Boccaccio en La Habana

  • 7 agosto 2014
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Teatro Karl Marx
Teatro Karl Marx, en La Habana

Cuando en la década de 1980 la producción cinematográfica cubana se benefició de la relativa bonanza económica del país y pudo multiplicar y diversificar sus realizaciones, la comedia (quizás podríamos desde ya calificarla como de "costumbres") pasó a ocupar un espacio importante en la labor creativa de varios directores cubanos.

De aquel período son películas que, concebidas dentro de este género, hoy se pueden considerar entre los clásicos del cine cubano, y entre ellas puedo recordar Se permuta y Plaff, de Juan Carlos Tabío, Adorables mentiras, de Gerardo Chijona, o Los pájaros tirándole a la escopeta, de Rolando Díaz, cintas que con mayor o menor fortuna han resistido el paso de los años, pero que en todos los casos son testimonios válidos y reveladores de lo que fue una sociedad en la cual la vida cotidiana alcanzó una notable estabilidad que sufriría drásticas alteraciones en los años siguientes, esos que se inician con la crisis económica profunda del Período Especial, una época que, con otras peculiaridades, llega hasta este presente.

Las comedias cubanas de la década de 1980 se distinguieron por trabajar un humor que, aun cuando se proponía realizar ciertas críticas a determinados comportamientos sociales e individuales, no pretendían que su sello distintivo fuera una visión controversial con la realidad circundante, sino más bien su mirada irónica sobre actitudes y procesos de la vida ciudadana del país y de actitudes de los individuos.

Pero las películas de este género que se comienzan a realizar en la década de 1990 traen consigo una perspectiva diferente de su entorno: las condiciones en que comienza a desarrollarse la existencia de los cubanos de muchas maneras afecta a este cine, que se oscurece, se hace más caustico y crítico, aun sin perder su filiación genérica y su capacidad de mover a la risa.

Juan Carlos Tabío
Juan Carlos Tabío, director de películoas como <i>Se Permuta</i> y <i>Plaff</i>

Desde Guantanamera (Gutiérrez Alea-Tabío) y Lista de espera (Tabío), entre otras, hasta unas obras tan representativas y mordaces como Juan de los Muertos (Alejandro Brugués) y La película de Ana (Daniel Díaz Torres) la relación entre la comedia y su contexto social trata de ser más explícita y, sobre todo, más crítica.

La dureza de la realidad que viven los cubanos y que marcan sus comportamientos dan su carácter esencial a estas obras, que se pueblan de personajes y situaciones típicas –o prototípicas- de su ambiente, como es el caso del protagonista de la mencionada Juan de los Muertos, un sobreviviente.

En medio de esta tendencia epocal el director Arturo Sotto acaba de hacer su debut en el género. Ante todo sorprende la ruptura que esta comedia entraña con su trabajo anterior (sobre todo los filmes Pon tu pensamiento en mí y Amor vertical, ambos de la década de 1990), caracterizado por una honda preocupación existencial, pues ahora Sotto no solo se desplaza hacia la comedia, sino que lo hace con un film que se propone, ante todo, ser un divertimento.

Tomando como punto de partida –o más bien como pretexto- los relatos clásicos de El Decamerón de Giovanni Boccaccio, la cinta titulada (con poca fortuna para mi gusto) Boccaccerías habaneras, se propone lanzar una mirada sobre algunos aspectos de la contemporaneidad cubana, por supuesto que desde los códigos y recursos de la comedia y con el propósito evidente de provocar la risa y la diversión, pero con la intención visible de ofrecer un atisbo que también se preocupa por ser un testimonio de una época y que, por tanto, no puede evitar ser incisiva y penetrante.

De tal modo, si bien los tres relatos que componen el filme tratan de transpolar a nuestra realidad el discurso satírico de Boccaccio, proponiéndose preservar algunas de las esencias y hallazgos del clásico italiano (tan increíblemente contemporáneo, tan sorprendentemente afín a los cubanos), la realidad insular domina de forma hasta tal punto decisiva en los argumentos concebidos por el propio Arturo Sotto que del pre-texto escogido llega a quedar muy poco, o lo hace de un modo muy transfigurado, que apenas nos permite evocar el conocido referente literario.

Cine Riviera
El Riviera, otro de los renombrados cines de La Habana

Así, las historias de cornudos, pillos, tramposos, intrigantes y mujeres hábiles del original se recontextualizan y trasmutan en un ambiente donde aparecen envueltos en la lucha por la supervivencia cotidiana y las carencias económicas, en la presencia del dinero como elemento recurrente en las motivaciones de los personajes, en el tratamiento del sexo concebido como negocio o asumido casi como deporte, en el ejercicio del engaño como actitud cotidiana para alcanzar la solución de los problemas e incluso en la mercantilización del arte practicada por el escritor que "compra" historias a personas capaces de vender hasta sus intimidades, recurso que da origen al filme.

Pero, al ser manejadas estas cuestiones como elementos episódicos o colaterales, ambientales o ineludibles, o como chistes que se agotan en sí mismos con la consecución de una risa, se echa de menos un discurso que las problematice y enjuicie, aun cuando resulta evidente que ese no era el propósito de Arturo Sotto al concebir esta obra…

No obstante, sin que se pierda la risa, la Cuba de hoy y algunos de sus conflictos están ahí, en esas Boccaccerías habaneras porque resulta prácticamente imposible hacer arte hoy en la isla y solo mirar hacia las nubes.

Nuestra realidad es tan abarcadora y avasallante, nos afecta tanto en cualquier decisión o necesidad que, casi en cada acto de la vida y en cada ejercicio artístico aparece, se impone, domina.