Los caminos del azúcar

  • 5 junio 2014
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Central azucarero

El central azucarero Primero de Enero -llamado Violeta antes de la Revolución- sobrepasó este año su plan de producción de azúcar de caña. Para los habitantes del pueblo -mi pueblo natal- fue una gran noticia: salieron a las calles a celebrarla.

Yo mismo, que me fui de Violeta hace casi veinte años, me puse muy contento cuando escuché la información en el Noticiero Nacional de TV.

A un amigo le pareció exagerada mi reacción. "Eso de que alguien dé saltos de alegría porque una fábrica cumpla su plan de producción me parece sacado de una película del realismo socialista".

Mi amigo nació y ha vivido siempre en una ciudad; no parece saber que los cientos de miles de cubanos nacidos y criados en bateyes azucareros comparten una cultura: la cultura del azúcar, de la que tantos escritores, sociólogos e historiadores han escrito a lo largo de dos siglos.

Central

Para nosotros un central azucarero no es una fábrica cualquiera. El central es el corazón del pueblo, el eje principal de la comunidad. La inmensa mayoría de los habitantes de un batey tienen que ver de alguna manera u otra con el central.

El central es mucho más que un armazón de hierros: es un ente vivo, latiente. Marca las rutinas del pueblo. Es una presencia meridiana. Hasta se pudiera decir que respira.

Violeta cumplió, pero otros centrales no estuvieron a la altura de las previsiones. Hay que decirlo con todas las letras: la industria azucarera en Cuba, que fuera por años la locomotora de la economía nacional, no vive sus mejores años.

Central

Con la crisis de los noventa – tras la caída de la Unión Soviética- la producción comenzó a decrecer.

La desaparición del campo socialista nos privó de un mercado hasta ese momento seguro y favorable; los precios del azúcar en el panorama internacional cayeron en picada; la infraestructura fabril envejeció y no hubo dinero para inversiones; la agricultura cañera no fue capaz de surtir la materia prima necesaria… Buena parte de la industria fue ineficiente.

Algunos achacan el decaimiento del sector a problemas organizativos o erradas políticas de dirección. Es indudable que de eso hubo, y es un debate nacional todavía vigente.

Letrero

Pero obviar el imperio de las circunstancias resulta superficial. El lugar de la industria azucarera fue tomado por el turismo y los servicios, en una dinámica hasta cierto punto lógica; para algunos, incluso, ineludible. Se tomó la determinación de cerrar la mayoría de las fábricas.

Desde un punto de vista macroeconómico pudo -o quizás no tanto- ser una medida necesaria o inevitable; pero es obvio que el impacto social fue -sigue siendo- importante. Miles de cubanos perdieron un vínculo que años atrás parecía sólido; fueron testigos en unos pocos años de la fractura (o al menos, el considerable debilitamiento) de una tradición nacional.

Afortunadamente esa tradición no ha muerto: Violeta y otros tantos centrales en activo son una garantía. Pero el desarraigo y la abulia se han adueñado de muchos antiguos centros de producción de azúcar.

Bolivia

Es el caso de Bolivia -antiguo central Cunagua. El batey es una joya por sus valores arquitectónicos. Hace un tiempo estuve ahí. Bolivia parece un pueblito de postal turística. Pero es (o por lo menos parece) un pueblo dormido. Las calles están casi vacías. Se respira una calma pesada, los minutos parecen más largos… Sentados debajo de un árbol frondoso, justo en el gran parque central del batey, encontré a varios ancianos.

Como era de esperar, habían sido trabajadores del central, clausurado hace algunos años. Me hablaron con mucha nostalgia de su fábrica, evocaron los turnos de trabajo, el ajetreo de las madrugadas, el silbato de las locomotoras, el olor a mieles…

Habían trabajado toda su vida en el central. Y antes allí trabajaron sus padres, y antes de sus padres, sus abuelos.

"Cuando sonó la última sirena me eché a llorar, yo empecé a trabajar aquí con catorce años", me dijo uno de los ancianos. Por encima de la copa de los árboles se erguía la chimenea del ingenio desactivado. Testigo mudo.

Regresé a Violeta, que está a pocos kilómetros de Bolivia. La diferencia es muy evidente. Bajando del ómnibus se escuchó la sirena que marca el fin de un turno de trabajo (el pito del central, como dicen allí, acostumbrados a medir el tiempo por el cíclico silbido de la fábrica).

Carga de caña

Los trenes cargados de caña entraban en el ingenio. Una nube de bagacillos (partículas de bagazo quemado, resultantes de la molienda) flotaba en el aire, ensuciando las sábanas tendidas en los patios. El olor de las mieles embriagaba. La gente iba y venía.

El pueblo estaba vivo. Esa es la gran suerte de Violeta: el central funciona y funciona bien. Hoy es uno de los más eficientes del país. "El azúcar que está haciendo es preciosa, da hasta pena comérsela" -dice, orgullosa, una vecina de mi madre, empleada del almacén.

Quizás mi amigo no pueda comprender ese orgullo. Pero en Violeta todo el mundo siente que el central es patrimonio personal: se alegran por el buen funcionamiento, se preocupan cuando hay inconvenientes, sufren cuando se detiene. Los más viejos, incluso, saben si las cosas van bien o mal solo escuchando el sonido de la maquinaria por las madrugadas.

Violeta

La entrada en vigor de la nueva Ley de Inversión Extranjera (aprobada en marzo de este año) puede influir decididamente en la paulatina recuperación de la industria azucarera en Cuba.

La participación de capitales extranjeros puede (debe) dinamizar el proceso de inversiones que está en marcha. Algunos empresarios, procedentes de países grandes productores de azúcar, han mostrado interés por el desarrollo del sector y han identificado un potencial importante en la calificada mano de obra.

No hay que esperar soluciones mágicas. Es posible que el azúcar no recupere nunca el sitial puntero en los ingresos del país. Es probable que los centrales cerrados continúen cerrados. Pero se respira un prudente optimismo. Y en los ingenios en activo se trabaja con deseos, con voluntad… gracias en buena medida a esa cultura bien arraigada, salvada a pesar de los pesares.

Yuris Nórido es periodista de medios oficiales como el diario Trabajadores y el sitio digital CubaSí. Es miembro del Partido Comunista de Cuba (PCC), "porque confío en que puede ser motor de cambios necesarios para este país".