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El corredor de ultramaratones que aprendió de la tribu de los superatletas

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10 abr 2012 02:11 GMT

Christopher McDougall

Autor de "Born to run", especial para la BBC

Micah True

El maratonista Michael Randall Hickman, conocido también como Micah True o el Caballo Blanco de los montes de la Sierra Madre mexicana, fue una figura talismánica para los corredores de maratones extremas hasta su muerte reciente.

Lo único misterioso respecto a su desaparición, ocurrida la semana pasada, es que por primera vez sabíamos dónde estaba.

No estaba en busca de una nueva ruta secreta a través del interior de México porque había escuchado que bandido lo aguardaba en la ruta antigua.

No se había largado al alba para correr todo el día a través del Cañón del Cobre, en México, para visitar los ocultos hogares de sus amigos, los indígenas tarahumara.

Tampoco iba en una destartalada camioneta por el desierto de Mojave, en busca de unos pocos meses más de comida como un trabajador de mudanzas errante.

En vez de eso, llenó un recipiente con agua para su mascota, le dijo a un amigo que volvería antes de almuerzo, corrió cinco kilómetros hacia la agradable y segura reserva natural estadounidense de Gila, Nuevo México, y desapareció.

La noticia trascendió el jueves.

A primera hora del viernes, amigos y admiradores del Caballo, que habían manejado toda la noche, hacían fila para integrarse a las patrullas de rescate.

Entre ellos, estaban los campeones de maratones extremas Kyle Skaags y Scott Jurek.

El actor Peter Sarsgard llegaría pronto.

Yo estaba a más de 1.000 kilómetros cuando me enteré, pero había tanta gente movilizándose, y desde tantas direcciones, que bastaron dos llamados y diez minutos para conseguir quién me llevara.

Me ubiqué al lado de Luis Escobar, fotógrafo y director de competencias, a quien conocí la última vez que habíamos salido en busca del Caballo, seis años atrás.

La "gente que corre"

La primera vez que supe de Caballo Blanco fue en 2005, cuando yo trataba de aprender los secretos de los tarahumara, quienes se llaman a sí mismos "la gente que corre".

Por siglos, desde el bello Cañón del Cobre, en el noroeste de México, han emergido increíbles historias de resistencia y velocidad de los tarahumara.

En 1993, uno de sus corredores, de 55 años, con sandalias caseras y su toga nativa, apareció en el punto de partida de la Leadville Trail 100, una temible carrera a través de las Montañas Rocallosas estadounidenses equivalente a cuatro maratones completas, y derrotó a un montón de corredores de elite de varios países.

Al año siguiente, otro corredor tarahumara echó abajo el record del circuito.

Después, los tarahumara se retiraron al Cañón y no han vuelto más.

Si uno estudia el video de la carrera de 1994, puede ver una figura alta, desgarbada, que corre paso a paso con un corredor tarahumara.

Aparece por un instante, después se desliza hacia un lado apenas antes de llegar a la meta y desaparece entre la multitud.

Se trataba de un exboxeador que se estaba recuperando de una desilusión amorosa a punta de largas carreras por las rutas del Colorado.

El guía

Cuando los tarahumara necesitaron a alguien que los guiara por los últimos 80 kilómetros de la carrera, él se ofreció como voluntario.

Algo de esa noche, acerca de la experiencia de correr en silencio en la oscuridad, codo a codo con un extraño de otro siglo, debe haberlo afectado profundamente, porque, después de que los tarahumara se marcharan, Michael Randall Hickman se fue tras ellos.

Éste iba a renacer, primero como Micah True, autodenominado buscador de la antigua sabiduría, y, después, como Caballo Blanco, entreteniendo a los niños tarahumara con coceos y relinchos.

Para el momento en que logré ubicarlo, ya había vivido 15 años con los tarahumara. Su secreto, me confesó Caballo, era simple.

Los tarahumara recuerdan que los seres humanos son creaturas en constante movimiento.

Y si olvidamos que hemos sobrevivido y crecido por la mayor parte de nuestra existencia como corredores de fondo, sufrimos las mismas consecuencias de otros animales enjaulados: enfermedad, altibajos del ánimo, desórdenes intestinales, malestar general.

"Los tarahumara no son más inteligentes que nosotros: sólo tienen mejor memoria."

Aprende el bello arte de correr, me dijo Caballo, y puedes transformar tu vida.

"No luches contra la pista. Toma lo que ésta te da," empezó.

"Segunda lección: piensa en términos fáciles, ligeros y rápidos. Uno empieza con lo fácil, porque es lo que uno recibe y eso no está mal.

"Después, hay que trabajar el aspecto de la ligereza. Házlo sin esfuerzo, como si no te importara lo empinado que es el monte ni cuán lejos tienes que ir".

El sueño

El sueño de Caballo era lograr que todo el mundo supiera que había un conocimiento arcano, en el Cañón del Cobre, que valía la pena proteger.

Su método consistió en crear un día con un festival de carreras extremas en el corazón del territorio tarahumara.

Nueve meses después de que me mostrara su técnica, pude volver al Cañón del Cobre, en 2006, junto a ases como Scott Jurek y Luis Escobar para la Ultramaratón de Caballo Blanco.

Desde entonces, la carrera ha crecido más allá de cualquier expectativa de Caballo.

Este año, el 4 de marzo, más de 400 tarahumara y casi 100 visitantes participaron, incluyendo al excampeón de la maratón de Nueva York, Germán Silva.

"Lo vi más feliz que nunca," me dijo Will Harlan, uno de los amigos de Caballo.

"Parecía tener una gran tranquilidad, estar muy equilibrado, incluso al ver que un número sin precedentes de tarahumara se disponía a participar en la carrera."

Apenas tres semanas después, Caballo se dirigió desde México a Arizona, para visitar a su novia, otra corredora que, como Sarsgard y miles de otros como yo, habían sido transformados por su mensaje.

En un punto del camino, Caballo se detuvo en una posada cerca de la reserva de Gila, en Nuevo México, un lugar que había visitado muchas veces.

El lunes, salió a una carrera de seis horas con Guadajuko, un perro mexicano que adoptó y bautizó como "el perro fantasma."

El martes, decidió correr 18 kilómetros antes de volver a su vehículo.

Guajuko tenía las patas heridas y Caballo lo dejó atrás, después de decirle a la dueña de la posada que volvería en dos horas.

Cinco días más tarde, fue encontrado, al fin, junto a un frío arroyo montañés, no lejos de la posada. Su muerte continúa siendo un misterio.

Uno de los corredores que encontró a Caballo dijo que éste parecía haber muerto en paz, como si hubiera parado para una siesta al fin de una larga y gloriosa carrera a través de los bosques, y no hubiera despertado más.

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