Última actualización: jueves, 19 de noviembre de 2009 - 15:58 GMT

Ya no basta con crecer

¿Otro tipo de riqueza?

Al parecer, el PIB no está diseñado para medir el bienestar social.

En la enorme crisis económica actual, cada vez son menos los que creen que la riqueza de una nación se pueda medir por el Producto Interno Bruto (PIB).

¿Cuál es, entonces, el significado de la riqueza? ¿Cuál es su relación con aquello a que aspiramos todos y que elude el menor intento de conceptualización, es decir, la felicidad? A continuación, algunos atisbos de respuesta para la incontestable pregunta.

El filósofo inglés Jeremy Bentham (1748-1832) se habría sentido comprendido enteramente si hubiera sabido que un grupo de universitarios borrachos aprovechó un descuido de quienes custodiaban su cuerpo embalsamado para robarle la cabeza y jugar al fútbol.

Si la anécdota parece macabra, al menos conjuga el valor hedonístico de una acción humana con un objetivo común para toda la sociedad: el principio de utilidad de Bentham, que definía el sentido de la obligación moral por referencia a la mayor felicidad del mayor número de personas afectadas por una acción.

Aunque toda definición de "felicidad" hace agua de la manera menos pensada (imposible un consenso sobre "la mayor felicidad"), Bentham era un reformador social, atormentado por la miseria de las grandes masas.

Nuestros tiempos, en cambio, están hechos para individuos que buscan la ganancia pingüe, la mayor cantidad de placeres y la menor cantidad de trabas legales y morales en su obtención.

Y esto viene desde hace más de tres décadas.

Cuando la sociedad "no existe"

Amartya Sen y Joseph Stiglitz

Amartya Sen y Joseph Stiglitz, ganadores del Premio Nobel de Economía, se preguntaron sobre la felicidad.

En 1979, llegó al poder en el Reino Unido la líder del Partido Conservador. En su celo desregulador, privatizador y acosador de sindicatos, Margaret Thatcher dio con un apotegma que acomodaba todas las apetencias individualistas de la época: "La sociedad no existe; sólo existen los individuos y sus familias".

Aunque no muy digna de un análisis más profundo, la premisa destrababa escrúpulos y permitía, por lo menos, una proposición de felicidad basada en la acumulación personal, que se traducía en abundancia de placer y en el olvido de los demás.

Sin tener que preocuparnos de los otros, y si aceptamos que todo sufrimiento proviene del choque entre nuestra voluntad y la realidad que le interpone obstáculos, una definición de felicidad para estas tres décadas y media de ultraliberalismo económico podría ser la siguiente: absoluta coincidencia entre los deseos personales y su realización.

Por desgracia, en cuanto a placeres, el primer pastel es memorable; el segundo, sólo bueno y el tercero, vomitivo. Sin contar con que el resultado de una serie de placeres puede concluir en esa frustración que el poeta resumía como "el alba del trasnochador arrepentido".

Respecto a la acumulación monetaria, no son pocos los economistas estupefactos ante la paradoja: el primer millón de dólares resuelve problemas, el segundo los crea. Abandonemos toda esperanza: la absoluta coincidencia entre los deseos y su realización conduce al hastío. Tener no es lo mismo que ser. Aquí es donde queda crucificado este tipo de individualismo. Los ricos también lloran, ¿ve?

Una crisis especial

El informe de los premios Nobel recomienda que el PIB se use sólo como una medida para la actividad del mercado. Los nuevos sistemas deben tomar en cuenta, entre otros, factores como la salud del medio ambiente, la seguridad y la educación.

Las contradicciones internas del capitalismo determinan que, cada cierto tiempo, la riqueza se transforme en pobreza y carencia. Esta alquimia perversa, que reproduce inevitablemente el ciclo que va desde la superabundancia a la escasez, presenta –en la crisis actual- dos agravantes.

Primero, a la caída libre de la economía, los grandes bancos del mundo le añadieron un impulso vertical hacia abajo con esa danza demencial de miles de millones en que se compraban y vendían los mismos "activos tóxicos", bajo distinta etiqueta.

En segundo lugar, para agregarle sal a la herida, el despreciado Estado, en las economías más ricas del mundo, debió salir en ayuda de estos banqueros arruinados con dinero de todos los ciudadanos.

En este panorama, dos premios Nobel y un presidente europeo se preguntaon hace un tiempo por la felicidad.

La conexión francesa

Joseph Stiglitz (aparte de Premio Nobel, renunciado director del Banco Mundial ) y Amartya Sen (también premio Nóbel) denuncian “el fetichismo del Producto Interno Bruto” y la “religión de las estadísticas” a la hora de medir el bienestar de la sociedad.

Por contraste con la concepción estadounidense, la posición francesa –que no es distinta de la europea– es la de moralizar el capitalismo

Waldo Rojas, profesor de Historia de la Sorbona

Todo esto en un informe que fue encargado, no hace mucho, por (¿sorpresa?) el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, quien llegó a expresar que la crisis del capitalismo actual no solamente nos hace libres para imaginar un mundo más justo, sino que, también, nos obliga a construirlo.

Los franceses tienen más de una razón para sentir que el bienestar social es una prioridad. Entre otras cosas, se les envidia por sus servicios médicos, su sistema educacional y de transporte. ¿Por qué habría de venir esta crítica de un presidente de Francia, y de un presidente de derecha?

Capitalismo moralizador

"Por contraste con la concepción estadounidense, la posición francesa – que no es distinta de la europea – es la de moralizar el capitalismo", afirma a BBC Mundo Waldo Rojas, profesor de Historia de la Sorbona, en París.

Y añade que, en esta concepción, "no puede haber un sistema que se base exclusivamente en la competencia y la ganancia, sin otras consideraciones, porque eso conduce a la crisis en que estamos".

Lucha de Francia

Nicolas Sarzkoy, presidente de Francia

"Francia luchará para que todas las organizaciones internacionales modifiquen sus métodos estadísticos, Francia exhortará a sus socios europeos a establecer un ejemplo y –por lo tanto– modificará sus propios sistemas de evaluación".

Nicolas Sarkozy, presidente de Francia

Stiglitz y su veintena de expertos aseguran que no todo lo que brilla es oro. Todo PIB tiene su lado oscuro. Por ejemplo, cualquier aumento en el consumo de combustible eleva las cifras del crecimiento, aunque no reflejen nada más que embotellamientos y contaminación.

¿Podremos depositar nuestra esperanza de felicidad en un intento de reforma semejante?

No hay mucho optimismo en la trinchera del catedrático de La Sorbona. Según Rojas, el propósito moralizante está condenado al fracaso, dado que "el capitalismo sitúa al ser humano en el papel de depredador y le acuerda a ese rol un valor positivo".

Según Stiglitz y Sen, los nuevos sistemas de medición de la felicidad deben tomar en cuenta, entre otros, factores como la salud del medio ambiente, la seguridad y la educación.

Eso que el pequeño país budista de Bhutan denomina" Felicidad Interna Bruta".

Claro que Bhutan queda un poco lejos.

Un año de crisis

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