Última actualización: martes, 1 de septiembre de 2009 - 10:00 GMT

La niña de la guerra

Hanna Fuglewicz

Hanna Fuglewicz tenía 11 años cuando la guerra llegó a las puertas de Varsovia.

Ya todos lo sabían. Que la guerra estaba a las puertas, que el ejército necesitaba a sus reservistas, que se respiraba en las calles un sentido de urgencia cuando todavía el miedo no se sentía en la piel.

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Un día de verano de 1939, Hanna Fuglewicz volvió de quién sabe dónde y vio a su madre poniendo tiras de cinta adhesiva gruesa en las ventanas de su casa de Varsovia. "Si algo pasa, por lo menos no se van a caer los vidrios", le dijo a la niña.

Así, con los vidrios a medio tapar, llegó el 1º de septiembre a Polonia. El primer día del ciclo escolar, aunque a Hanna ese año le quedó el uniforme planchado y sin uso.

"Me desperté sintiendo que algo raro estaba pasando. La empleada entró corriendo, 'hay guerra, hay guerra' y faltó poco hasta que empezamos a escuchar los aviones".

Después llegarían las noticias de que las tropas alemanas habían entrado en territorio polaco en la madrugada, y la Luftwaffe sobrevolaba ya la capital.

La ocupación

No alcanzamos a salir por las rutas repletas de civiles escapando. Y después ya no hubo esperanza… La ciudad luchó y luchó, hasta que no pudo más

A los 11 años, Hanna aprendió a distinguir el sonido de las bombas alemanas del de la artillería polaca que repelía a los invasores. Lo aprendió incluso antes de sentir por primera vez el olor del miedo. A ella le llamaban la atención esas latas de jamón de cinco kilos y las estanterías llenas de frascos y conservas que por esos días se compraban con frenesí. Provisiones desmedidas para una familia de cuatro.

"Mi mamá había pasado la Primera Guerra, y sabía…".

Quisieron huir al este, hacia la frontera con Rusia, para ganar tiempo antes de que las tropas alemanas avanzaran. Pero el plan se frustró con la invasión rusa unos días después.

"No alcanzamos a salir por las rutas repletas de civiles escapando. Y después ya no hubo esperanza… La ciudad luchó y luchó, hasta que no pudo más. Me acuerdo cuando fue la capitulación de Varsovia (27 de septiembre). Salimos a la calle con mi mamá y vimos las veredas. Las veredas de la capital eran amplias y adornadas con flores, y ahora esos espacios de tierra se habían convertido en tumbas… no había tiempo de llevar a los muertos al cementerio".

Hanna con su uniforme de combatiente

Hanna formó parte del ejército clandestino polaco.

Las calles de Varsovia fueron escenario del desfile triunfal de las tropas alemanas. Un despliegue de milicias engalanadas y armas recién usadas, ante la mirada atenta de Adolf Hitler en la recién rebautizada "Adolf Hitler Platz". Hanna lo recuerda aunque no estuvo, lo vio quizás mucho después en la película épica de Leni Riefenstahl, la cineasta del nazismo.

"La gente vivía como podía… uno iba caminando tranquilo por la calle y llegaban esos enormes camiones, cerraban dos calles y se llevaban a todos los que quedaban ahí, a cualquiera, para hacer trabajos forzados en Alemania. No sé cuánta gente murió en esos años…".

A su padre la muerte sin aviso le tocó una noche. Corría 1941 y el hombre estaba en una reunión con la intelligentsia polaca. Un año más tarde, una nota escueta del campo de concentración de Flossenbürg les notificó que era uno más en la lista de víctimas fatales. La madre de Hanna nunca lo creyó. No pudo o no quiso, hasta el final de la guerra.

La resistencia

Vio levantarse los muros del gueto: judíos construyendo tapiales para poner frontera a su propia libertad. Judíos de Polonia y judíos traídos de fuera. Judíos que murieron en el levantamiento heroico pero imposible de 1943, y judíos que se salvaron del gueto y fueron trasladados a campos de concentración de los que no se salvaron.

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"Nosotros los ayudábamos. Entre la juventud no había diferencias religiosas, al contrario. Los chicos se escapaban y mamá les daba de comer, les tenía pan o sopa. Cuando no venían, ya sabíamos lo que había pasado... Cuando fue el levantamiento, vimos escenas dantescas: mirábamos el cielo de fuego rojo, las llamas en las casas que todavía tenían gente adentro…".

Su hermano mayor tenía 19 años entonces. Estaba preso en el gueto porque las cárceles no daban abasto y murió un año después. "No murió, lo fusilaron", se corrige Hanna y el recuerdo se calla. De eso no quiere hablar.

"Se empezó a organizar muy pronto lo que luego fue el ejército clandestino, el Armia Kraiova. Nosotros éramos una generación muy patriótica, la de aquellos que habíamos nacido después de la independencia de Polonia en 1918. Aunque al principio todo lo hacíamos de una manera infantil".

Primero fueron las pintadas furtivas en edificios tomados: una P y una W, "Polonia Lucha", una expresión de deseo, un "demostrar que vivimos" a la espera de la asistencia militar de los aliados que los sacara de la opresión.

Carnet de pertenencia al ejército clandestino

El carnet de combatiente.

"Todos querían luchar. Era imposible ser joven en esos días y no involucrarse. Imposible, imposible…".

En 1944 prestó juramento en una célula del ejército clandestino. Aprendió a limpiar armas, a dar primeros auxilios, a hacer de correo humano, de correveidile de información estratégica. Hanna se convirtió en Lalka, "muñeca" en polaco: nombre de combate de la muñeca de un pelotón del Armia Kraiova.

La única foto que tiene de la época la muestra con traje sastre de tela gruesa, impermeable gris, boina ladeada, pelo corto con algún rizo, la cara aniñada para sus 16 años, todavía sin la huella que las esquirlas le dejaron para siempre al lado del ojo derecho.

La batalla fue calle por calle, edificio por edificio. "Podemos decir que fueron pérdidas iguales entre el ejército alemán y el nuestro, 20 mil de cada lado. Pero ellos tenían todo tipo de armas, nosotros teníamos algo escondido… pero poco".

La salida

Los combates urbanos duraron 63 días, aunque ellos estaban preparados para tres o cuatro. Creían que los rusos, apostados cerca del río Vístula, llegarían en su auxilio: "Era ahí, era un movimiento y ya estaban adentro. Pero se quedaron esperando de brazos cruzados… y no se movieron".

De golpe apareció un tanque que rompió el portón y unos oficiales… ¡Y hablaban polaco!

Y a los jóvenes de la resistencia les llegó la hora de la rendición. Tuvieron garantías: serían tomados como prisioneros de guerra, pero para ellos no habría campos de concentración ni trabajos forzados, según exigieron los aliados. El trató se cumplió.

"Tuvimos enorme suerte. Nos llevaron a un campamento muy cerca de la frontera con Holanda, llamado Overlangen, y allí, el 12 de abril, una patrulla no muy grande del ejército polaco que estaba combatiendo en Alemania, nos liberó. Éramos 1.730 mujeres. No voy a olvidarme nunca del enorme portón de hierro y alambre, donde de golpe apareció un tanque que rompió el portón y unos oficiales… ¡Y hablaban polaco!".

Su madre había quedado en Varsovia, única sobreviviente de las bombas y las ausencias a fuerza de rezos a la virgen de Czestochowa, la Madonna negra que vio en misa, sin faltar un solo día, para pedir por la hija a la que no volvería a ver en doce años.

La emigración

Sygmunt

Sygmunt, el esposo "apuesto, muy apuesto" de Hanna.

Madre e hija se reencontraron en Argentina, donde Hanna desembarcó en 1949, al final de la oleada inmigratoria desatada por la Segunda Guerra.

Antes, Hanna había conocido a Zygmunt, su esposo "apuesto, muy apuesto, cómo no", muy James Dean, ojos intensos, pelo a la gomina. Se casaron en Londres, ella de traje sastre y sombrero de Harrods, sin madre cerca ni vestido blanco ni ganas de festejar.

"Era la Guerra Fría y parecía que iba a estallar la Tercera Guerra Mundial. A mí me agarró temor… creo que nunca en mi vida había tenido tanto temor. Me quería ir de la isla porque no quería soportar otra guerra".

A sus manos llegó oportunamente una revista New Argentine, propaganda de la era peronista con Evita engalanada de perlas y vestidos Dior y promesas de un nuevo comienzo. Y se fueron, con una hija a cuestas y otra en el vientre.

Y la vida siguió en Buenos Aires. Una fábrica de plásticos para ganarse el sustento. Dos hijas, cuatro nietas, seis bisnietos

Llegaron a un puerto sucio y vacío de un país de idioma ajeno. "De esta también vamos a salir", prometió Zygmunt.

Y la vida siguió en Buenos Aires. Una fábrica de plásticos para ganarse el sustento. Dos hijas, cuatro nietas, seis bisnietos, "una vida buena".

Volvió a Polonia por primera vez en los años 80, cuando el activista Lech Walesa y su movimiento Solidaridad se convertían en pieza clave en el enfrentamiento contra el gobierno comunista. Estaban ella y Zygmunt, en medio de un estallido de estandartes rojos y blancos, los de su militancia joven, los de la esperanza de una nueva Polonia para miles de ciudadanos.

"Nos hicimos ese regalo con mi marido después de tantos años, después de tantas cosas…".

Todavía había signos de la ciudad de la guerra: marcas de bombas, el gueto destruido, edificios a medio hacer o a medio caer. Hanna, ya viuda, hizo otro viaje en 1993. Para entonces, su Varsovia era otra, y de los escombros no había ya rastros.

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