahora es tiempo de que Hollande sea forzado a defender los detalles de su manifiesto y, a los ojos de los simpatizantes del presidente, revele sus fallas

Esta es la lógica detrás del llamado de Sarkozy para tres debates de los candidatos antes del 6 de mayo. Él sabe que éste es el tipo de foro en el que puede superar públicamente a su rival.

Desafortunadamente para él, Hollande sólo lo concederá uno.

El factor de la extrema derecha

Pero otro factor se cierne sobre la campaña para la segunda vuelta, cuyas implicaciones nadie entiende realmente. Se trata del voto masivo para Marine Le Pen.

La líder del Frente Nacional logró con facilidad su meta de superar el mejor puntaje de su padre, de 16.8%. Mientras 4,8 millones de votantes escogieron a Jean-Marie Le Pen en 2002, unos 6,3 millones votaron por su hija, dándole más de 18% del total.

No son noticias particularmente buenas para Nicolas Sarkozy.

Muchos de estos 6,3 millones preferirían abstenerse o incluso votar por Hollande en vez de hacerlo por un hombre que consideran traicionó su confianza.

Además, a la dirigencia del Frente Nacional le conviene que Sarkozy pierda ante Hollande. Esto, porque Marine Le Pen espera que una derrota de Sarkozy conduzca a una implosión de su partido, la UMP (Unión por un Movimiento Popular).

Ella planea entonces relanzar el Frente Nacional con un nuevo nombre, fusionándolo con los disidentes derechistas de la UMP, para convertirse en la principal oposición a los socialistas en el gobierno.

Sarkozy realmente tiene poco que ganar del éxito de la extrema derecha.

Pero hay algo muy impredecible sobre el electorado del Frente Nacional. Son cada vez más numerosos; cada vez más asertivos; y ciertamente no son de izquierda.

Por eso es que el éxito de Le Pen fue el desagradable tufillo que empañó la celebración de Hollande por la primera vuelta: un recordatorio de que a pesar de todo su éxito, el electorado francés es más derechista de lo que a él le gustaría.

No hay refugio

Con todo, hay que ser valiente para apostar por el triunfo de Sarkozy.

Se han hecho muchos comentarios sobre cómo es el primer presidente en ejercicio en no quedar primero en la primera vuelta electoral.

Lo cual es cierto, pero de alguna manera sin sentido.

El presidente Mitterrand en 1988 y el presidente Chirac en 2002 estaban ambos en periodos de "cohabitación"; en otras palabras, estaban en el cargo al lado de primeros ministros del bando político opositor.

Esto les permitió pasar a un segundo plano del gobierno, replegarse al esplendor presidencial, y entonces colocarse como la oposición al llegar las elecciones.

Esta no es una opción que el presidente Sarkozy haya tenido ni deseado jamás.

Desde el principio actuó más como un primer ministro que como un presidente francés, tradicional y monárquico.

Todo muy encomiable, pero este es el precio: no hay refugio en tiempos difíciles detrás de los muros palaciegos del Elíseo.

Sólo la voz implacable del votante.

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