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América Latina y el robo de obras de arte

1 nov 2011 01:25 GMT

Thomas Sparrow

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Al final de la tarde del 21 de octubre, Óscar Hernández estaba haciendo la última ronda del día por la Casa Museo Negret, en la ciudad colombiana de Popayán, cuando descubrió un hecho inusual: había desaparecido un grabado en aguafuerte que Pablo Picasso realizó en 1955 y que había sido donado al museo en 1994.

"Yo mismo vi el Picasso en la mañana, al mediodía, a las cuatro de la tarde, pero cuando fui a apagar las luces del museo, ya no estaba", recordó Hernández, director del museo.

"El Museo Negret funciona sin presupuesto fijo. La casa se estaba cayendo y ha tenido un abandono progresivo, así que cuando se robaron el Picasso no había cámaras y sólo un vigilante", dijo.

Aunque no se trata de una de las obras más importantes o conocidas de Picasso y según Hernández estaba deteriorada, el hecho de que un grabado de un artista de talla mundial haya sido robado en Colombia no deja de ser significativo.

Además, vuelve a poner sobre la mesa cómo distintos países de América Latina son víctimas de hurtos relacionados con el arte y la propiedad cultural, una empresa criminal que genera pérdidas globales estimadas de hasta US$6.000 millones al año, según el FBI.

Repase cómo fue el millonario robo de dos cuadros en el Museo de Sao Paulo, en 2007.

El arte del robo

En la historia reciente de Argentina, un robo con tintes de novela policial ocurrió a medianoche en plena navidad de 1980, cuando un grupo de ladrones ingresó por el techo del Museo de Finas Artes de Buenos Aires y sustrajo obras de artistas impresionistas franceses como Cézanne, Renoir, Gauguin y hasta una de las bailarinas de Degas.

Más de tres décadas después, el misterio continúa sin resolverse del todo y sólo han sido recuperadas tres de las 16 obras. Y ese logro ocurrió en 2005, después de una pesquisa que incluyó trabajos en Buenos Aires, Londres y Taiwán y que contó con la experiencia de un hombre que también ha trabajado para recuperar obras en Perú y en Brasil.

Se trata del británico Julian Radcliffe, quien pasó de ser un experto en inteligencia militar en el Medio Oriente a dirigir The Art Loss Register, un banco de datos de obras de arte robadas o perdidas que sirvió de base para certificar que las obras francesas eran en realidad las del museo argentino.

Gracias a esa experiencia y a otros trabajos en Brasil y Perú, Radcliffe conoce la situación en América Latina y explica que hay tres factores en los que la región está involucrada en el mercado de obras hurtadas.

"Primero están las obras que han sido robadas propiamente en América Latina. Segundo, el arte robado en Europa y Norteamérica puede ser 'reciclado' a través de Sudamérica, especialmente si ha sido usado en el mundo de las drogas. Tercero, está el problema de la excavación y exportación ilegal de antigüedades", argumentó en entrevista con BBC Mundo.

Noah Charney, director de ARCA, una asociación para investigar crímenes contra el arte, agrega que el principal problema para América Latina es ese tercer factor, al que se añade también el hurto de arte religioso.

"El comercio ilícito de antigüedades es el más difícil de prevenir, el más difícil de vigilar y (puede ser) el más rentable para los criminales", dice.

Lea también: Advierten sobre el robo de arte en América Latina

Antigüedades y bandas criminales

Durante su carrera de 15 años como agente encubierto del Buró Federal de Investigaciones (FBI), Robert Wittman tuvo la oportunidad de comprobar en carne propia los tres puntos que describe Ratcliffe y la importancia de lo que cuenta Charney.

Dice que se hizo pasar por un traficante de artesanías precolombianas para ayudar a recuperar unos 700 objetos que estaban siendo contrabandeados desde Guayaquil a Miami, viajó a Brasil para negociar la entrega de tres cuadros del estadounidense Norman Rockwell que habían sido hurtados de una galería de Mineápolis y jugó un papel en la recuperación de una pieza de armadura de oro de la tumba peruana del Señor de Sipán.

"Identificamos a quien estaba tratando de vender la armadura, yo me ofrecí a comprarla haciéndome pasar por un agente que negocia con arte precolombiano para coleccionistas y luego la trajeron desde Perú hasta Newark por Panamá. Capturamos a dos personas y recuperamos la armadura en 1997", le resumió la historia a BBC Mundo.

Vea este video sobre cómo México lucha contra el saqueo arqueológico

Cuando se le pregunta por el perfil de los criminales con los que él tenía que tratar, Wittman indica que los autores de los hurtos no se organizan sólo para robar arte. "Ellos también roban autos, están involucrados en el tráfico de armas y venden drogas si pueden".

Charney y Ratcliffe coinciden con ese vínculo entre el robo de arte y otros crímenes, como el narcotráfico.

El primero señala que se pueden comprar obras de arte para lavar dinero, como pago colateral en algún otro mercado negro o para pagar un rescate.

Agrega que en varios países de América Latina, los robos de arte ocurren "en territorios controlados por grandes grupos criminales que como mínimo tendrían que saber sobre estos crímenes y darles permiso a los grupos más pequeños que los llevan a cabo".

Ratcliffe, por su parte, argumenta que las obras de arte pueden ser usadas como una garantía de pago en un negocio criminal o de drogas. "Eso está pasando en Sudamérica y en los Balcanes", dice como ejemplo.

Pero Wittman es cauteloso con este último punto.

"Yo trabajé como investigador criminal del FBI. ¿Qué narcotraficante con dignidad entregaría dos kilos de heroína a cambio de un cuadro robado de Monet?".

"Nunca vi eso. Nunca en 20 años", concluye.

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