Arte popular salvadoreño
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La Iniciativa Pro Arte Popular (INAR) creó en 1997 el Museo de Arte Popular en un barrio de San Salvador. El espacio está dedicado a las miniaturas en barro de Ilobasco, población que se ha distinguido por una larga tradición cerámica. La fabricación del muñeco de barro empezó a mediados del siglo XIX con la elaboración de los llamados misterios o nacimientos del niño Jesús. En principio, los artesanos solamente incluían a los personajes bíblicos, pero, poco a poco, empezaron a incorporar campesinos, viejitos, borrachos, indias y cosas de la televisión que representan la cotidianeidad del pueblo salvadoreño.
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Ilobasco, ubicado 54 kilómetros al norte de San Salvador, en el departamento de Cabañas, es una población de origen lenca. Con la llegada de la conquista española, los lencas aprovecharon la geografía escabrosa para esconderse. La ocupación principal es la agricultura, pero muchos de los indígenas son fabricantes de loza del país y comparativamente con la de otros pueblos de la República, es la más fina, escribió el cronista Ignacio Gómez en 1858.
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María Dominga Herrera, doña Minga, fue la pionera de las sorpresas miniatura. Nació en Ilobasco el 4 de agosto de 1922 y era hija de madre ceramista, María Teresa Herrera, y padre alfarero, Lucio Rivas. A la edad de 6 años empezó modelando miniaturas y a los 13 su fama era insuperable. Su habilidad sedujo a otros pobladores que fueron adquiriendo la técnica con su asesoría. Su vida fue retratada por la revista National Geographic en una edición de los años 50.
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Así nació la Cooperativa de Artesanos y sus obras viajaron a exposiciones en países del área, así como a EE.UU. De esa generación se destaca Clementina Rosales, quien falleció en 1998, y Julio César López, el creador de los cuadros o plazas. Murió a los 65 años de edad. Uno de los hijos de Dominga, Mauricio Herrera, dejó el oficio de zapatero por la miniatura.
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Los y las artistas de Ilobasco recrean un mundo diminuto y dentro de éste hay distintos géneros como las sorpresas que son miniaturas escondidas debajo de tapaderas con forma oval. Dentro de estas hay típicas (pintorescas, burlescas, cómicas), las profesionales, los procesos donde narran una historia de forma secuencial. En la foto vemos el proceso del migrante: se despide en El Salvador, huye de la policía en Guatemala, cruza el río en México, encuentra apoyo en EE.UU. y trabaja como obrero.
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El torno y la fabricación de la loza se introdujeron en Ilobasco en 1875. Los alfareros elaboraban piezas torneadas y esmaltadas a base de plomo como ollas, sartenes, platos, cajetes, tazas y floreros. Incluso se producían alcancías con diseños creativos como cuzucos (armadillos), tomates, cerdos, búhos y elaboraban piezas diminutas como cántaros, para ponerlas en bolsas para regalo de niños.
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Los juguetitos eran vendidos por una empresa denominada Confitería Americana. Las piezas artesanales fueron sustituidas por figuras de plástico y la loza fue decayendo. En la primera mitad del siglo XX, la cerámica de El Salvador era muy apreciada tanto dentro como fuera del país. Desde Honduras, los vendedores venían con sus canastos llenos de frutas y volvían cargados con ollas y cántaros que habían intercambiado.
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El Museo de Arte Popular nació en 1997 fruto de la Iniciativa Pro Arte Popular (INAR) con el respaldo del Fondo Canadá para Iniciativas Locales, la Universidad de El Salvador, la Secretaría de Cultura, la Fundación María Escalón de Núñez, la Ilobasco Foundation en Los Angeles, y empresas privadas. El Museo alberga la sala de la miniatura Dominga Herrera a la que denominan como un lugar para conocer una historia muy grande contada de la manera más pequeña. La sala reúne más de 4.000 piezas.
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El buen alfarero: pone esmero en las cosas, enseña al barro a mentir, dialoga con su propio corazón, hace vivir a las cosas, las crea, todo lo conoce como si fuera un tolteca, hace hábiles sus manos, dijo Fray Bernardino de Sagahún al describir los objetos que hacían los artesanos en los territorios recién ocupados.











