¿El fin del béisbol cubano?

  • 10 julio 2014
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Béisbol en Cuba

En mi época de estudiante secundario y preuniversitario –no, no tan remota- estuve enrolado en un equipo de béisbol dirigido por un señor de apellido Jardón, que junto a otros tres o cuatro teams, formaba una liga independiente de los circuitos escolares.

Cuba

Nuestro principal terreno de juego era cualquiera de los pequeños diamantes que existen en la Ciudad Deportiva habanera (un centro deportivo), y las finales de los campeonatos se jugaban en el pequeño estadio anexo a la antigua fábrica de jabones Crusellas, en el municipio capitalino Cerro.

Como todos los "peloteros" éramos estudiantes y militábamos además en nuestros respectivos equipos escolares (cada secundaria y bachillerato tenía su conjunto), los juegos de aquella liga, que algunos la llamaban "La Liga del Jabón", se celebraban siempre los domingos y, en vacaciones, también los sábados.

Uno de los requisitos para participar en esos torneos era abonar un peso cubano mensual para la compra de bates y pelotas –cada uno debía llevar su guante- y estar dispuesto, una vez al mes, a acudir con otros tres o cuatro compañeros, a "tomar posesión" de uno de los codiciados terrenos deportivos, lo cual implicaba estar en la instalación alrededor de las siete de la mañana, pues si un equipo llegaba más tarde, difícilmente encontraría un espacio disponible para practicar y jugar.

Niños jugando en la calle

Así era la popularidad y pasión con la que los muchachos de la década de 1960 y 1970 asumíamos el juego de pelota (béisbol). Y con un sueño común: llegar a jugar al nivel más alto posible en la estructura del béisbol organizado cubano…

Hace unos pocos días, una tarde esplendorosa de junio, pasé por la Ciudad Deportiva y recordé con nostalgia aquellas mañanas juveniles de empeños beisboleros. Pero tras la nostalgia llegó el dolor cuando vi que los terrenos de béisbol antes tan disputados, ahora, además de físicamente deteriorados, estaban casi despoblados, mientras en otros espacios se desarrollaban varios partidos de fútbol.

Todavía afectado por aquella sensación, crucé por el fondo del terreno de la antigua fábrica de la Coca-Cola (Santa Catalina y Palatino) y vi que estaba desierto, peor aún, inutilizado para practicar béisbol pues la hierba alcanzaba la altura de la media pierna…

Fútbol en las calles de la Habana

Mientras, en muchas calles de La Habana es posible encontrarse a muchachos –y no tan muchachos- jugando partidos de fútbol. En las últimas semanas esa fiebre futbolística ha alcanzado altas temperaturas, cómo es lógico en tiempos de Mundial y avalancha mediática de uno de los eventos más promocionados del mundo, que en Cuba tiene una cobertura televisiva total, como la disfrutan las Copa Libertadores y la europea.

Mientras, los todavía amantes del béisbol debemos conformarnos con ver un partido internacional enlatado, convenientemente expurgado de figuras cubanas insertadas en esos circuitos, especialmente si se trata de las Grandes Ligas estadounidenses.

Niños jugando al fútbol

Desde hace unos años varias personas han intentado reflexionar sobre esta controversia deportiva, que es más que deportiva. Mientras en Cuba se trasmite fútbol profesional de primera calidad, con varios partidos televisados cada semana, el béisbol se ha ido quedando arrinconado y solo tiene su espacio asegurado con la trasmisión de un partido diario durante una Serie Nacional que suele ser muy competitiva, pero cada vez menos exigente en sus niveles cualitativos, por diversas razones que incluyen, por supuesto, la ausencia de figuras que han salido a probar suerte en otros circuitos beisboleros foráneos y por la deficiente calidad técnica que muchas veces observamos.

El resultado de esta coyuntura va siendo preocupante –al menos para mí- desde el punto de vista deportivo y cultural. Deportivo porque cada vez son más los jóvenes que se decantan por practicar asiduamente el fútbol mucho más que la pelota.

Cultural porque ese fenómeno de cambio de preferencias deportivas implica también una modificación en el imaginario cultural nacional, que por más de 100 años estuvo intrínsecamente ligado a la práctica del béisbol, hasta convertir ese "juego" en parte esencial de la identidad cubana.

Como bien se sabe, una cultura no es un ente inamovible. Todo lo contrario. Es un proceso en evolución que se enriquece, muta, enraíza o destierra determinadas prácticas y costumbres. En las últimas décadas varias señales de la identidad cubana han sufrido diversos embates relacionados con realidades políticas, sociales, pero sobre todo económicas, que suelen ser las más pesadas y determinantes.

Cuba

En el comportamiento público de los cubanos se han visto afectadas acendradas actitudes tradicionales, y muchos resultados están a la vista: pérdida de valores éticos, del sentido de la urbanidad y el respeto al prójimo, de una corrupción de baja escala que permite "resolver" dificultades de la vida cotidiana, de la consideración a lo que siempre se estimó correcto y decente… y una flor de muestra es la repetida historia de fraudes académicos convertidos en escándalos nacionales, aunque, por supuesto, los detectados parecen ser la punta de un iceberg mucho mayor.

Mi nostalgia pelotera por los tiempos en que todos (es un decir) dedicábamos nuestro tiempo libre a jugar béisbol, a soñar con el béisbol, quizás solo sea una incapacidad personal o generacional de aceptar las evoluciones, siempre necesarias, muchas veces espontáneas e inevitables. Pero de aquella pasión de entonces, quedó como recompensa la gloria deportiva alcanzada, el enriquecimiento de una mitología nacional sembrada desde nuestro efervescente siglo XIX.

En esa mitología brillan –por solo poner algunos ejemplos- las actuaciones de Martín Dihigo, Orestes Miñoso o del recién fallecido Conrado Marrero, junto a los dos no hit no runs de Aquino Abreu, el hit del Curro Pérez en Dominicana 1969, las victorias de José Antonio Huelga en Cartagena o el jonrón de 1986 de Agustín Marquetti en el estadio Latinoamericano… ¿Hay algún gol cubano que si quiera se acerque a lo que significaron esos hitos deportivos, históricos, culturales, emocionales y hasta de reafirmación nacional?

Conrado Marrero
Conrado Marrero, cuando cumplió 100 años de vida.

Quizás estemos asistiendo al fin de una etapa en el proceso de conformación de nuestra identidad, o al menos de una parte de ella. Posiblemente dentro de unos años seamos un país de gran potencial futbolístico, con goles memorables en nuestras nostalgias.

O tal vez solo se esté produciendo un cambio de etapa en el que una situación económica y un diferendo político han puesto fuera de nuestro alcance de cubanos de a pie el disfrute de las actuaciones de muchos de nuestros mejores jugadores de béisbol, que andan generando una cubanomanía en el circuito más exigente del mundo, el de las Grandes Ligas de EE.UU.

Pero puede que tantos y tantos jóvenes que en los últimos años se han decantado por el fútbol y han hecho de Messi, Cristiano Ronaldo, Ronaldinho, Iker Casillas y otras estrellas foráneas sus modelos e ídolos, mientras patean balones en cualquier sitio apropiado –o inapropiado-, ya esté cambiando la estructura cultural de la isla relacionada con algo tan masivo y movilizador de personas y sentimientos como lo es el deporte.

Niños cubanos

Ojalá que esos jóvenes puedan emular algún día en habilidades y capacidades con los millones de jugadores de béisbol que Cuba ha producido a lo largo de su historia y, con empeño y perseverancia, con fe y entrega, lleguen algún momento a ser nuestros ídolos en el poblado firmamento del fútbol mundial…

Como consuelo de ese progreso supe hace unos días que en un torneo caribeño clasificatorio para la Copa Mundial Sub 20, nuestros jóvenes talentos que prefieren el fútbol antes que el béisbol ya son capaces de empatar a un gol con la selección nacional de San Vicente y las Granadinas. Algo es algo, ¿no?