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Entre pícaros y cínicos, las formas de trampear en NASCAR

Raúl Fain Binda | 2007-02-22, 14:08

Autos de NASCAR

En los días malos, de esos que todos tenemos (si hasta el gran tenor peruano Juan Diego Flórez dejó escapar un gallo el año pasado), es difícil refutar al cínico, para quien la importancia de un acontecimiento deportivo se mide por la cantidad de tramposos que participan.

Muchos pícaros, gran importancia; pocos tramposos, ninguna importancia.

(Para el cínico, el día en que el Tour de Francia se quede sin tramposos, no llamará la atención de nadie y caerá en el olvido. ¿Tú estás de acuerdo?)

El fin de semana pasado, nada menos que cuatro jefes de equipo fueron sancionados antes de la largada de las 500 Millas de Daytona, la prestigiosa carrera que abre la temporada de la Serie NASCAR del automovilismo de Estados Unidos. Este es un número récord de pícaros para una sola carrera.

De pícaros descubiertos, claro está, porque de los otros no sabemos.

En los últimos años los aficionados al deporte nos hemos enterado de mil detalles sobre el dopaje de los atletas, pero no abunda la información sobre los trucos utilizados en el automovilismo.

Lo interesante del caso es que, al parecer, las formas de trampear en una actividad tan complicada como el automovilismo son relativamente pocas.

Bien mirado, el dopaje de los seres humanos también se reduce a dos o tres trucos: aumentar el tamaño y/o la potencia de los músculos, por un lado, e incrementar la capacidad de la sangre para oxigenar los tejidos, por el otro.

Casi toda la farmacopea de los tramposos está compuesta de sustancias destinadas a ese objetivo básico: mayor potencia y/o resistencia, menor tiempo de recuperación y por consiguiente más tiempo para entrenar.

En las máquinas, el objetivo equivalente consiste en obtener más potencia y/o velocidad, mejor rendimiento aerodinámico y mejor aprovechamiento del combustible.

Y dado que las máquinas son más simples que el organismo humano, y que es mucho más fácil comprobar su funcionamiento, las formas de trampear son más fáciles de imaginar y por consiguiente detectar. O eso nos dicen.

En el caso de las 500 de Daytona, un par de coches tenían respiraderos mal cubiertos, para mejorar el rendimiento aerodinámico; otros dos tenían agujeros perforados cerca del alerón trasero, también para facilitar el flujo del aire.

El único preparador sancionado el año pasado había apelado a otro truco muy simple y conocido: un dispositivo para abrir y cerrar las ventanillas del coche durante la carrera.

En NASCAR, las reglas exigen que las ventanillas estén abiertas durante la carrera, por razones de seguridad (en caso de accidente, una ventanilla cerrada puede costarle la vida al piloto). Con las ventanillas cerradas mejora el perfil aerodinámico, de modo que el pícaro inventa formas de cerrarlas cuando los inspectores no miran.

El tercer truco en NASCAR es aumentar la capacidad de carga de combustible. El reglamento impone un máximo de 22 galones, de modo que una solución simple, y elegante, consiste en aumentar la capacidad de la cañería que llega al motor: mediante curvas y espirales, se puede almacenar un par de galones más.

Los expertos consultados por Slate, la revista online, sólo pudieron mencionar otros tres procedimientos: alterar maliciosamente el perfil o la altura de los alerones, manipular el dispositivo reglamentario que limita la cantidad de aire que llega al carburador y modificar la composición química del combustible, para hacerlo más “picante”.

Todo esto debería ser fácilmente detectable, dado cierto nivel de eficiencia en la inspección.

De cualquier modo, como sabemos todos los que jugamos alguna vez a policías y ladrones, los pícaros casi siempre tienen la iniciativa.

Ahora nos dicen que los ingenieros están desarrollando materiales especiales para los alerones, que a cierta velocidad cambian de perfil. De este modo se aumenta la carga aerodinámica sobre el suelo, o sea la adherencia.

Al disminuir la velocidad, con menor presión de aire, el alerón recupera su forma original y el inspector lo da por bueno.

O eso creen los pícaros. Y los cínicos.

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